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El lastre de los estereotipos

Pedro Gómez Nieto

El estereotipo es un patrón de conducta, una forma preconcebida de entender la realidad que muestran las personas, incluso sin conocer del asunto sobre el que opinan. Es un cliché, un tópico. Por ejemplo, cuando escuchamos decir que las mujeres guapas y rubias son menos inteligentes que sus congéneres. Al respecto, hay una anécdota apócrifa sobre la conversación que mantuvieron Albert Einstein y Marilyn Monroe cuando se conocieron. Ella le dijo: “Profesor, ¿deberíamos casarnos y tener un hijo juntos? ¿Se imagina un bebe con mi belleza y su inteligencia?”. El científico respondió: “Me preocupa que el experimento salga al revés, y tengamos un hijo con mi belleza y su inteligencia”. De ser cierta la conversación, Einstein se equivocó en su juicio, porque la actriz, además de ser guapa y rubia, tenía un coeficiente intelectual de 165, cinco puntos superior al del propio Einstein, incluso al de Stephen Hawking.

Antiguamente los estereotipos eran una mecanismo de supervivencia, hoy día se utilizan como herramienta de manipulación social. La forma de combatirlos, de no cometer el error de Einstein, es cuestionar la realidad. La pregunta que debemos hacernos sería: ¿por qué? Un comodín que permite reflexionar sobre lo que estamos escuchando o viendo, antes de creerlo, aceptarlo, y tomar decisiones erróneas. ¿Por qué ocurre ahora y de esta manera? ¿Qué puede haber detrás? ¿A quién beneficia y perjudica? Preguntas que activan el pensamiento crítico.

En política, sería un estereotipo escuchar a líderes de diferentes formaciones partidarias decir que se necesitan alianzas para derrotar al partido en el poder, porque individualmente no se tienen los medios que dispone el gobierno. De ser cierto ese patrón de conducta, para cualquier democracia, siempre sería necesario el apoyo de terceros partidos para alcanzar la presidencia de la República, lo cual es falso. El candidato de un partido político puede recibir la banda presidencial sin hacer alianzas. Evidentemente necesita suficiente infraestructura, que debe construir durante años; tener un programa atractivo y viable; pero, sobre todo, tener carisma y buenas ideas, atributos deficitarios entre los candidatos. Carismático no es sinónimo de popular, carisma es don, popular es fama.

Se insiste en la necesidad del balotaje en democracias multipartidarias donde se disemina el voto. Pero es un estereotipo respecto de la forma genuina de ganar unas elecciones, a saber, defendiendo una ideología y un proyecto político propio, no impuesto ni cercenado por terceros en alianzas. Pactos que pueden darse igualmente en elecciones sin segunda vuelta, última oportunidad para que los candidatos perdedores obtengan porciones del pastel. La democracia convertida en un mercado persa, donde los dos finalistas se ven obligados renunciar a promesas de campaña, a compromisos contraídos con las bases y estructuras, entregando cuotas de poder a partidos con otros idearios políticos e intereses, otras formas de entender el Estado, a cambio del apoyo “virtual” de su masa electoral. Políticos que dicen “hacerlo por el pueblo”, otro estereotipo para justificar su mercadeo.   

Es una transacción condicionada, siempre coactiva, porque el acuerdo pactado tras bambalinas puede ser retirado por los socios durante la legislatura, si consideran que el presidente no cumple el trato, o mejora las condiciones. El cuasi chantaje termina siempre debilitando la acción del gobierno, incluso haciéndolo caer. La historia de las democracias lo certifica. A ese mercadeo de intereses personales y partidarios, los políticos lo llaman “democracia participativa”, un eufemismo donde ocultar fracasos, incapacidades e intereses inconfesables. Pero, se nos olvida que estamos ante alianzas virtuales, porque la última palabra no la tienen los puristas de la democracia, ni políticos mercenarios, sino el elector con su voto, libre y secreto, que decide a quien se lo entrega. Recordemos, por ejemplo, Méjico, donde el PRI se mantuvo en el poder durante ¡setenta años!, desde su creación en 1929 hasta ser derrotado por Vicente Fox en el 2000, liderando el PAN. Dicho lo anterior, las alternancias en el poder son convenientes para oxigenar las instituciones que soportan la gobernabilidad. En las democracias los relevos partidarios terminan siempre produciéndose, con o sin balotajes.

El comodín del “fraude” es otro cliché. Una cortina de humo que utilizan los políticos opositores, incluso desde la campaña electoral, para justificar después su derrota, y que mantienen durante la legislatura para cuestionar la acción del gobierno. Los estereotipos debilitan las democracias.

“La dicha ilusoria es más valida que la pena real”.  -Descartes-

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