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El día después de mañana

Pedro Gómez Nieto

A Buda Gautama se le atribuyen numerosas reflexiones de elevado contenido moral, viene a colación la siguiente: “El respeto que das a los demás refleja el respeto que te das a ti mismo”. El sabio eremita conocía la importancia de la espiritualidad y la necesidad de proyectarla en las relaciones humanas. Después nos llegó la tecnología, sin manual de instrucciones, y esa realidad espiritual fue sustituida por un trile, una estafa perniciosa y adictiva, llamada realidad virtual, donde el bien supremo a proteger es la libertad de expresión, por tanto, la impunidad.

Existe una verdad objetiva que el pecado impide ver, esclavizados por prejuicios, sesgos e intereses. Vivimos encadenados a una subjetividad alimentada desde las plataformas de comunicación, a las que estamos permanentemente conectados por el celular, signo de identidad y pertenencia, equiparable a collar que establece la dependencia del perro con el amo. Las redes, además de establecer puentes de entendimiento también promueven lo contrario, la supresión de la individualidad diferenciadora. Tribus de comportamiento radical, excluyentes, convertidas en guetos de pensamiento único. Como dice el académico Perez Reverte: “La única solución posible estriba en dos palabras: educación y cultura”. Le añadiría una tercera,  temor de Dios, don del Espíritu Santo.

Desde los párrafos anteriores, alumbremos el dia después de mañana que tendremos en Honduras, una vez el CNE certifique los resultados de las elecciones primarias. Habrá tiempo para analizar consecuencias, y proyectarlas sobre los comicios de noviembre, por ahora constatemos lo obvio: las elecciones no se ganan en los medios, con juicios temerarios, posicionamientos radicales y excluyentes; no se ganan en las redes sociales convertidas en fecales, sumando “retuits” y “me gusta”; se ganan desde la soledad responsable situada detrás de una mampara de cartón, donde cada elector ejerce la democracia en libertad. Después, cuando llega el tiempo de la cosecha donde prevalece la razón, y la realidad objetiva no se corresponde con el deseo subjetivo, el político tiene dos opciones, aceptar el resultado con gallardía, como hizo Mauricio Oliva, o victimizarse como hiciera Donald Trump.    

Lo acontecido con el Partido Nacional es para reflexionar. Políticos y candidatos colocaron los intereses del partido sobre los personales, mostrando madurez y compromiso, por ello, el nacionalismo ha salido fortalecido. Con estimaciones superiores al millón de votos el electorado mandan un mensaje. La estrategia de acoso y derribo contra el oficialismo, practicada por estructuras políticas y empresariales de oposición, no desanimó ni desmotivó a las bases, sino al contrario, las comprometió para acudir a las mesas electorales y respaldar a su partido, lo que no significa apoyar la corrupción, sino darle a cada problema el espacio que le corresponde. La corrupción es un flagelo que se presenta en cualquier partido y sector empresarial; las responsabilidades del accionar son personales no institucionales. Todos debemos colaborar para su erradicación. Atribuirse bondad y honestidad por estar en una formación política frente a las restantes, es pueril, carece de soporte intelectual. El bien es patrimonio de todo ser humano temeroso de Dios.

Si en primarias solo participa el voto duro, es compresible el desánimo de la oposición. Sus líderes confesaron durante la legislatura que no tienen la capacidad partidaria para vencer en solitario al Partido Nacional. Pero a renglón seguido denuncian que se prepara un nuevo fraude, lo cual es un contrasentido, porque ya en la confesión están otorgando el triunfo al nacionalismo si necesidad de fraude. La oposición necesita y desea una alianza para alcanzar el poder, pero la necesidad unida al deseo no convierte el agua en vino, como ocurriera en Canaán.

De entrada, una alianza política no es sinónimo de fortaleza, sino de debilidad por falta de capacidades y liderazgos. No se trata de sumar votos, sino cohesionar proyectos, armonizar ideologías, sincerarse con el electorado partidario diciéndole que las promesas no podrán cumplirse porque hay que hacer concesiones a cambio de votos, ¿reales o virtuales? Torre de Babel donde cada formación habla su idioma, defiende sus intereses, y reclama cuotas de poder a cambio de ceder la presidencia. Pero sin un ideario común, sin un proyecto integrador y propositivo que consensuar con las bases, nadie garantiza el éxito, porque la presión coactiva siempre estará presente en esa unión contra natura. Tenemos la experiencia de 2017. Se miente cuando se dice que se hace por Honduras, lo cierto es que se hace por el poder.  

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