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Días de tolerancia para el 2023

Thelma Mejía

Tegucigalpa. –  Definida como el respeto a las ideas, las creencias o prácticas cuando son distintas o contrarias a las propias, la tolerancia es un valor que debe ser altamente potenciado y puesto en marcha en Honduras a lo largo del 2023, para poder avanzar en la construcción del país que imaginamos, anhelamos y en el cual todos cabemos.

La tolerancia es también reconocer y aceptar las diversas formas de expresión, entre ellas la libertad de expresión y de opinión; es valorar la crítica cuando ésta se hace para señalar desaciertos, y entender la diversidad cultural de un país y el respeto a los derechos humanos. La tolerancia, que no es sinónimo de silencio o impunidad, debe ser parte de los valores propios de los hondureños, de la sociedad y de la cultura política y democrática de un país.

El año que iniciamos deberá estar revestido de alta tolerancia, si partimos que el 2022 fue altamente polarizante e intolerante en donde el discurso político fue la mejor expresión de narrativas de ataque y descalificación frente al hecho o los datos que resultaron incómodos para quienes ostentan actualmente el poder y para quienes lo dejaron. Una de las mejores muestras de intolerancia política fue el congreso nacional, que, por momentos, se asemejó a una torre de Babel, complicando la toma de decisiones y dejando amplios espacios para que la batalla de la barbarie se anteponga al debate de las ideas.

Del lado del nuevo gobierno, el silencio y la prudencia de la presidenta Castro en algunos temas y acciones sensitivas, fue interpretado por algunos de sus funcionarios como carta blanca para echar vuelo a su imaginación y a las estrategias de descalificación, censura y ataques, en especial en las redes sociales. La inmadurez y la falta de tacto político fueron predominantes, instalando así la otra torre de Babel. La tolerancia no es un valor democrático en gran parte del gabinete y la presidenta está obligada, en el año que inicia, a imponer su sello para que la torre de Babel no se replique y opaque sus buenas acciones.

Esa tolerancia política debe extenderse también a quienes gustan definirse como “oposición política”, cuando ha sido casi inexistente. La guerra del descrédito y mutuas acusaciones debe bajar la intensidad para empujar las reformas que el país amerita, echando a andar la fórmula de los contrapesos en una sociedad. Honduras no solo anda mal en términos de economía, inversión y generación de empleo, anda mal en términos de democracia y el desencanto es tal, que el país puede sucumbir frente a los liderazgos autoritarios, más del que tuvimos y por el cual, un ex presidente rendirá cuentas en Nueva York por presunta criminalidad organizada, en especial, narcotráfico, cuya penetración en la institucionalidad del país no ha desaparecido, tiene raíces de larga data, más allá de los últimos doce años. La transformación, por ende, deberá ser gradual pero no paralizante para no justificar los cambios que se ameritan.

La tolerancia política deberá prevalecer ante los escenarios que se avizoran: la elección de la próxima corte de justicia, del fiscal general y adjunto, en los plazos constitucionales, de los magistrados del tribunal superior de cuentas, entre otros cargos de elección de segundo grado. La responsabilidad radica en las fuerzas políticas concentradas en el congreso nacional, donde la ciudadanía votó de tal forma que quisiera ver reflejado en ese parlamento su voto a favor del balance de poderes.

Pero la tolerancia también debe expresarse del lado ciudadano, donde los niveles de estrés y de inseguridad ciudadana llevan a registrar hechos intolerables que lejos de contribuir a sanar a una sociedad, evidencia su nivel de rencor, y a veces, hasta odio. El tejido social debe ser reconstruido, pero bajo liderazgos sólidos a nivel estatal, gubernamental, de los gobiernos locales, la sociedad civil, las organizaciones no gubernamentales y de quienes, respetando el laicismo, pregonan la fe. Todos deben entrar bajo este esfuerzo.

Los medios de comunicación social y los periodistas, no están exentos de este proceso de reconstrucción del tejido social y de hacer prevalecer el valor de la tolerancia. La tolerancia debe llegar también entre los periodistas, el espectáculo y la venganza, deben dar paso al fomento de las ideas y al respeto a la crítica y creencias, aunque no gusten. Los medios deben apostar a trabajar para disminuir un fenómeno que está dañando la libertad de expresión y las democracias: la desinformación y las falsas noticias que hacen mella en las redes y plataformas sociales.

La sociedad reclama del periodismo, calidad y profesionalismo, y esas cosas pasan por la apuesta a un periodismo ético que sepa cómo hacer del uso de las redes sociales una aliada estratégica para difundir información responsable, pero no una plataforma para los ataques en línea bajo la bandera del descrédito o las descalificaciones, o para justificar un discurso que no abona a la construcción de la prensa y las relaciones con el poder: cordiales, pero distantes.

Serán sin duda 365 días de búsqueda, aplicación y puesta a prueba del valor de la tolerancia, porque este país nos pertenece a todos y en él, cabemos todos. Que la tolerancia nos cubra y que el respeto a la vida y a la libertad de expresión sean la brújula de gobernantes y gobernados.

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