
En Honduras, la Casa Presidencial es menos un edificio y más una mansión encantada. Por sus pasillos se oyen, cuando cae la tarde, los pasos de gobernantes viejos que se niegan a abandonar del todo el poder. Las cortinas han visto desfilar promesas como si fueran procesiones, y las paredes guardan, como las viejas tías de una familia numerosa, secretos que nadie se atreve a pronunciar en voz alta. Cada nuevo gobierno llega con la ilusión de cambiar los muebles, pintar de otro color las habitaciones, colgar retratos distintos en la sala. Pero, al revisar la escritura de propiedad, aparece siempre el mismo nombre, terco como una maldición hereditaria: el del caudillo. No importa si está presente en cuerpo, exiliado o transformado en mito; su sombra se sienta a la cabecera de la mesa, servida con platos de loza que se heredan de generación en generación.
Xiomara Castro entró a esa casa como entran las mujeres que un día deciden romper el mandato de sus antepasadas: con una mezcla de temblor y bravura. Llevaba en la piel la memoria de agravios y derrotas, y en las manos una promesa que parecía sacada de esas historias que las abuelas cuentan al filo de la medianoche: refundar el país, desterrar la corrupción, abrir las ventanas para que entrara por fin otro aire. El pueblo no votó solamente por una persona, sino por un cambio de receta ancestral. Quiso dejar de comer, en la mesa de la patria, el mismo guiso amargo preparado siempre por las mismas manos: impunidad, clientelismo, patrimonialismo. Quiso un sabor nuevo para su destino colectivo.
Pero en política, como en las cocinas y en las sagas familiares, el futuro se decide en los procedimientos: en cómo se pica la cebolla, en quién acapara la sal, en quién lava los platos y quién firma los decretos. El giro que Honduras necesitaba no consistía únicamente en poner otro nombre en la puerta, sino en transformar la forma misma de gobernar: menos personalismo, más instituciones; menos mito, más evidencia; menos lealtad ciega, más rendición de cuentas.
La desilusión comenzó a cocinarse en voz baja, como esos chismes que viajan de patio en patio. La refundación prometida empezó a parecerse demasiado a un recalentado: nuevos discursos, viejas prácticas. La presidenta, en lugar de encarnar un quiebre con la tradición del caudillo, aparecía atrapada en su libreto: la lógica del liderazgo incuestionable, el círculo íntimo que decide, el partido que trata al Estado como si fuera una finca heredada. En vez de una arquitecta diseñando un nuevo pacto, se veía a una administradora de un relato: el relato de una épica popular que, demasiadas veces, pretende sustituir el trabajo paciente de la política pública por la mística del “nosotros” contra “ellos”. La casa, en lugar de reconstruirse, fue adornada. Se colgaron nuevos tapices con consignas renovadas, pero el techo sigue filtrando el agua en los mismos rincones.
El dogma se coló en los rincones como humedad: cuando los datos molestan, se les ignora; cuando la crítica duele, se le llama traición; cuando la realidad contradice el sueño, se acusa a conspiraciones invisibles. El dogma, en cualquier país, es una forma de pereza moral; en uno herido como Honduras, es un lujo que se paga con vidas y futuro.
La tecnopolítica que se esperaba no era un despliegue de imágenes editadas ni la multiplicación de consignas en las redes, sino algo mucho más sencillo y, por eso mismo, verdaderamente revolucionario: sistemas de información abiertos como libros familiares que cualquiera pueda leer; compras públicas transparentes, sin cláusulas oscuras ni parientes escondidos tras empresas de fachada; concursos de mérito donde el apellido no pese más que la capacidad; indicadores claros para medir éxitos y fracasos, sin miedo a rectificar; e instituciones lo bastante fuertes como para sobrevivir a los humores de quien ocupe, por un rato apenas, la silla presidencial.
Honduras es un cuerpo marcado por cicatrices: golpes de Estado, crimen organizado, desigualdad que se hereda como una enfermedad, violencia patriarcal. Nadie que asuma la presidencia lo hace sobre terreno llano. Pero, precisamente por eso, la esperanza en Xiomara era distinta: su llegada condensaba la rabia acumulada de generaciones de mujeres a las que les dijeron que la política no era su lugar, que su rol estaba en la cocina y no en los decretos.
Era, en apariencia, el momento de invertir la maldición. Una mujer en la presidencia de un país donde el poder se había ejercido, durante décadas, contra los cuerpos de las mujeres. Una oportunidad para demostrar que no se trataba solo de cambiar el género del rostro en los retratos oficiales, sino de transformar la relación entre ciudadanía y Estado.
