Tegucigalpa (Proceso Digital) – En Honduras, la maternidad se vive entre el amor, la resistencia y la incertidumbre. Lo sabe Cruz Lagos, una mujer de la zona sur que, entre sollozos, imploró a la Policía detener y resguardar a su hijo de 21 años, atrapado en un ciclo de violencia y consumo de drogas. “Prefiero verlo preso y vivo que muerto en la calle”, expresó con la voz quebrada. Ella, madre y padre a la vez, ha criado sola a sus hijos, pero teme que Luis, el único que se desvió del camino que intentó inculcarles, termine siendo una víctima más de las calles hondureñas.
Casi al mismo tiempo, en el barrio Guanacaste de Tegucigalpa, otra madre vivía un destino distinto, pero igual de doloroso. Gloria Cristina Cortés, de 53 años, acudió el viernes a la celebración del Día de la Madre en la escuela José Trinidad Cabañas. La alegría se transformó en tragedia cuando murió súbitamente dentro del centro educativo. Las primeras hipótesis apuntan a la intensa ola de calor que afecta la capital, aunque aún se desconocen las causas precisas.
Mientras, otra hondureña enfrentaba su propio calvario. Jeimmy Galo, deportada recientemente desde los Estados Unidos, dio a luz por cesárea mientras permanecía retenida por autoridades migratorias. Cuatro días después de la intervención quirúrgica, fue separada de su recién nacida. Hoy, ya en Honduras y lejos de sus hijos de 15 y 6 años y de la recién nacida, intenta reconstruir su vida en medio de la precariedad económica y la distancia emocional que dejó su retorno forzado.





Mientras tanto, en los mercados y calles de Tegucigalpa y Comayagüela, cientos de mujeres trabajan sin descanso. Algunas venden flores y baratijas alusivas al Día de la Madre; otras ofrecen comida, frutas o productos de sus propias cosechas en las ferias del agricultor. Todas buscan sobrevivir al alto costo de la vida y a una canasta básica que sube más rápido que los ingresos.
En las maquilas y parques industriales, donde las mujeres representan cerca del 60 % de la fuerza laboral, las obreras aceleran sus jornadas para poder celebrar el domingo festivo. Son trabajadoras incansables que enfrentan bajos salarios y largas horas , pero que sostienen buena parte de la economía nacional.



En el interior del país, las campesinas y caficultoras viven una realidad distinta, aunque no menos desafiante. Las dedicadas al café cultivan más de 1.4 millones de quintales del aromático grano en unas 77 mil manzanas de tierra, gestionan sus parcelas y lideran sus comunidades, pese a que el machismo sigue siendo una barrera persistente en el sector agrícola.
Un país donde la maternidad se vive en desigualdad
La realidad de estas mujeres se enmarca en un país donde la pobreza continúa golpeando a la mayoría de los hogares. Según la Encuesta Permanente de Hogares de Propósitos Múltiples (EPHPM) 2025, el 60.1 % de la población vive en pobreza y el 38.3 % en pobreza extrema. En ese contexto, las madres —especialmente las jefas de hogar— cargan con la responsabilidad de sostener a sus familias con empleos informales, temporales o mal remunerados.



La brecha laboral también las afecta con fuerza: mientras el 73.9 % de los hombres participa en el mercado laboral, solo el 40.9 % de las mujeres logra insertarse en el, según datos citados por la agencia EFE. Muchas terminan en la informalidad, donde no hay seguridad social ni estabilidad.
A ello se suma el peso emocional de la migración. Honduras sigue siendo una de las economías más dependientes de las remesas en América Latina. Solo en el primer trimestre del año ingresaron 3,029.1 millones de dólares, y cerca del 39 % de esos envíos tiene como destinatarias principales a las madres. Detrás de esas cifras hay historias de separación, miedo a las deportaciones y hogares sostenidos a distancia.

El pilar silencioso del país
Pese a las adversidades, especialistas y organizaciones sociales coinciden en que las madres hondureñas siguen siendo uno de los pilares de resiliencia del país. Desde los mercados populares hasta las comunidades rurales, sostienen hogares en medio de un contexto económico complejo, marcado por la desigualdad, la migración y la falta de oportunidades.
En este Día de la Madre, sus historias recuerdan los desafíos pendientes: generar empleo digno, reducir la pobreza, garantizar acceso a servicios básicos y crear condiciones para que las familias puedan permanecer unidas sin que la migración sea la única salida. (PD)











