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El diálogo

Víctor Meza

Tegucigalpa.- “El que dialoga comprende y el que comprende tolera” dice, palabras más, palabras menos, uno de los muchos mensajes escritos en las paredes delfascinante Museo de la tolerancia en la ciudad de México. Recorriendo sus pasillos y salones, uno va poco a poco descifrando el verdadero valor de la tolerancia y la importancia del diálogo como herramienta para alcanzarla. Al final del recorrido, uno queda convencido que la intolerancia está en las raíces mismas de algunos de los peores ejemplos de la barbarie en la historia de la humanidad.

Se me ocurren estas reflexiones justo ahora, cuando parece que el diálogo será el método preferido por el futuro gobierno para entender y manejar las diferencias, discutir los desencuentros y, sobre todo, escuchar a los demás actores y prevenir o resolver los conflictos. ¡Enhorabuena!, es una sabia decisión.

Ya están surgiendo numerosos espacios de discusión – mesas les suelen llamar – en los que participan, junto a los representantes del bando triunfador en las recientes elecciones, los delegados de los diferentes movimientos y sectores sociales, grupos políticos, organizaciones diversas de sociedad civil, personajes del mundo académico y la cultura. Todos estos actores asisten con la esperanza de encontrar solución positiva a sus infinitas demandas y establecer vínculos y relaciones permanentes y cercanas con los nuevos círculos del poder gubernamental.

Para que el diálogo produzca resultados confiables y creíbles, sin que se atasque y quede entrampado en conclusiones y recomendaciones más retóricas que prácticas, es preciso contar con algunos elementos clave en su diseño metodológico. No es cuestión de reunirse, escuchar, tomar nota y nada más.

En primer lugar, es importante contar con una agenda mínima, que no por ello sea insustancial y vaga, Debe contener, en esencia, una versión sintetizada de las demandas clave, de los ejes esenciales del nuevo modelo de relacionamiento. Las llamadas “agendas abiertas” no ayudan en la definición del debate y solo sirven para confundir las discusiones y diluirlas en asuntos tan generales como imprecisos.

Al mismo tiempo, es fundamental saber escoger y clasificar a los actores que participarán en el diálogo. Cada tema tiene sus actores apropiados y demanda conocimiento específico sobre el mismo. Incrementar el número de asistentes solamente para crear imagen de “amplia participación ciudadana” es una trampa tan inútil como arriesgada.

No menos importante es la viabilidad política y financiera de los acuerdos alcanzados. El pragmatismo debe prevalecer sobre el idealismo. La cabeza entre los hombros y los pies sobre la tierra, suelen aconsejar los que saben de estas cosas. Las conclusiones consensuadas deben ser no solo necesarias sino también posibles. Y, sobre todo, deben ser cumplidas para garantizar la confianza y la credibilidad entre los actores involucrados.

Honduras cuenta con una larga historia en materia de diálogos y concertaciones. Algunos han sido exitosos pero la mayoría ha fracasado. Un ejemplo de los primeros fue el diálogo sobre la violencia que, en 1973, desembocó en la creación del Ministerio Público a partir de 1994. Una amplia iniciativa de participación y consulta produjo la formación del Foro Nacional de Convergencia (FONAC), inicialmente concebido como un espacio plural para el diálogo entre la sociedad y el Estado, hoy lamentablemente reconvertido en refugio burocrático de políticos y activistas frustrados.

En el año 2007, yo mismo dirigí un esfuerzo concertado de diálogo nacional para diseñar lo que llamamos las Bases de un Plan de Nación. Centenares de organizaciones participaron en las reuniones de consulta y, al final, el documento de propuesta quedó guardado, apolillándose, en las gavetas de los burócratas  o en los archivos de los académicos. Aprendí entonces a diferenciar  entre aquellos que dialogan para ganar tiempo y confundir a sus socios y adversarios, de los que lo hacen de buena fe para concertar reales acuerdos y resolver los conflictos por la vía de las negociaciones. Menuda diferencia que marca el límite entre la seriedad y el sainete.

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