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Zozobra y agotamiento colman a los usuarios de buses de Tegucigalpa

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Tegucigalpa Eran las cinco de la tarde y tomamos la decisión de irnos al centro de la capital en un bus “rapidito” con el objetivo de regresar en otro, pero esta vez en uno “amarillo”, esos buses grandes que son los utilizados por la mayoría de los capitalinos cada día para irse a su trabajo, hacer sus diligencias y luego retornar a sus moradas.

Cuatro lempiras es el valor del bus de ruta “amarillo” en la capital de Honduras.

Aproximadamente 60 personas abordan cada bus de ruta en Tegucigalpa en horas pico de la tarde para retornar a sus casas. También lo hacen en las primeras horas de cada mañana, a la hora de empezar su jornada laboral.

Como es, un ciudadano más, el enviado de Proceso Digital abordó a las 5:00 de la tarde un autobús “rapidito” para luego hacer el retorno en uno “amarillo” y experimentar así los parangones entre ambos servicios.

RapidistosMientras Proceso Digital realizaba el recorrido en un rapidito en Comayagüela.

Almas que se lleva el diablo

Rápidamente quedó claro que en ambos se percibe el temor de los usuarios de ser asaltados, los conductores llevan la música a todo volumen, generalmente escuchan rap, reggaetón, música electrónica y estridente; para agravar el panorama corren como si fueran autos de competencia, en ocasiones no respetan señales de tránsito y al competir por los pasajeros de la ruta con sus iguales, marchan “como almas que se lleva el diablo”. La diferencia puede estar en que los “rapiditos” son unidades relativamente nuevas, con algo de confort y recorridos más expeditos.

En el “rapidito”, generalmente buses nuevos y cómodos, permiten al pasajero llegar al destino en menos tiempo, el valor es de 11 lempiras y los que más los utilizan son jóvenes y mujeres trabajadoras. Pero en ellos nadie escapa a un potencial asalto.

El pasajero enviado de Proceso Digital abordó el autobús “rapidito” en la colonia Pedregal hacia la Calle Real de Comayagüela, en él compartió con una veintena de mujeres y otro grupo similar de jóvenes con aspecto de ser estudiantes, muchos de ellos, más arriesgados, con sus teléfonos móviles en mano.

El cobrador del pasaje era un joven de unos 20 años y en toda la ruta llevaban música juvenil como el reggaetón. Las personas iban pensativas y apenas dos jóvenes conversaban sobre una amiga que tenía problema con su pareja porque vivía en la casa de su suegra.

El viaje en el rapidito se hizo corto, se tardó 15 minutos desde la colonia Pedregal hasta el centro de la ciudad porque el tráfico estaba en el carril contrario al que íbamos.

Bus amarilloAsí lucen los buses amarillos que transportan la mayor cantidad de personas en la capital.

La pesadumbre en los buses “amarillos”

Eran las 6:00 de la tarde cuando Proceso Digital, a través de su pasajero, contempló como en la tercera avenida de Comayagüela, las tiendas ya estaban cerrando, las personas corrían buscando los buses que los devolvieran a sus casas. El tráfico era pesado.

Al abordar uno de los asientos traseros de la unidad de trasporte “amarilla”, fue necesario esperar más de 15 minutos que el conductor se tomó en una esquina de Comayagüela con el fin de atraer más viajeros.  Con la música a todo volumen, apenas se escuchaban los gritos del cobrador exhortando a los potenciales pasajeros a abordar su autobús.

En el bus “amarillo” todo era deplorable, el olor, los asientos estaban rotos, la esponja gastada y la única luz era una de neón a un lado del techo. El bus arrancaba y se paraba para que personas subieran al mismo.

Apenas se pudo observar a dos jóvenes con celulares de bajo costo en la mano, uno conversando por redes sociales y otro con unos auriculares escuchando música.

Al autobús “amarillo” se subían muchas personas de la tercera edad, en otros tantos se reconocían marcas americanas en su ropa “de bulto” (usada, traída de los Estados Unidos), no eran pocos los rostros cansados y sudorosos, los olores del cuerpo daban cuenta de profundas jornadas de trabajos físicos.

bus urbanoLas personas que utilizan los buses grandes son obreros y de estudiantes de escasos recursos.

Pocas cuadras había avanzado el autobús “amarillo” cuando el cobrador llegó al asiento del viajero de Proceso Digital y le dijo: “pasaje, saje, saje..”. Tras recibir los cuatro lempiras otro hombre sacó 10 lempiras y le pidió que cobrara dos pasajes, “cóbrate dos”, le dijo.

Al llegar a un centro comercial el bus se estacionó aproximadamente 25 minutos, en ese lugar muchas personas que iniciaron su viaje se bajaron. En esta parada los pasajeros eran diferentes los que venían desde la gemela Comayagüela, aquí se incorporaron mujeres jóvenes, pero, más estudiantes y trabajadoras de las tiendas de los complejos de negocios.

“Por un paro me tuve que venir en un bus hasta acá y luego tomar este bus, es más cansado, pero no tenía otra opción”, comentaba una señora que trabaja en una institución bancaria a otra que iba a la par.

En esa estación el bus se llenó totalmente, pero aún así, el cobrador le pegaba a la lata del vehículo para avisarle al conductor que más personas se iban a subir.

En esa estación aprovecharon los vendedores de agua, cacahuates, mangos verdes, rosquillas y pan blanco para vender. Iban asiento por asiento ofreciendo los productos.

Algunas personas compraban pan y cacahuate, fueron los productos que más se vendieron, pero en pocas cantidades.

Luego el bus arrancó, se metía de un carril a otro en zigzag para ir evitando el tráfico. El conductor con su manejo temerario obligaba a las personas que conducían sus carros a detenerse para evitar un accidente y a los pasajeros aferrarse a lo que tuvieran a mano para guardar el equilibrio.

Cuando llegó a una pequeña cuesta la velocidad del bus bajó notablemente, demostrando el desgaste y su maltrecha vida útil.

Poco a poco en cada estación la gente fue dejando aquel cajón maloliente y oscuro, vacío.

El viajero enviado llegó a su sitio y se bajó curado de espantos, al final es la vida cotidiana de los hondureños en las urbes del país, El bus “amarillo” de ruta que se tardó una hora del centro de la ciudad a la colonia Pedregal.

Pero la marcha de los buses no se detiene. Allí van los pasajeros, unos parados, otros sentados, muchos hacinados en el pasillo. Las unidades van y vienen en el corredor urbano de la capital política de Honduras.

La actividad es parte de las vivencias y riesgos de cada día, todo sigue su curso. Los matices son usuales: un transportista muerto por no pagar extorsión, una joven universitaria muerta por no entregar sus prendas al momento de un asalto o un pandillero herido a manos de un iracundo pasajero al que le colmó la paciencia el asalto tras asalto en los buses.

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