Sin embargo, la vieja genealogía del caudillismo se mostró más resistente de lo que la épica anunciaba. Como en esas familias donde el apellido pesa más que los deseos de las hijas, la cultura política hondureña volvió a imponer su ley: el líder convertido en tótem; el gobierno, en prolongación de una voluntad personal; el país, en escenario donde se representa una obra escrita hace años por otros. En esa obra, el poder no se concibe como servicio transitorio, sino como patrimonio. Y los patrimonios, en nuestras repúblicas cansadas, rara vez se entregan con gusto. De ahí brotan los discursos sobre la “continuidad histórica”, la tentación de estirar mandatos, el impulso de rediseñar instituciones para que respiren al ritmo de un solo corazón político.
Lo más triste, y por eso el título hiere, no es que una mujer esté en la presidencia, sino que esa presidencia parezca atada a la historia de un caudillo, como si fuera un personaje secundario de una saga que no escribió ella. No por falta de inteligencia ni de coraje personal, sino por el peso sofocante de una cultura que sacraliza al líder, que convierte la crítica en pecado y la alternancia en amenaza.Honduras merecía otra escena: una presidenta que, desde el primer día, dejara claro que no era imprescindible; que su mayor acto de grandeza sería preparar su relevo sin trampas ni maniobras; que la refundación no sería la eternización de un proyecto, sino la construcción de instituciones tan sólidas que pudieran sobrevivir, incluso, a sus propios fundadores.
La alternancia no es un capricho importado de manuales extranjeros. Es la única manera que tiene una nación de protegerse de la soberbia, ese veneno que convierte a los gobernantes en personajes trágicos incapaces de reconocerse humanos. Ningún gobierno, por más justas que sean sus banderas, debería imaginarse eterno: cuando la historia se cree destinada a durar para siempre, empieza a justificarse lo injustificable.
Lo que se le reclama a Xiomara Castro es ese desencuentro entre símbolo y práctica. Su figura encarnaba la posibilidad de una ruptura: la primera mujer presidenta, la memoria de una lucha reciente, la promesa de un “nunca más” al autoritarismo. Pero la refundación se volvió retórica cuando no cambió la forma de gestionar el Estado, cuando la transparencia no se instaló como norma, cuando la lógica de lealtades personales siguió pesando más que la creación de un servicio civil profesional y blindado.
La historia de este país —como tantas en nuestra América— está poblada de mujeres que sostuvieron la vida mientras los hombres jugaban a la guerra, firmaban acuerdos, traicionaban y eran traicionados. Mujeres que cocinaron para las conspiraciones, escondieron papeles, salvaron niños, velaron muertos. La llegada de una presidenta era la oportunidad de honrar esa genealogía silenciosa no con discursos, sino con instituciones que reconocieran, por fin, que el poder debe ser de todos y no de unos cuantos.
La patria no es el cuerpo del líder, ni de su familia, ni de su partido. Es un tejido vivo donde cada decisión de gobierno deja huellas: sobre la mesa de la gente sencilla, sobre la escuela que se abre o se cierra, sobre la niña que aprende que tiene derecho a preguntar, a disentir, a votar sin miedo. Un gobierno verdaderamente refundador habría puesto su empeño en dejar huellas verificables: portales de datos abiertos, auditorías independientes, sistemas digitales que dificulten los favores, mecanismos de participación ciudadana que no se reduzcan a estar en la plaza aplaudiendo.
Si Xiomara Castro quiere que su nombre no quede fijado en la memoria como “la triste mujer de un caudillo”, todavía podría elegir otro lugar para sí misma en esta gran novela latinoamericana: el de la gobernante que entendió, a tiempo, que el poder no le pertenece y que su legado no se mide en lealtades personales, sino en la fuerza de las instituciones que sobrevivan a su mandato.
Porque, al final, las naciones se parecen mucho a las familias de las que habla Isabel Allende: sobreviven a las tragedias cuando son capaces de cuestionar sus propias leyendas, de desmontar sus maldiciones, de escribir nuevos capítulos donde las hijas no repitan el destino de las madres. Honduras no necesita una heroína perfecta ni un caudillo reencarnado: necesita una república donde nadie sea imprescindible y donde el Estado deje de ser una casa embrujada para convertirse, por fin, en hogar compartido.





