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Mar-a-Lago y el poder real

Javier Franco

Las reuniones que el presidente Donald Trump sostiene en Mar-a-Lago, su residencia en Palm Beach, Florida (Estados Unidos), no son actos sociales ni gestos de vanidad política. Son espacios donde se ejerce poder. Por eso, la noticia de que el presidente Nasry Asfura atendería una invitación para reunirse allí el 7 de febrero de 2026 debe leerse con seriedad: no solo como una visita, sino como una señal política con implicaciones reales. (Y si la cita todavía está en proceso de confirmación oficial, el análisis no pierde valor: precisamente muestra por qué, aun antes de ocurrir, la señal ya está generando expectativa.)

En el sistema estadounidense, el presidente conserva amplias facultades para orientar la política exterior y marcar prioridades comerciales. Pero el punto clave aquí no es solo jurídico: es simbólico. Mar-a-Lago funciona como un escenario donde se define cercanía, se ordenan prioridades y se envían mensajes sin necesidad de comunicados.

En Mar-a-Lago no se firman tratados en una sala privada, pero sí se construye algo que en política internacional vale mucho: acceso, confianza y trato preferente. Por eso, cuando un mandatario es invitado a ese lugar, el gesto comunica algo más que cortesía: comunica relevancia.

Esto no es una idea abstracta; en 2025 se vio con claridad. Mar-a-Lago recibió a líderes con afinidades políticas o intereses estratégicos visibles. El presidente argentino Javier Milei visitó el lugar entre finales de 2024 e inicios de 2025; la primera ministra italiana Giorgia Meloni estuvo allí en enero de 2025; y otros líderes europeos, como Viktor Orbán, sostuvieron encuentros en distintos momentos del año. Estos hechos muestran una lógica: Mar-a-Lago opera como un filtro selectivo de interlocución, donde el acceso es parte del mensaje.

Para Honduras, la lectura es urgente. Somos un país profundamente asimétrico frente a una economía industrial como la estadounidense. Una parte grande de nuestra población vive del campo y no depende de salarios formales, sino del ingreso diario que produce con maíz, leche, cerdo o huevo.

Cuando productos sensibles compiten sin tiempos de adaptación frente a industrias enormes, no se dañan únicamente números: se golpea el ingreso familiar y se presiona la estabilidad social. Por eso, si Honduras tiene una oportunidad de hablar “arriba”, debe usarla para explicar algo simple y verdadero: el comercio sin sensibilidad social puede traducirse en inestabilidad.

En ese contexto, una reunión en Mar-a-Lago, si se concreta, no debería tratarse como fotografía diplomática, sino como una ventana estratégica para defender con claridad y sin confrontación la estabilidad económica del país. Porque, aunque los tratados son marcos, la política internacional también se mueve por señales: tiempos, prioridades, márgenes de flexibilidad y decisiones que se toman con sentido político, no solo técnico. Un país pequeño necesita aprender a leer esos códigos y, sobre todo, a usarlos a su favor.

A esto se suma una responsabilidad interna que no puede ignorarse. Durante más de veinte años, mientras la política se consumía en disputas y crisis recurrentes, el país dejó pasar el tiempo que Estados Unidos otorgó para reducir asimetrías y fortalecer su capacidad productiva. No se avanzó con la rapidez necesaria en tecnificación ni en certificaciones clave, al punto de que hoy Honduras sigue enfrentando los mismos obstáculos discutidos en la negociación del CAFTA-DR, como la imposibilidad de certificar plenamente la exportación de pollo al mercado estadounidense. No es un detalle técnico: es el reflejo de una oportunidad histórica desaprovechada.

Esta visión no la digo desde la teoría. Tuve la oportunidad de ser el único periodista hondureño asignado por un medio de comunicación a las nueve rondas de negociación del CAFTA-DR, proceso desarrollado entre 2003 y 2004. Esa experiencia deja una lección directa: los acuerdos comerciales no se juegan únicamente en mesas técnicas; también se definen en espacios de poder donde se entiende, o se ignora, la realidad social de los países más frágiles.

En un mundo donde el poder se ejerce tanto por símbolos como por decisiones, Honduras no puede darse el lujo de ver estos gestos como anécdotas. Entender quién es invitado, a dónde y en qué momento no es un detalle diplomático: es leer el mapa real del poder y actuar antes de que el costo lo pague el país.

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