
Todo aquello en lo que creíamos puede perder, de pronto, su fuerza, cuando la realidad deja de sostenerlo con hechos, justicia y resultados.
La verdad deja de importar cuando la mentira gana seguidores. La justicia se debilita cuando el ciudadano siente que protege a unos y castiga a otros. El estudio pierde brillo cuando el joven preparado no encuentra trabajo. La honradez se golpea cuando el vivo avanza más rápido que el correcto. Allí empieza una forma silenciosa de derrumbe: cuando dejamos de decir “esto está mal” y comenzamos a decir “así es esto”.
A esa pérdida de sentido, confianza y valor se le llama nihilismo. La palabra viene del latín nihil, que significa “nada”. Aunque tuvo antecedentes en Friedrich Heinrich Jacobi, a finales del siglo XVIII, fue Friedrich Nietzsche, en la segunda mitad del siglo XIX, quien lo convirtió en diagnóstico de época: los antiguos valores perdían fuerza y todavía no nacían otros capaces de sustituirlos.
Usted trabaja, paga cuentas, cuida su casa y trata de salir adelante. Pero un día siente que el dinero no alcanza, que el esfuerzo no se reconoce y que quienes hacen trampa avanzan más rápido que quienes hacen las cosas bien. Entonces aparece una frase pequeña, pero peligrosa: “¿para qué?”. Ese es el nihilismo cotidiano: cansancio, burla y resignación. La persona no deja necesariamente de trabajar, pero empieza a vivir por obligación, no por sentido.
Y lo mismo puede pasarle a una sociedad. La sociedad hondureña conoce bien esa sensación. Se escucha en la fila del banco, en el taxi, en el mercado, en la conversación familiar, en el joven que piensa irse del país y en el ciudadano que ya no espera nada de nadie: “este país no cambia”, “todos son iguales”, “aquí solo el vivo vive”, “mejor no meterse”.
Durante años, los hondureños han escuchado promesas que daban sentido a la vida común: si estudia, saldrá adelante; si trabaja honradamente, progresará; si vota, podrá cambiar el país; si respeta la ley, habrá justicia. Pero cuando la realidad contradice esas promesas, algo se quiebra: el joven no encuentra empleo digno, el trabajador apenas sobrevive, el honrado ve prosperar al corrupto y la institución habla de justicia, pero responde tarde.
Entonces el nihilismo deja de ser una palabra filosófica y se vuelve conducta social: no denunciar, no participar, no confiar, no exigir, no creer, no esperar. Una sociedad no se debilita solo cuando sus instituciones fallan; también se debilita cuando sus ciudadanos dejan de creer que vale la pena corregirlas. Ese es el mayor peligro del “nada”: vivir como si nada importara.
Pero después de cada “¿para qué?” puede venir una respuesta repensada. Tal vez no podemos cambiar todo el país de un día para otro, pero sí podemos decidir qué tipo de persona seremos dentro de ese país. Tal vez no podemos corregir de inmediato todas las instituciones, pero sí podemos construir espacios donde la palabra valga, el trabajo se haga bien, la verdad se respete y la responsabilidad no sea una excepción.
El Estado tiene obligaciones. Los gobiernos deben responder. Las instituciones deben funcionar. Eso no está en discusión. Pero la vida de una persona, de una familia o de una comunidad no puede quedar suspendida esperando que todo venga de arriba. Si esperamos que el sentido nos lo entregue únicamente el poder, también le entregamos al poder nuestra esperanza y nuestra capacidad de actuar.
Allí aparece la responsabilidad individual. No como egoísmo, sino como el primer territorio donde todavía podemos ejercer gobierno: la casa, el oficio, la palabra, la manera de educar, el trato con los demás, la decisión de no mentir, de no abusar, de no rendirse, de no volverse igual a aquello que se critica.
La nada retrocede cuando alguien decide hacer bien lo que le toca: cuando un padre educa con ejemplo, cuando un joven sigue preparándose, cuando un trabajador cumple sin vender su conciencia, cuando un ciudadano exige sin dejarse comprar, cuando una persona dice la verdad, aunque la mentira parezca más conveniente.
Honduras no necesita optimismo ingenuo. Necesita una esperanza más seria: la que reconoce los problemas, pero no se arrodilla ante ellos. Después del “¿para qué?” no tiene que venir la resignación. Puede venir una respuesta nueva: no entregarle la vida al desencanto, no dejar que el país nos vuelva indiferentes, demostrar desde la conducta diaria que todavía hay algo que vale la pena defender.
Frente a la nada, siempre queda una primera respuesta: hacer bien lo que nos toca, exigir lo que corresponde y construir, desde donde estamos, una razón para no rendirnos.





