¿Banana Republic?

Julio Raudales

Alguna vez, hace años, me detuve a ver un fragmento de “The Apprentice”, el vacuo programa de entretenimiento norteamericano, cuyo mayor atractivo era su conductor: un multimillonario neoyorquino de la propiedad raíz, quien, desde su parnaso, increpaba con un soberbio grito de “You’re fired” (Usted está despedido) a jóvenes aspirantes a ejecutivos de sus empresas, a punta de preguntas capciosas. 

Fue por ello que, a casi todo el mundo, al igual que a mí, le pareció un tanto estrambótico y hasta divertido, observar a este empresario-showman, lanzando en la primavera de 2015, su candidatura a la presidencia de los Estados Unidos, un país que no solo cuenta con la economía mas exitosa de la historia humana, pero también con un esquema de organización social que ha sido el referente de los últimos dos siglos para el mundo civilizado.

-De todos modos-, pensamos entonces, -es una muestra más de que, en la democracia, todo el mundo tiene derecho a aspirar, ya poco a poco la racionalidad ciudadana y la fuerte institucionalidad de aquel país se encargaría de desechar al extravagante personaje del ruedo-. ¡Qué equivocados estábamos!

En efecto, el mundo entero ha visto en los últimos cuatro años, los crepitantes estertores de un “reality show” al mejor estilo televisivo o de redes sociales. Día a día, los estadounidenses han terminado por acostumbrarse al extravagante estilo de manejo de los asuntos de estado de su singular presidente. 

Pero como cualquier serie de Netflix o Amazon Prime, este sainete debía finalizar luego de su cuarta temporada de intrigas, payasadas y procacidades. Fue, como siempre, la valuación popular, esta vez en forma de elecciones, quien se encargaría de ordenar el punto final del espectáculo.

Sobre los activos y pasivos del gobierno del señor Trump han corrido ríos de tinta y seguirán escribiéndose libros, tesis y panfletos. Politólogos de fama mundial como el profesor de Harvard Steve Levitsky, señaló en su afamado libro “Cómo mueren las deocracias”, el peligro que el arribo de personajes como Donald Trump, Bolsonaro, Putin, Orban, Erdogan y más acá Maduro, Fernandez-Kitchner y Bukele, puede ocasionar a las democracias liberales, que con todo y sus defectos, ha generado la mas grande oleada de desarrollo de la historia humana.

La suma de dichos temores vislumbrados con agudeza por Levitsky, Harari, Thomas Friedman y otros expertos, se hizo realidad luego de las elecciones del 3 de noviembre pasado, cuando, al mas puro estilo bananero, el presidente se negó a reconocer el triunfo limpio del candidato opositor y comenzó a arengar a su tropa fanatizada para impedir, a como de lugar, la acreditación formal del presidente electo. 

El colmo de los avatares sucedió el pasado miércoles, cuando en un hecho sin precedentes, desde que, en 1814, los británicos invadieron la sede del Capitolio en la batalla de Blanderburg, los fanatizados seguidores del presidente irrumpieron en forma violenta en la sede parlamentaria con el fin de impedir la transición democrática y, en palabras del profesor Levitsky, dar un golpe de estado.  

Sería un error interpretar el asalto como el aullido postrero de un presidente enloquecido por el poder. Debemos verlo como parte de una estrategia global y que ahora ha hecho acto de presencia en los Estados Unidos. Estamos hablando del avance del populismo-nacional cuyo objetivo claro y preciso es demoler los fundamentos sobre los cuales reposa la democracia republicana.

La buena noticia es que a Trump y su horda de epígonos neofascistas radicales, les tocó bregar en un país donde la única dictadura posible es la de las leyes. Resulta además, bochornoso que algunos líderes de nuestro patio, incluyendo un expresidente, hayan aprovechado la ocasión para hacer gala de sus instintos populistas, intentando hacer parangón de lo sucedido en Washington, con su mezquina y prosaica forma de pensar. 

El asalto al Capitolio del pasado 6 de enero fue una declaración de guerra de los fanáticos conservadores norteamericanos a la razón parlamentaria, no hay manera de perderse. No es la primera, ni será la última. Toca, por lo tanto, a los verdaderos demócratas, aceptar el desafío y librar, de modo decidido, e incluso militante, la lucha por la defensa de la razón y la libertad.

Para Honduras será un periodo de prueba como ningún otro. Es hora de sacudirnos el mote de país bananero y entender que ninguna sociedad está vacunada contra el despotismo. Así que a construir democracia limpia y entender que somos nosotros los únicos dueños de nuestro mejor destino.

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