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Retorno a la normalidad

Por: Luis Cosenza Jiménez

Varios países han iniciado el proceso para retornar gradualmente a la normalidad. 

Nadie sabe en estos momentos si esos esfuerzos serán exitosos o si fracasarán. Es posible que al tratar de volver a la normalidad se den las condiciones para el rebrote de la propagación del virus y que sea necesario imponer, nuevamente, una cuarentena.  El proceso para el retorno parece requerir más pruebas, tanto para identificar a quienes estén contagiados, como para determinar quienes han desarrollado anticuerpos, así como establecer la identidad de las personas con quienes los infectados tuvieron contacto y entonces proceder a aislarlas. Sea como sea, debemos preguntarnos si volveremos a la normalidad que antes conocimos, o si por el contrario, estaremos entrando a una “nueva normalidad”.  A mi juicio, el COVID-19 cambiará algunos aspectos de nuestra “vieja normalidad”. Permítanme explicar por qué.

Para comenzar, me parece evidente que la pandemia modificará nuestro comportamiento, incluyendo la forma como nos saludamos y despedimos.  Los besos, abrazos y apretones de mano pasarán a ser recuerdos de un pasado afectuoso y serán sustituidos por las demostraciones a distancia de respeto y afecto.  El caluroso comportamiento latino será sustituido por la más distante conducta oriental. ¿Será este un cambio permanente o efímero? Es difícil saberlo. No obstante, pasará algún tiempo antes de que volvamos a tratarnos con la intimidad y el afecto que antes mostrábamos.  De igual manera, por lo menos inicialmente, estaremos más pendientes de las aglomeraciones en los negocios y espacios públicos. Tanto clientes, como los dueños de los establecimientos, buscarán promover estrategias que reduzcan las muchedumbres y que permitan un prudente distanciamiento físico entre las personas.  Es posible, nuevamente que este cambio tenga corta duración; después de todo, tenemos una corta memoria cuando así nos conviene.

Por otro lado, el comercio electrónico, la educación a distancia y la entrega a domicilio se han fortalecido durante la pandemia, y es posible que todos estos mecanismos continúen en boga después de nuestro retorno a la normalidad.  Todo indica que un modelo de negocios basado en el uso del internet, la telefonía celular y la entrega a domicilio será más competitivo y eficiente. ¿Por qué ir a la agencia del banco, al supermercado o la farmacia, o a la universidad, si puedo hacer lo mismo más fácilmente desde mi casa y si además evito el contagio del COVID-19 o de otro virus que pueda aparecer en el futuro?  Veremos ahora si nuestros empresarios pueden aprovecharse de la oportunidad que se ha presentado para mejorar la eficiencia de sus negocios haciendo uso de las facilidades que brinda el internet.

Al final, me parece que el gran perdedor de la pandemia es la globalización. El fenómeno que Carlos Fuentes caracteriza “por la ruptura de los controles sociales de la economía y la disminución del poder político frente al poder cresohedónico” ha sido debilitado.  Lo que fue imposible para algunos gobiernos y para miles de manifestantes, lo logró el nanométrico virus. La crisis ha puesto en evidencia la debilidad de las cadenas de suministro que simbolizan y sustentan la globalización. Siguiendo las enseñanzas de Adam Smith, las cadenas de suministro o producción buscan beneficiarse de las ventajas comparativas con las que cuentan diferentes países.  En lugar, por ejemplo, de producir un auto totalmente en un solo país, como hacía Henry Ford, ahora se producen los diferentes componentes y partes en diferentes países. Luego esos componentes, motores, llantas, transmisión, baterías, etcétera, son enviados a un país para que allí se combinen y se produzca lo que conocemos como un automóvil. El problema, obviamente, radica en que si se interrumpe el suministro de un solo componente fracasa todo el proceso, y eso efectivamente sucedió, entre otras cosas, en la producción de algunos de los equipos necesarios para tratar a los pacientes que sufren de la infección del COVID-19. En vista de esto, es probable que los países industrializados revisen la aplicabilidad de ese concepto a sus actividades “estratégicas”.  Como resultado, estos países podrían optar por asegurar que las citadas cadenas para sus actividades “estratégicas” estén ubicadas en su territorio, lo cual disminuirá el comercio internacional y la generación de empleo en nuestros países.

Por otro lado, es evidente que la pandemia impulsará el avance de la automatización.  Después de todo, los equipos y las máquinas no se enferman y pueden continuar operando pese a las epidemias que puedan presentarse.  Una economía más automatizada será menos vulnerable a los ataques epidemiológicos, pero generará más desempleo, particularmente entre los trabajadores menos educados.  La automatización era un fenómeno en marcha antes de la pandemia, y seguramente ahora acelerará su ritmo.

Lo que también demuestra nuestra experiencia es que el calor humano, particularmente de aquellos que cuidan de nuestros cuerpos y mentes, no tiene sustituto. La automatización y el internet amplían y mejoran la actividad de quienes resguardan nuestra salud, pero no sustituyen a quienes prestan el servicio.  Estas son las carreras del futuro.

En resumen, estamos por volver a una “nueva normalidad”.  Algunos de los cambios serán positivos, otros no. Dios quiera que los positivos se vuelvan permanentes y que no los abandonemos tan pronto como olvidemos la pandemia.  En cuanto a los negativos, salvo que podamos eliminarlos, lo cual me parece poco probable, tendremos que aprender a vivir con ellos. Afortunadamente, a lo largo de la historia la humanidad ha dado muestras de ajustarse a la realidad. Pareciera que el “darwinismo global”, como lo llamó Óscar Arias, en efecto opera de manera similar a la selección natural que postuló Darwin.

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