Real politik

Julio Raudales

Se cumple un año de gobierno republicano en la gran nación del norte. Pareciera que los hechos superan cualquier expectativa fastuosa o nefasta que el mejor analista político hubiese imaginado hace 52 semanas. La política es sin duda un arte ¿Y quién dice que el arte no puede también ser destructivo?

La semana que pasó fue Groenlandia, la anterior Venezuela y previo fueron Panamá, Irán, Canadá y así, el mundo entero bailó el 2025 al son de aranceles, migrantes devueltos, amenazas y vituperios causados por una, dos o tres potencias mundiales manejadas por líderes desjuiciados y borrachos de poder. ¿Estamos ante hechos históricos inéditos? Por supuesto que no. 

Para el caso, en el siglo V antes de Cristo, Atenas era la potencia hegemónica del Mediterráneo. Durante la guerra del Peloponeso se dio un hecho singular que, inevitablemente nos compele en estos días.  El ejercito ateniense le pidió a la pequeña isla de Melos que se rindiera y pagara tributo. Los melios, como es natural, intentaron disuadirlos; apelaron a la moralidad, a que era injusto atacarlos. Los atenienses respondieron a sus súplicas con un argumento que tres mil años después, constituye la base de lo que hoy conocemos como la “real politik” o el realismo en las relaciones internacionales:

“Los poderosos hacen lo que su fuerza les permite y los débiles sufren lo que deben” 

En otras palabras, en el mundo real, la justicia solo existe entre iguales. Cuando hay un desequilibrio de poder, apelar a la moralidad es ingenuo. Al final, lo melios rechazaron rendirse; pensaron que el honor bastaría y que, al ver la injusticia cometida, los espartanos y otros enemigos de Atenas vendrían a su rescate. Eso no pasó. Al final la pequeña isla fue invadida, sus hombres traspasados y sus mujeres y niños fueron esclavizados.

Este episodio es conocido en la historia como el “Dialogo de los melios” y nos recuerda algo que suele ser incómodo: nos gusta pensar que el mundo funciona con reglas, con justicia y que el derecho internacional finalmente termina imponiéndose. Sin embargo, aunque queramos vivir en una sociedad regida por lo que “debe ser”, vivimos en un mundo de lo que “es”. Claro que es importante y mandatorio apelar siempre a la justicia, a lo moral y lo que consideramos que es correcto, pero no debemos olvidar jamás la realidad del poder. 

La lección que nos dejan la historia antigua y la vivida en este siglo con sus vericuetos, puede sin duda extrapolarse a la vida cotidiana, a lo individual. La lógica de las relaciones de poder es exactamente la misma independientemente del ámbito al que la llevemos: el que tiene poder compra, presiona, captura decisiones que nos afectan a todos. Somos nosotros quienes pagamos las consecuencias de los abusos realizados por quienes ostentan, por delegación o fuerza, ese poder del que se adueñan.

¿Será entonces que debemos conformarnos con quedar a merced de los poderosos y su afán inveterado de romper las reglas, evadir la moral y adueñarse a su antojo de todo? 

La respuesta es no. Claro que hay una forma de detenerlos. Ese desbalance de poder que les permite hacer lo que quieren, existe porque cada uno de nosotros somos pequeñas islas, como Melos contra los atenienses. Pero si nos juntamos, es posible que ese poder ya no esté tan desbalanceado. Todas esas reglas y demás instituciones que nosotros queremos que se respeten, fueron hechas colectivamente, porque nosotros votamos por los políticos que las hacen.

En resumidas cuentas, las reglas se hicieron a través de nuestra voz y somos nosotros los llamados a hacer que se cumplan por nuestro bien. ¡Solo haciendo que nuestra voz se escuche de manera colectiva es que podremos echar al suelo la intención de quienes pretendan abusar del poder que les otorgamos!

Será necesario entonces avanzar en el desafío de hacernos escuchar frente a quienes nos deben obediencia. Desde nuestro nicho, cualquiera que sea, es imperativo organizarse y avanzar en pos del anhelo colectivo, más allá de quienes pretenden abusarnos.

¡El reto es inmenso, pero hay que afrontarlo con valor y decisión! 

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