¿Política Fiscal coherente?

Julio Raudales

Hace falta una buena dosis de fe para asimilar como adecuado y eficaz el paquete de medidas que, a un mes vista, ha tomado la nueva administración. En otras palabras, “por el trueno se conoce la magnitud de la tormenta”

Lo primero que debería asegurarse es que exista clara armonía entra la políticas monetaria y fiscal. Sobre todo, hay que asegurar que el Banco Central no está haciendo de comparsa de la Secretaría de Finanzas como sucedió, de forma tan escandalosa, en la administración anterior. 

Hasta ahí, todavía no se advierte nada alarmante. El primer comunicado del directorio del BCH se limitó a tomar una serie de medidas que buscan hacer más flexible el mercado de divisas. Eso siempre es positivo: Cuando un ente público decide renunciar a su discrecionalidad hay que aplaudir. Ojalá y pronto, los diputados nos sorprendan gratamente introduciendo al Pleno una propuesta de ley que le dé total independencia al rector de la política monetaria para que no siga dependiendo de las veleidades del ejecutivo.

En cuanto a lo fiscal, parece que las cosas discurren como siempre: Si bien los voceros del gobierno anuncian con bombos y platillos que esta vez sí habrá recorte del gasto y que, por fin, las cosas serán distintas, lo que se observa es diametralmente opuesto:

La semana anterior, el Congreso Nacional aprobó a trompicones la llamada “Ley de reactivación económica y desarrollo humano”, un compendio de 11 artículos en los que simplemente se justifica y ordenan despidos masivos de empleados públicos y se intenta evitar la consabida respuesta jurisdiccional mediante conciliaciones y arbitrajes que han probado tener poco efecto en la práctica. El poder judicial es constitucionalmente independiente y no se le puede coartar a ningún ciudadano la garantía de petición ante un juez. 

La pregunta obligada al respecto es: ¿Estamos siendo realmente coherentes en la acción? El presidente dedicó su primer mes de trabajo a juramentar titulares en prácticamente todos los cargos que existían en el gobierno anterior. Salvo las Secretarías de Transparencia y Planificación, además de la fusión de los entes encargados de la infraestructura social y dos o tres cosas más, la anunciada restructuración parece ser solo una dulce quimera. 

Lo anterior es entendible por dos razones fundamentales: la primera es que esas reformas no pueden hacerse improvisadamente. Una reingeniería en el sector público amerita reflexión, conocimiento profundo del tinglado gubernamental y una adecuada estrategia. No es algo que se hace de la noche a la mañana y, todo parece indicar, que los encargados de dicha tarea no poseían ninguna de esas tres virtudes cuando se dieron a la tarea. 

La segunda razón por la que es previsible que no habrá un recorte efectivo más allá de lo que hemos tenido en cada comienzo de una nueva administración en periodos anteriores, es la sempiterna presión de los activistas del partido que naturalmente exigen el pago al arduo trabajo realizado en campaña. La pregunta obligada a estas alturas es: ¿Será capaz el simpático y condescendiente “Papi” de decirles a esos millares de militantes que muchas gracias por el esfuerzo, que Dios se los pague pero que no hay posibilidades de conseguirles un trabajo? Se ve difícil.

Hay un elemento adicional que juega con la coherencia política: la famosa ley de “reactivación y desarrollo humano” no tiene en su contenido, ni una sola referencia a las dos proposiciones que le dan nombre. ¿Cómo pretende una reducción en el gasto público reactivar la economía y mejorar el capital humano? 

Lo lógico, de acuerdo con la tradición clásica de la ciencia económica, es que si se reduce el gasto público, su contrapartida lógica sea la disminución en los impuestos. Esto sí que le generaría espacio al sector privado para que, mediante el uso de los recursos liberados se genere inversión y por tanto más y mejores empleos. L

Lamentablemente, nada de eso se ve en la ley aprobada y, por ende, es difícil prever que habrá cambios sustanciales en la forma de hacer políticas públicas que beneficien a esta desventurada sociedad.

¿Qué nos queda? Pues parece que solamente esperar tiempos mejores, que algún día llegue al poder alguien preparado y con el valor necesario para hacer los cambios requeridos. Seguiremos esperando, si es que no nos morimos.

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