Análisis de Alberto García Marrder
Para Proceso Digital, La tribuna y El País de Honduras
Son momentos difíciles para Cuba. El presidente norteamericano, Donald Trump, tiene la intención de asfixiar este año a esa isla con prohibiciones de recibir petróleo de Venezuela o de México. En la práctica, sería un bloqueo naval para impedir el paso de buques petroleros en el Caribe, hacia Cuba.
Y ha amenazado con aranceles a los países que vendan o donen petróleo a Cuba. Que como es habitual, lo que no use Cuba es revendido en Asia.
Si ya Cuba tiene una grave crisis por la suspensión del petróleo que le enviaba el ex líder venezolano, Nicolás Maduro, lo de ahora puede ser catastrófico para una revolución cubana fracasada que lleva ya más 65 años en el poder. Pan no habrá, pero represión si.
A este infernal panorama, se une la intención -por ahora solo una idea- de suspender las remesas que envían desde Florida los cubanos-americanos a sus familiares en Cuba. Estos envíos vienen a totalizar como un 25 por ciento de los ingresos del régimen y son en la tan apreciada moneda del dólar. Unido al descenso del turismo, la crisis será apabullante este año.
¿Y qué es lo que busca Trump de un país que no tiene nada que ofrecer? Por lo menos Venezuela tiene las mayores reservas de crudos del mundo.
Trump quiere obligar al gobierno cubano a negociar una transición de un régimen comunista a una democracia, por lo que busca una especie de “Deisy Rodríguez cubana” para hacer cumplir sus instrucciones.
Cuba no tiene petróleo, pero tiene su posición geográfica inmejorable: a 90 millas del sur de Florida y para que los radares chinos capten las comunicaciones norteamericanas.
La noticia urgente, pero no comprobada es, según el polémico periodista británico Piers Morgan, de que el débil presidente cubano, Miguel Diaz-Canel, envió al gobierno mexicano (que está siendo mediador entre La Habana y Washington) que está dispuesto a rendirse y expulsar a los más de 3,000 asesores chinos con tal que no le pase lo de Maduro.

Morgan informa que ya circula una especie de calendario para que Cuba sea libre, elecciones libres, libertad de prensa, propiedades privadas, partidos políticos y liberación de los más mil presos políticos. Y el dólar, será la moneda oficial.
Pero falta que lo apruebe quien realmente manda en Cuba: Raúl Castro, de 94 años. Díaz-Canel (a pesar de sus viejas proclamas revolucionarias de “NO PASARAN y de su desgastado uniforme verde oliva, es un títere de Castro, quien lo puso en el cargo).
Lo que sí es verdad es la sensación de pánico que hay en La Habana y el familión de los Castro, que hasta ocupan puestos importantes estatales, están haciendo planes en la cercana República Dominicana.
Pero para el pueblo de pie, significa apagones eléctricos no solo de horas, sino de días. Y una inflación que puede llegar a un 300 por ciento. Y colas en las gasolineras por un combustible que no llega.
Y todo esto, un hombre poderoso e interesado, personalmente, en la caída del régimen cubano, observa la situación desde Washington. Es el cubano-americano Marco Rubio, flamante Secretario de Estado (asuntos exteriores) y consejero de Seguridad Nacional, pero es el que le susurra a Trump lo que pasa en Venezuela y Cuba. Tiene en sus manos el futuro de esos dos países.
De su época de senador por Florida, Rubio es un acérrimo anticastrista y sueña con el día que sea libre el país de sus padres, exiliados en Miami.










