Y hacia el 2021… ¡la caravana pasa!

Por Armando Euceda

Hace un año, estudiantes y profesores en todo el país habían culminado su año académico. La primera quincena de diciembre fue de graduaciones con la pompa y solemnidad acostumbradas; de regalos, cenas navideñas y relajamiento. En realidad la mayoría, estudiantes y profesores, disfrutábamos los logros académicos de aquel año que, con altos y bajos, pasaba a los anaqueles de la historia como uno más. Febrero del 2020 abrió prometedor en todo el sistema educativo. Algunas noticias preocupantes, de origen estructural; una noticia de algún lugar en China. Luego vino la pandemia.

Lejos de traer “buenos augurios”, esta vez “Los Idus de Marzo” trajeron un Caballo de Troya y dentro de él un regalo fatal. Con él se recordó a la humanidad -y a los italianos en particular- que no olvidaran la muerte de su Julio César y en reprimenda  les cerraron todas sus escuelas, colegios y universidades. Y, a la humanidad entera les hizo recordar la sentencia de Shakespeare: ¡Cuídate de los Idus de marzo!

El 13 de marzo el Consejo de Educación Superior invitó a las 21 universidades del país al cierre temporal de actividades presenciales y avaló la oferta de servicios educativos en línea. Al mismo tiempo la Secretaría de Educación avaló el cierre de la actividad presencial en las distintas escuelas y colegios, públicos o privados. La UNAH anunció “Suspender todas sus actividades a nivel nacional para dar inicio a un proceso de virtualización de la enseñanza,…”. Para el 16 de marzo, todo estaba consumado. Se empezó a utilizar una diversidad de plataformas. Luego vino el Zoom.

La primera respuesta de las autoridades fue pasar a usar plataformas virtuales. En ellas se encontró la posibilidad de forzar el enfoque sincrónico con la repetición de sus tradicionales lecciones presenciales y el enfoque asincrónico les sirvió para subir sus conocidos materiales en formato pdf. Y así lo tradicional se oxigenaba. Luego vino la réplica académica.

Para abril o para mayo la confusión fue mayor. A nivel internacional los académicos empezaron a recetar una ensalada de términos que rebasó la capacidad del tímpano de los docentes en todos los niveles. Luego vinieron los webinars.

Muchas cosas pasaron. Notorio fue el desnudo que lucieron la mayoría de los docentes, estudiantes y padres de familia -en todos los niveles- acerca de su analfabetismo tecnológico. El estado había descuidado este tipo de formación en las escuelas y colegios. Las universidades, casadas en su mayoría con la vieja clase magistral basada en una charla del docente, habían desarrollado la educación en línea, más como una moda agradable de lucir pero no como una tendencia que hace mucho tiempo amenazaba con detonar. Luego vino la incertidumbre.

Hacer e-learning, b-learning, m-learning nos decían algunos de los mediadores en tecnología. Educación a Distancia, Virtual, en Línea o Remota de Emergencia (¿?) nos decían otros; enfoques sincrónicos y asincrónicos, audio-libros, Podcasts, e-books, decían desde la secta de los digitales. Humanidades digitales, Aula invertida, educación entre pares y hasta Perusall resonaba como posibilidad en las nuevas aulas orgánicas y ubicuas. El mercado no se quedó atrás: Kindle  más Audible proclamó Amazon; i-books (Apple Books) replicó Apple y Google Books con el combo de Google Classroom exclamó Google. Igual pasó con las Apps educativas que se cuentan por miles.

Esta ensalada digital solo la podían degustar en los hogares de clase media y del pequeño porcentaje económicamente pudiente que vive en el país. La indiferencia gubernamental se hizo evidente. El corazón  de los faraones de la telefonía celular se endureció y la Internet gratuita nunca llegó a educadores y alumnos. Más de un millón de niños y jóvenes, desde el Jardín de Niños hasta las universidades, quedaron fuera de los servicios tecnológicos del sistema educativo. Luego vino la profundización irreversible de la iniquidad educativa digital.

Coágulos de ansiedad comenzaron a aparecer en las arterias de nuestra economía para pronto, cauterizando vena a vena, empezar, primero a reducir y luego a eliminar los recursos financieros que usualmente alimentan el funcionamiento del sistema educativo. Luego  aparecimos en un retrato internacional que circula con el nombre de “catástrofe de desigualdad educativa”. Y hacia el 2021…  ¡la caravana pasa!

Quizás unos versos de Dario, de su “Cantos de vida y esperanza” nos ilumine a todos para formular una conjetura fantástica que aleje a la patria de la oscuridad en que va quedando: “La virtud está en ser tranquilo y fuerte;/ con el fuego interior todo se abrasa;/ se triunfa del rencor y de la muerte,/ y hacia Belén… ¡la caravana pasa!”

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