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¡Comamos y bebamos…!

Julio Raudales

Molesto con los corintios, San Pablo les recrimina su simpleza y falta de visión acerca de las consecuencias de no actuar coherentemente. ¿Quién puede adherir a sus acciones un poco de racionalidad? Hablo de la ciudadanía en general: trabajadores, empresarios y, sobre todo, gobierno.

¿Por qué menciono al gobierno de forma especial? Preguntarán algunos. ¡Bueno, es muy simple!: ninguna empresa o familia, al menos en Honduras, dispone de un patrimonio y un flujo de recursos económicos tan grande, pero ni un solo centavo es de su propiedad. Justamente, la gracia de la democracia republicana es que la ciudadanía tiene el derecho de reclamar e incluso botar a su gobierno si está gestionando mal este patrimonio.

Y como sucede a menudo, cuando hay una crisis como la que nos toca enfrentar ahora, se desnudan las terribles falencias que la estructura gubernamental ha padecido desde que somos país. El asunto es que parece que no hay manera de visualizar que esta situación puede revertirse. En algunos países ha sucedido ¿Por qué no en Honduras?

Pero la solución no pasa únicamente por tener un buen gobierno. De hecho, los buenos gobernantes surgen de sociedades organizadas, cultas y vigilantes. Por ello, el sistema educativo y el cultivo de buenas prácticas de organización comunal pueden ser un buen puntal para comenzar a trabajar en un cambio.

Por ello es que las nuevas tendencias hacia el desarrollo social incentivan la importancia de fortalecer la organización social frente a gobiernos que deben ser fuertes, pero que al mismo tiempo deben estar sujetos al debido control ciudadano.

En contra de predicciones distópicas que nos anuncian el advenimiento de una era post-política, es posible entonces pensar lo contrario. Lejos de ser suprimida, la política comienza a ordenarse alrededor de un nuevo foco: el foco pandémico. Eso quiere decir, los políticos, sobre todo quienes ejercen tareas gubernamentales, serán puestos a prueba de acuerdo con el comportamiento asumido durante el periodo del coronavirus.

Sin embargo, parece que, frente a la magnitud de los problemas, se acentúa mas que nunca una suerte de autismo social. La amenaza del virus está tan intacta hoy como lo estaba en febrero. Basta con darse una vuelta por algún mercado municipal y veremos gente en gran cantidad, sin mascarilla, persistiendo en los hábitos higiénicos de siempre. “Comamos y bebamos que mañana moriremos”

Para no desentonar, las decisiones políticas que en este contexto son clave, parecen no ser coherentes con lo que se visualiza en el mediano y largo plazo. Un presupuesto público al uso, que no muestra con claridad los elementos que permitan visualizar el plan de mejoría, una política monetaria que, si bien se hace mas flexible para evitar el colapso, aun no llega a quienes con mas urgencia requieren del auxilio para no morir de hambre.

Hay un espacio de discusión abierto en la llamada “Mesa Multisectorial”. En ella, diversos sectores ciudadanos y grupos de interés discuten semana a semana, la forma mas eficaz de lograr un equilibrio adecuado entre cuidado de la vida y mejora en los medios de vida. No es fácil. Para vivir hay que comer, dice la economía. Para comer hay que vivir, responde la medicina. El problema es que las dos ciencias tienen razón. Por lo mismo, nunca se van a poner de acuerdo. De ahí que el problema reside en lograr el equilibrio en estas dos verdades, uno en donde una no excluya a la otra. Al llegar a ese punto es cuando requerimos de la mediación que solo la práctica política nos puede otorgar.

Pero es urgente evitar a toda costa, que los esfuerzos realizados se difuminen en la vorágine de la campaña que se aproxima. Ya se ve a políticos deambulando cerca de los esfuerzos que se realizan para salvaguardar la gobernanza. ¡No lo hagan! Si persisten en ello el país se hundirá aun mas de lo que hasta ahora.

Es indispensable vigilar lo poco que nos queda de organización e instituciones. Ojalá que este feriado inventado al que vamos la próxima semana nos airee las neuronas y evitemos persistir en la miopía ciudadana que nos empuja a comer y beber, o el autismo gubernamental que tanto daño nos ha hecho.  

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