
«No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas.»
— Mary Wollstonecraft —
En los últimos días, el debate sobre las leyes que protegen a las mujeres deja una pregunta: ¿por qué incomoda tanto proteger la vida de las mujeres y educar para prevenir la violencia? Garantizar su seguridad no significa restar derechos a los hombres; significa reconocer una realidad que aún cobra demasiadas vidas.
Hace más de dos siglos, Mary Wollstonecraft sostenía que la igualdad no consistía en que las mujeres tuvieran poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas. Más de dos siglos después, esa idea sigue siendo motivo de debate.
La discusión nunca ha sido sobre privilegios, sino sobre el derecho más básico: vivir. El debate suele perder de vista lo esencial.
La violencia rara vez comienza con un golpe. Se instala poco a poco mediante el control, la humillación, el aislamiento y las amenazas, hasta convertir el miedo en parte de la rutina. Salir es como escapar de un agujero: cuando la luz parece cercana, el miedo vuelve a hacerte caer. Llega un momento en que la mujer ya no lucha por salvar una relación, sino por salvar su vida.
Por eso preocupa que todavía se desacredite la voz de una mujer por estar divorciada o por su orientación sexual. Ninguna mujer debería justificar su estado civil, su orientación sexual o su historia para que su voz tenga valor. Muchas mujeres no llegaron al divorcio porque fracasaron; llegaron porque sobrevivieron. Rompieron el silencio cuando permanecer significaba seguir perdiéndose a sí mismas para salvar su vida.
La violencia cambia de escenario, pero persigue el mismo fin: limitar la libertad. Puede ocurrir dentro del hogar, pero también cuando una oportunidad laboral depende de aceptar insinuaciones, cuando un proyecto encuentra obstáculos por rechazar el acoso, cuando una mujer es silenciada por denunciar o cuando el miedo condiciona sus decisiones y su futuro.
Cuando una mujer decide salir de la violencia, no está destruyendo una familia; está intentando salvar una vida. El verdadero fracaso no es un divorcio. El verdadero fracaso es que una mujer tenga que elegir entre permanecer en la violencia o luchar por sobrevivir. Una sociedad que comprende esa diferencia comienza a construir respeto, dignidad y esperanza.
La respuesta no está en enfrentar a hombres y mujeres. La verdadera transformación comienza mucho antes de un juzgado: nace en el hogar, continúa en la escuela y se fortalece en la comunidad. Necesitamos educar desde la primera infancia en la crianza respetuosa, promover masculinidades basadas en el respeto y enseñar a niñas y niños que el amor nunca debe confundirse con el control ni la violencia.
Las leyes son necesarias, pero ninguna sociedad cambiará sólo con decretos. El verdadero desafío no es decidir quién tiene el poder, sino cómo prevenir la violencia y protegemos la vida. El cuidado debe convertirse en un valor compartido y la prevención en una prioridad.





