Un día en la vida de un coffee lover

Chasty Fernández

En medio de jornadas cada vez más aceleradas, donde el tiempo parece no alcanzar, los pequeños hábitos cotidianos pueden marcar una diferencia significativa. Para muchos(as), una taza de café no es solo una bebida: es una pausa necesaria, un momento breve que puede cambiar el ritmo del día.

Así comienza el día para muchas personas. Para Clara, ese día comienza un Lunes, a las cuatro de la mañana, cuando el mundo todavía no existe. Al menos, no para ella.

El despertador suena y abre los ojos sin sobresaltos, como quien ya no lucha contra el cansancio, sino que aprende a convivir con él. A su lado, la mitad de la cama sigue intacta, fría. No hay tiempo para detenerse ahí.

Se levanta.

Madre y padre en un solo cuerpo, organiza mochilas, prepara desayunos, revisa tareas. Su hija habla, ríe, pregunta, y ella responde con una sonrisa sostenida, aprendida en la rutina de los días largos. Cuando la puerta se cierra, la casa queda en silencio. No es paz. Es una pausa breve.

Luego comienza la carrera: trabajo, llamadas, cuentas, tráfico. El tiempo no espera. El día avanza empujándola sin preguntar.

Hasta que, cerca del mediodía, algo se detiene.

Sin planearlo, sus pasos la llevan a una cafetería. Empuja la puerta y el mundo cambia de ritmo. El aroma la envuelve: no es sólo café, sino una mezcla de vainilla y caramelo, calidez y memoria, como una especie de refugio invisible. La temperatura es agradable, de esas que invitan a quedarse sin darse cuenta. Suena una música suave, casi en sintonía con los pensamientos, sin imponerse. La luz es tenue, los tonos pastel en las paredes y el mobiliario suavizan la mirada. La madera, los libros —muchos libros— completan el espacio como una invitación silenciosa a bajar la velocidad.

Clara respira. Y por primera vez en todo el día, el aire no le pesó.

Se sienta junto a una estantería. Pasa los dedos por los libros hasta tomar uno al azar. Lee historias del café: cabras en Etiopía tras comer bayas rojas, reyes que intentaron prohibirlo sin éxito, escritores que lo convirtieron en compañía de largas jornadas. Sonríe. Algo en esas historias la reconoce.

La taza llega.

La sostiene entre las manos. El calor atraviesa la porcelana. El aroma sube lento. El primer sorbo es firme, intenso, pero equilibrado. Como si el caos, por un instante, encontrara orden. 

Cierra los ojos por un instante.

Afuera nada ha cambiado. Las responsabilidades siguen intactas. El trabajo, el tiempo, las cuentas. Todo continúa igual.  

Pero, algo dentro de ella… se acomodó.

Como si, en medio del ruido constante de su vida, hubiera encontrado un pequeño espacio donde podía volver a sí misma.

Entiende que ese momento también es parte de su historia. Que la vida no solo ocurre en lo urgente, sino también en esas pausas que no resuelven todo, pero permiten continuar.

Termina su café lentamente. Afuera, la ciudad sigue acelerada. Pero ahora ya no la arrastra igual.

No es que el mundo cambie.

Es que ella encontró, en medio del ruido, una grieta breve por donde respirar.

Y a veces, esa grieta… huele a café.

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