Tomás Zambrano: cuando el Congreso decide ser arquitectura del poder

Javier Franco

El inicio de la presente legislatura no fue un acto rutinario. Fue una señal política. La forma en que se instaló el Congreso Nacional, el orden impuesto desde la primera sesión y la claridad con la que se colocaron los temas prioritarios marcan un quiebre con una etapa caracterizada por improvisación, parálisis y desgaste institucional. En política, la forma también comunica fondo, y ese mensaje inicial no pasó desapercibido.

Desde su primera intervención pública, el presidente del Congreso, Tómas  Zambrano, fue explícito en los compromisos que debía asumir el Legislativo. No habló en abstracto. Identificó problemas concretos y propuso rutas claras: corregir un sistema electoral vulnerable al boicot, garantizar resultados oportunos, cerrar lagunas que paralizan instituciones, despolitizar áreas sensibles del Estado, atender emergencias estructurales y ordenar la casa legislativa. Esa claridad tiene un valor político propio: fija expectativas.

El desafío ahora no es anunciar más, sino convertir esos compromisos en sistema. Porque el verdadero riesgo del Congreso no ha sido la falta de agenda, sino la tendencia histórica a tratar cada reforma como un compartimento aislado. Cuando las reformas no se conectan, pierden impacto; cuando se ordenan, producen estabilidad.

En materia electoral, por ejemplo, el “qué” está planteado: sanciones, continuidad operativa, resultados oportunos, ciudadanización y blindaje de la declaratoria. El reto estratégico es el cómo y el cuándo. Estas reformas exigen secuencia, no simultaneidad. Primero cerrar las lagunas que permiten la parálisis; luego asegurar la transmisión de resultados; después fortalecer la legitimidad del proceso. Hacerlo al revés sería repetir errores ya conocidos.

Algo similar ocurre con justicia y cooperación internacional. El planteamiento es correcto: ninguna comisión externa sustituye al Estado. El valor real está en fortalecer al operador nacional. La recomendación estratégica aquí es clara: toda iniciativa en esta materia debe medirse por su capacidad de transferir competencias, no por su impacto mediático. El para qué es evidente: que la justicia funcione cuando el acompañamiento internacional ya no esté.

La discusión sobre Fuerzas Armadas y su despolitización merece la misma lectura. No es un debate ideológico, sino preventivo. Reformar la ley constitutiva para blindar la subordinación constitucional del mando militar no debilita al Estado; lo protege. El momento es ahora, cuando la agenda está abierta y el tema nace incluso desde el interior de la institución.

En salud, infraestructura y empleo, el enfoque debe ser igualmente estratégico. Declarar emergencias no es un fin, es un instrumento. Su eficacia dependerá de plazos claros, controles definidos y objetivos medibles. En el caso del empleo, el compromiso de revisar la ley y retar al sector privado a responder con cifras concretas introduce una lógica sana: corresponsabilidad. El Estado crea condiciones; el sector privado responde con inversión y trabajo.

Finalmente, la gobernanza interna del Congreso no es un asunto menor. Reformar la ley orgánica, imponer disciplina y eliminar privilegios no solo ordena el funcionamiento; recupera autoridad moral. Sin esa base, ninguna agenda ambiciosa es sostenible.

Todo esto coloca al Congreso ante una oportunidad real. Los compromisos están dichos. Las condiciones políticas existen. El siguiente paso es elevar la agenda del plano declarativo al plano estratégico, entendiendo que la libertad se protege con instituciones que funcionen, que el bien común se construye cuando la agenda supera intereses particulares y que la justicia no se proclama, se ejecuta.

En política, los momentos importan. Este es uno de esos momentos en los que el Congreso puede decidir si administra coyunturas o si, por primera vez en mucho tiempo, diseña sistema. La diferencia no está en las promesas, sino en la forma de cumplirlas.

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