“Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”

Sor Juana Inés de la Cruz

Chasty Fernandez

Hay mujeres que atraviesan los siglos como una llama pequeña que nunca se apaga. Sor Juana Inés de la Cruz, escritora y filósofa novohispana es una de ellas. Su voz sigue viva entre libros, conventos, recetas y silencios; pero también en cada mujer que ha tenido que aprender a pensar desde los márgenes, desde los espacios donde la sociedad creyó que sólo existía obediencia.

En el siglo XVII, el conocimiento estaba casi totalmente cerrado para las mujeres. La educación, la filosofía y la ciencia eran territorios dominados por los hombres, y muchas vivían bajo la tutela del padre, el esposo o la autoridad religiosa. Sor Juana Inés de la Cruz ingresó al convento buscando un espacio para su enorme deseo de saber: leer, estudiar y comprender el mundo. Sin embargo, incluso allí enfrentó censura y persecución.

Cuando le prohibieron los libros, lejos de rendirse, transformó ese límite en posibilidad. La cocina —espacio de encierro para muchas mujeres— se volvió para ella un laboratorio de pensamiento, un lugar de observación y un refugio creativo donde la imaginación seguía viva.

Mientras el agua hervía, ella veía la danza secreta de los elementos. Mientras mezclaba especias y removía cazuelas, comprendía que la vida también se transforma lentamente, como un alimento sobre el fuego. Por eso escribió una frase que todavía resplandece por su rebeldía y belleza: “Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.

En esa sentencia hay una verdad profunda: cocinar también es pensar. Hay filosofía en las manos que amasan, ciencia en quien comprende los tiempos del fuego, poesía en quien alimenta a otros. Sor Juana descubrió que la cocina no era un espacio menor, sino un universo donde convivían la alquimia, la paciencia y el conocimiento.

La Décima Musa observó que los ingredientes se unen y separan como las ideas; que el fuego transforma lo crudo en alimento, así como las experiencias transforman el alma humana. Y quizá por eso entendió algo esencial: el saber no vive únicamente en las bibliotecas o en las universidades. También habita en lo cotidiano, en las manos de las mujeres, en las recetas heredadas, en los aromas que guardan memoria.

En el convento de San Jerónimo recopiló sabores y recetas donde convivían raíces indígenas, europeas y africanas. Cada platillo era una historia; cada preparación, una forma de resistencia cultural. Cocinar era conservar la memoria de un pueblo.

Hoy, siglos después, Sor Juana nos invita a mirar la cocina con otros ojos: no como obligación, sino como creación, encuentro y ternura. Cocinar es amor, pero también arte; es escuchar el hervor, leer los colores de los ingredientes y dejar que el pensamiento dialogue con el fuego.

En tiempos de prisa y pantallas, volver a la cocina es volver a nosotros mismos. Cocinar para otros sigue siendo una de las formas más humanas de cuidar la vida.

Porque entre ollas y especias también florece la inteligencia; el conocimiento huele a canela y maíz, y el fuego de la cocina ilumina el pensamiento con una luz más viva y humana.

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