Tegucigalpa (Proceso Digital / por Alejandro García) — Cada Semana Santa, cuando la ciudad despierta entre rezos, procesiones y el bullicio del centro histórico, llegan también las manos que sostienen una de las tradiciones más antiguas del cristianismo: los ramos y las cruces de palma u hoja de coyol. Son manos campesinas, curtidas por el sol y la milpa, que viajan desde los pueblos del sur de Francisco Morazán y desde las aldeas cercanas a la reserva ecológica La Tigra, para ganarse el pan y mantener viva su fe, heredada por generaciones.
– La historia de María Ávila y de los pueblos que viajan a Tegucigalpa para sostener una tradición que también es sustento.






Entre esas manos están las de María Ávila, una mujer de más de 70 años que desde hace más de cuatro décadas deja su aldea La Ceiba, en Sabanagrande, Francisco Morazán, para instalarse frente a la Catedral San Miguel Arcángel. Sabanagrande tiene unos 26 mil habitantes, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), más del 60% de la población vive en áreas rurales, distribuidas en aldeas como La Ceiba, El Tablón, El Naranjal y El Jícaro. Más del 55% de los hogares rurales del municipio viven en pobreza, según patrones de pobreza rural del INE y del PNUD para municipios del corredor central.
Allí, entre el ir y venir de feligreses, ofrece ramos, cruces que ella y su familia elaboran con paciencia y devoción. También trae ciruelas, esas frutas de temporada, infaltables y apetitosas.
Su historia es la de cientos de campesinos y artesanos de Sabanagrande, Reitoca, Alubarén y Curarén y aldeas y caseríos del Distrito Central como Las Matas, Limones, Los Jutes, La Cantadora entre otros pueblos donde la pobreza es una realidad diaria y donde la tierra es generosa, pero no siempre suficiente. Para muchos, la venta de ramos es un ingreso vital que complementa su actividad central la milpa, los frijoles, las legumbres y los oficios que sostienen la vida rural.
Un viaje de fe y necesidad






Para llegar el viernes, dos días antes de la entrada de Jesús a Jerusalén, en medio de la multitud loando con sus ramos, María se levanta a la 1:00 de la madrugada. A las 3:00 ya está en camino, cargando las palmas que transformó en ramos junto a sus cuñadas, sobrinos y nietos. Llega a Tegucigalpa casi al mediodía, cansada pero firme, porque sabe que estos tres días pueden significar comida, medicinas o útiles escolares para su familia. también dice sentir el toque espiritual de su fe, esa emoción de estar cerca del templo y quizá en la procesión dominical.
“Para mí la Semana Santa es sagrada. Nuestro Señor murió por nosotros”, dice mientras acomoda las cruces que vende a 10 lempiras (unos 38 centavos de dólar) y los ramos a 20 (alrededor de 75 centavos de dólar). Su fe no es discurso: es sustento, es identidad, es la fuerza que la hace volver cada año.
La tradición no nació en ella, pero la adoptó como propia cuando, hace décadas al llegar devota para participar en la ceremonia del día de ramos, vio a vendedores frente a la Catedral. “Yo no sabía que era vender ramos, pero me fijé en las personas que estaban haciéndolo y empecé a hacerlo dentro de la familia”, recuerda. Desde entonces, la tradición se volvió un oficio familiar que ya alcanza a los nietos.



Los pueblos que sostienen la tradición

Los artesanos que llegan a la capital no solo venden un producto: traen consigo la memoria de sus pueblos. Son comunidades con raíces indígenas y campesinas, donde la vida se organiza alrededor de la tierra, la iglesia y la familia. En muchos de estos municipios, la pobreza supera el promedio nacional, y las oportunidades laborales son escasas.
Por eso, cada palma trenzada es también un acto de entereza. Es la manera en que estas familias se insertan en la economía de la ciudad, aunque sea por unos días, y encuentran un espacio para ser vistos.
Frente a la Catedral, en la Iglesia Los Dolores y en la Inmaculada Concepción, en la Basílica de Suyapa o en el templo de la Medalla Milagrosa, los ramos se convierten en un puente entre el campo y la ciudad, entre la fe y la supervivencia.



Devoción y dignidad
María observa a los feligreses que entran a la Catedral. Algunos compran, otros pasan de largo. Ella no se queja, pero sí reflexiona: “Hay gente que no muestra devoción. Si seguimos con la venta de ramos, la fe en Dios será grande porque la gente busca de Dios”.
Su deseo es sencillo y profundo: que cuando ella ya no esté, su familia continúe la tradición. Que sus nietos sigan llegando a Tegucigalpa con las palmas trenzadas, no solo para vender, sino para mantener viva una costumbre que une a los pueblos con su fe.
Una tradición que también es esperanza
La historia de María Ávila es la de cientos de familias que caminan con fe y esperanza hacia la capital. Sus ramos no son solo símbolos religiosos: son el fruto de manos humildes que buscan dignidad en medio de la pobreza.



Sabanagrande registra un Índice de Desarrollo Humano cercano a 0.60, lo que lo ubica entre los municipios de desarrollo medio-bajo del país, de acuerdo con cifras oficiales del INE, los servicios de salud allí son limitados y más de la mitad de los hogares rurales del municipio viven en pobreza, una realidad que empuja a familias como la de María Ávila a buscar ingresos estacionales en la capital.
Cada Domingo de Ramos, cuando los fieles levantan sus palmas bendecidas, también se levantan las historias de quienes las hicieron. Historias como la de María, que desde su pequeño pueblo sostiene, con devoción y trabajo, una tradición que pertenece a todos. (PD/ag)









