Siempre la misma cantaleta

Javier Franco

“Siempre con la misma cantaleta”, dice la gente cuando ya está cansada de escuchar lo mismo. No lo dice solo porque alguien repitió una frase.

Lo dice porque siente que ya conoce toda la canción: cómo empieza, cómo sube, cuándo viene el coro y hasta cómo termina.
Con la política pasa algo parecido. No estamos necesariamente en campaña electoral, pero en Honduras la política casi nunca se apaga.

Acabamos de salir de un proceso electoral, apenas camina un nuevo gobierno, y aun así ya se sienten movimientos, cálculos, reacomodos, discursos y aspiraciones futuras. Los partidos siguen activos, los liderazgos se mueven y la conversación pública vuelve a girar alrededor de lo mismo.

Para algunos, la política es campo de trabajo, oficio, carrera y permanencia; para la mayoría de la población, debería ser instrumento de solución, no una cantaleta permanente.

Una canción tiene partes. Tiene una introducción, unos versos, un coro, algunas variaciones, un puente, un momento fuerte y un cierre. La política también parece seguir esa misma estructura.

La introducción aparece cuando se anuncia una nueva etapa. Nuevos rostros, nuevos lemas, nuevos colores, nuevas alianzas y la promesa de que ahora sí las cosas van a cambiar. La música empieza con entusiasmo.

Se invita a creer otra vez. Pero una parte de la ciudadanía, más por experiencia que por malicia, piensa: “esto ya lo escuché antes”.

Después vienen los versos. En una canción, los versos cuentan la historia. En la política, cada quien cuenta la suya: quién tuvo la culpa, quién traicionó, quién representa al pueblo, quién viene a salvar al país y quién promete corregir lo que otros dañaron. El problema no es que existan relatos políticos. Toda democracia necesita ideas, propuestas y visión. El problema es cuando esos relatos se vuelven libreto repetido y dejan de explicar la realidad de la gente.

Luego llega el coro, o el estribillo, la parte que más se repite. En nuestra política, ese coro casi siempre tiene las mismas palabras: seguridad, salud, educación, transparencia, democracia, unidad, cambio. Son palabras importantes, porque representan necesidades reales. Pero precisamente por eso no deberían usarse como simple recurso de campaña o discurso. La cantaleta no nace porque se hable de los mismos problemas; nace cuando se prometen las mismas soluciones sin construir los caminos para cumplirlas.

También están las variaciones. Cambia el tono, cambia la propaganda, cambian las redes sociales, cambian los formatos, cambia la generación que habla, cambia la forma de presentarse. Pero no todo lo nuevo transforma. A veces solo cambia el arreglo de una canción vieja.

El puente debería ser la parte que rompe la repetición y lleva la canción a otro lugar. En democracia, ese papel deberían cumplirlo los partidos políticos. No deberían existir solo para competir en elecciones.

Deberían formar ciudadanía, preparar liderazgos, ordenar ideas, escuchar a la sociedad y convertir los problemas reales en propuestas serias. Pero cuando los partidos se reducen a maquinarias electorales, dejan de ser escuela democrática y se vuelven parte de la misma cantaleta.

Ese vacío también abre espacio a los outsiders, a los redentores de temporada y a los liderazgos mesiánicos que prometen venir de fuera para acabar con todo lo viejo. Algunos pueden traer aire fresco, pero otros solo cambian el tono.

Si no hay instituciones, equipos, método, propuestas y respeto por la democracia, el supuesto cambio termina tocando los mismos acordes: personalismo, emoción, confrontación y promesas sin base real.

Después llega el clímax: la plaza llena, el discurso fuerte, la encuesta, el voto, la expectativa. La emoción sube. La sociedad se divide, se entusiasma, se defiende o se resigna.

Pero cuando baja la música, queda la pregunta más importante: ¿qué cambió realmente en la vida de la población?
Ahí viene el cierre. Pasan las elecciones, llegan los reclamos, los acomodos, las justificaciones y el desencanto. Y poco a poco vuelve a sonar la misma música.

La política no cansa por existir. Cansa cuando se repite sin formar mejor ciudadanía, sin fortalecer partidos serios y sin convertir la emoción electoral en soluciones reales. La misma cantaleta se sostiene porque hay políticos que la repiten, partidos que no la corrigen y una sociedad que, entre cansancio, esperanza, resignación o conveniencia, termina escuchándola otra vez.

Una ciudadanía madura no está condenada a aplaudir siempre la misma canción. También puede exigir otra música pública: menos ruido, menos coro vacío y más resultados capaces de mejorar la vida diaria de la gente.

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