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Diferencia y contradicción

Por: Julio Raudales

Tegucigalpa.- Muy activos estuvieron los políticos durante la semana santa.

En esto, han innovado en relación con lo sucedido en años y situaciones anteriores. Es cierto, el país atraviesa por circunstancias complejas que se van haciendo ya muy largas. Así que es imperativo buscar una salida. Pero con prudencia, para evitar caer en las situaciones ridículas en que hemos metido al país en los últimos años.

El motivo de la diatriba sigue siendo la posibilidad de entrar o no al llevado y traído “dialogo”. Un instrumento de la retórica que debería ser el arma primigenia de solución de conflictos sociales, pero que parece que en ésta ocasión, toma tónica de celada y es percibida por muchos como una trampa por parte del gobierno para ganar tiempo e irse quedando. ¡En fin! Parece que no hay manera de ponerse de acuerdo.

¿Por qué parece tan difícil lograr acuerdos mínimos que den convivencia y gobernabilidad a nuestra sociedad? Parece ser que el descrédito, la incoherencia e incompetencia de quienes manejan los grupos de poder en el país, ha llegado a los límites de la intolerancia ciudadana. Evitamos discutir porque nos parece –ex ante- que eso no nos llevará a nada bueno. Hemos perdido la capacidad de confrontación, porque pretendemos que nuestra verdad es la única posible.

Aparentemente un déjà–vu. Recuerdo haberlo vivido en el 85, cuando Rosuco se quiso quedar y fueron los militares quienes “impusieron” una solución no militar por suerte. Después fue lo del 2009, aun sin solución. Las cosas parecen no cambiar, pero creo que hay diferencias importantes: En los años 80s la discusión se mantenía casi solo a nivel de los políticos, hoy se discute en cada casa, en cada calle, en las redes y en todos los bares. 

Quizás debo matizar el tema con un ejemplo de la vida cotidiana. Yo lo vi. Ocurrió a la salida de un supermercado. Una pareja había hecho sus compras. El hombre, de apariencia autoritaria, caminaba fumando y sacando pecho. Tres metros atrás, embutida en un vestido negro, su mujer llevaba consigo dos pesadas bolsas de compras. La gente que los veía movía la cabeza mostrando reprobación. En sus gestos se podía leer claramente la frase: “parece mentira en pleno siglo XXI” Y en cierto modo tenían razón. Ese cuadro no pertenece a nuestro mundo. ¿Qué hacer frente a esa barbaridad?

Algunos antropólogos podrían decir: “hay que respetar a las diferencias”. Pero esas no son diferencias. No. Allí yace justamente el malentendido.

No son diferencias como diferente es un color a otro, un vestido a otro, o una boina a un sombrero. Lo que vimos fuera del supermercado –un ejemplo entre muchos- era una contradicción. En este caso, la contradicción que se da entre un hombre que se permite explotar a su mujer en público y una cultura occidental que no lo aprueba. Para decirlo en modo redundante, la diferencia entre una diferencia y una contradicción es que la diferencia se asume y la contradicción se enfrenta. Contra-dicción significa literalmente, decir algo en contra. 

¿Cómo enfrentar a una contradicción? En la historia ha habido dos formas. Una, eliminarla mediante el uso de la fuerza. Otra, la literal, diciendo algo en contra, sin pretender eliminarla de modo automático. Lo segundo significa llevar la contradicción al debate político. Lo primero es un medio militar y policial. Luego, desde el punto de vista político a una contradicción solo se puede enfrentar contra-diciendo. En política no hay tabús.

Solo en la guerra el contrario debe ser eliminado. Razón por la cual las dictaduras, es decir, los gobiernos que aplican métodos de guerra en contra de sus propios pueblos intentan eliminar la contra-dicción. Todas las dictaduras de nuestro tiempo, desde la china a la rusa, pasando por las del mundo islámico, hasta llegar a las latinoamericanas de hoy, tienen las cárceles repletas de contra-dictores. Todas además, han cooptado al parlamento, lugar institucional donde se habla en contra.

No solo el machista del supermercado con su mujer cargada como mula y caminando a tres metros de distancia contradice a la cultura civil de nuestro tiempo. Pero están ahí como una contradicción y no como una simple diferencia. Es decir, al no pertenecer a la cultura política del país pertenecen a ella como contradicción. Son, dicho en idioma hegeliano, la negación de la afirmación.

Vivir en democracia significa aprender a vivir no solo con las diferencias –eso es muy fácil- sino con contradicciones, enfrentándolas con las únicas armas que nos da la política: las palabras y los votos. La contradicción, al igual que la religión, forma parte del basamento cultural del Occidente político. Después de todo a Jesús lo crucificaron por hablar en contra. Jesús, a su modo, también practicó la contra-dicción en contra de los que contra-decían su fe. Lo hizo hablando y discutiendo. 

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