(Trapos) Sucios

Yanivis Melissa Izaguirre | Periodista, Honduras

A un verdadero juicio público-político sometieron al exsecretario de la refundación, Octavio Pineda.

Cuando desde el interior de un partido se recibe una aspiración presidencial con ataques y desacreditaciones, lo que transmite es miedo a la competencia. Y más cuando, al mismo tiempo, una parte de su dirigencia insiste en que no es tiempo de candidaturas, mientras la misma parte actúa como si otras figuras sí tuvieran licencia para politiquear, lo que denota es una clara narrativa del doble rasero. Para unos hay sometimiento a una disciplina partidaria; para otros hay pista libre…

Lo revelador de la disputa interna en Libre no es que haya aspiraciones presidenciales prematuras. Eso, en política, es casi normal. Lo verdaderamente esclarecedor es el método de descalificación pública, sospecha moral, revanchismo, “costrismo”, ajuste de cuentas y una ansiedad feroz por decidir quién tiene derecho a competir y quién debe esperar callado.

Octavio Pineda abrió la puerta al decir que, si Dios lo permite, estará en la contienda de 2029. Hasta ahí, la noticia era política. Se puede discutir si era oportuno, si era prudente o si era inteligente hacerlo en ese momento.

Pero cierta militancia de Libre (conocida como la “argolla” o la “cúpula”) decidió responder de la peor manera, no con reglas, no con un mensaje de conducción, no con una línea oficial que ordenara el debate, sino con una lluvia de publicaciones donde activaron el expediente clásico del linchamiento social (network). Ese que conocen muy bien Nelson Ávila, Jorge Cálix, Wilfredo Méndez, Rafael Sarmiento, Rasel Tomé, José Carlos Cardona, Rodolfo Pastor, y otros.

En cuestión de horas, la discusión dejó de tratar sobre tiempos y comenzó a abordarse desde la “pureza”. Ya no se hablaba de si el partido debía primero hacer autocrítica tras la derrota, revisar su vínculo con la base o corregir su narrativa pública. Se hablaba de quién es burgués, quién es de derecha, quién tiene honestidad, quién traicionó, quién llegó tarde a la militancia, quién se acomodó, quien tiene sangre “aria” y quién se cree con derecho de heredar el proyecto. Ese desplazamiento es el verdadero síntoma del problema.

Ya no les importa el costo estratégico de sacar los trapos sucios al sol. No solo se exhibe división, sino falta de árbitro que regule a los jugadores o que, apegado al radicalismo, saque de una vez por todas las tarjetas rojas (y negras).

Se les lee enojo e incapacidad para administrar el disenso. Más allá de la pelea de egos, se instala la idea de que el partido todavía no sabe si quiere ser organización política o hacienda familiar.

Lo más grave es que esta pelea ocurre en el peor momento posible. Mientras el pueblo evalúa los 90 días de la racha, sobrevive a un nuevo golpe al bolsillo por el pasaje en taxis, a la inalcanzable canasta ultra mega básica, a los recortes laborales y al malestar social generaliado, la conversación pública del partido de oposición termina tomada por una guerra doméstica de posteos, indirectas y dardos. Eso desconecta al partido de la calle y lo encierra en un espejo. Y los partidos que se enamoran de su reflejo suelen perder el oído.

Rodolfo Pastor tiene razón en una parte crucial, imponer divide y destruye. Y Carlos Eduardo Reina también apunta a un “nervio” sensible cuando dice que primero hay que entender qué pasó (¡Qué nervios recibir ese baño de realidad!). Jorge Aldana, por su parte, advierte que el verdadero enemigo no está dentro de Libre.

¡Escúchenlos! O el partido seguirá regalando escenas de autodemolición y la racha continuará disfrutando los foros matutinos con palomitas y soda en la mano.

Hoy la pregunta ya no es si Octavio Pineda debió hablar o si no debió hacerlo justo en el día de la guillotina a Marlon Ochoa y Mario Morazán. La pregunta es por qué un partido que se dice del pueblo, de la organización y de la refundación recibe con la cara agria cualquier anuncio, intención o anhelo de ponerle otra fotito con casilla a la papeleta interna en donde competirá Rixi.

El mando interno está en disputa.

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