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Conspiraciones



Victor mezaPor: Víctor Meza

Tegucigalpa. - Las hay de todo tipo, desde las verdaderas y peligrosas hasta las divertidas y chabacanas. En el mundillo escabroso de nuestra política criolla, todo el mundo conspira, o cree conspirar. Dos amigos se reúnen para charlar sobre política y acaban conspirando, ya sea en serio o en broma. Si los reunidos son tres, la conspiración alza vuelo y se remonta a las nubes. Parece que conspirar se ha convertido en un vicio nacional.

Conspirar, esa vieja costumbre de los animales políticos, puede resultar a veces arriesgada y muy peligrosa. En las dictaduras, aunque se hagan llamar democracias, los servicios de seguridad del Estado llegan a desarrollar y generar verdaderos estados de paranoia y angustia entre los aficionados a las conspiraciones. Les acechan, les acosan, les vigilan constantemente, los siguen a todas partes y, al final, acaban condenándolos a una suerte de paranoia latente que convierte el quehacer político en un mundo asfixiante en donde solo coexisten, en duelo permanente, los espías del Estado y los desprotegidos conspiradores.

Tengo unos cuantos amigos que son muy dados a conspirar. Cualquier conversación a solas la convierten en una especie de sesión secreta, en la que se intercambian rumores y se hacen afirmaciones que presagian hecatombes y descalabros colosales. En esta semana habrá sorpresas, dicen casi siempre, mientras su inocente interlocutor, entre azorado y expectante, cuenta las horas y los días, esperando la ansiada debacle.

Otros, más audaces y menos informales, convocan reuniones nocturnas en sus casas de habitación y convierten las tertulias habituales en sesiones de planificación conspirativa, diseñando escenarios, a cuál más alentador o catastrófico. Preparan planes para salir de la crisis o buscarle una solución negociada, la que permita al gobernante de turno la fuga airosa, el necesario caballo blanco que, cual Pegaso invencible, trota alado hacia el refugio seguro. Todos afirman contar con la información clave, los datos decisivos que provienen de las fuentes secretas que, de verdad o de mentira, dicen controlar y mantener. Ninguno vacila al momento de expresar la certeza esperada en el éxito de la trama. Al concluir la reunión, abandonan el sitio con la prudencia debida, uno por uno, y con la íntima satisfacción de haberle hecho un gran favor a la patria. Luego, en la calidez de sus alcobas, suelen dar rienda suelta a la palabrería cómplice que los hace sentirse doblemente heroicos y vitalmente vigorosos.

¡Ah, los conspiradores! Personajes agradables, las más de las veces, que suelen tener el encanto de los embaucadores, esa agitada cortesía de los vendedores de sueños, siempre con la respuesta a flor de labio, con el ánimo contagioso y el optimismo desbordante. Luego de escucharlos, te marchas a casa con la cautelosa convicción de que vienen buenas nuevas, sucesos inesperados que, paradójicamente, siempre estás esperando con ansiedad de adolescente.

Pasan los días y las cosas siguen como siempre, o empeoran y se vuelven más insoportables. Nada parece cambiar, aunque en el fondo, en la profundidad del alma colectiva, las aguas se agitan y el viejo topo de la historia sigue persistente en su permanente tarea de cavar y cavar, hasta socavar las bases de la podrida sociedad que le condena y aplasta.

Las conspiraciones van y vienen, algunas son reales y otras, la mayoría, oficio de charlatanes y farsantes. Pero mientras eso sucede, las fuerzas subterráneas se acomodan y reacomodan, como si fueran placas tectónicas que, en sus bruscos movimientos, pueden ser capaces de producir el anunciado terremoto del poeta Juan Ramón Molina, en aquella premonitoria estrofa de su “Adiós a Honduras”: “A los malvados que a su pueblo oprimen/ con el crimen, el crimen/ ha de poner a sus infamias coto,/ o volarán, odiados y vencidos,/ del solio, conmovidos,/ por un social y breve terremoto”. Qué así sea.

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