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Luis Sepulveda, el poeta que se hizo escritor por el fútbol

Madrid – El coronavirus, el mal que azota estos días y ya se cobra miles de muertos en todo el mundo, se llevó este jueves al poeta chileno Luis Sepúlveda, que a sus 70 años se encontraba ingresado desde hacía 48 días en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) de Oviedo, por una neumonía asociada al coronavirus, y quien, como él mismo reconoció en su momento, se hizo «escritor por el fútbol».

Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949), poeta de gran prestigio internacional, especialmente tras la aparición de su exitoso «Un viejo que leía poemas de amor» (1989) vivía desde 1997 en Gijón, a donde había llegado después de abandonar su país natal en 1977, tras ser represaliado por el régimen dictatorial de Augusto Pinochet y de ver conmutada una pena de 28 años de prisión por otra de ocho años de exilio, y pasar por otros países. Bien es verdad que apenas se le relaciona muy poco con el mundo del deporte y que en su amplia biografía apenas aparece mención notable al ‘mundo del balón’, el cual era una de sus pasiones de niñez que seguía con atención de adulto y que, unido al ‘primer amor’, le encaminaron a la literatura.

El propio poeta cuenta en una columna publicada al cultural de Clarín, datada el 16 de junio de 2014, como soñaba con ser futbolista. «A veces, motivado por amigos he hecho algunas confesiones referentes a cómo y por qué diablos decidí ser un escritor o, dicho de una manera más modesta, acercarme a la literatura. A veces envidio a los escritores y escritoras que confiesan haber vivido en compañía de vetustas y bien surtidas bibliotecas familiares, a las que con cierta coquetería culpan de “haber despertado la vocación”. No es mi caso. Crecí en un barrio proletario de Santiago de Chile y, aunque en mi casa había algunos libros, sobre todo literatura de aventuras, Jules Verne, Emilio Salgari, Jack London, Karl May, sería de una vanidad espantosa decir que se trataba de una biblioteca, y más todavía culpar a esos inocentes libros de lo que hago. No. Yo me hice escritor por el fútbol», relata.

Y no duda en reconocer que de niño su «gran sueño era destacar en el fútbol y llegar a ser un día profesional de ese gran deporte»: «Me veía con la camiseta del club de mis amores, el Magallanes, el decano del fútbol chileno y, si todo iba bien, algún día vestiría la roja camiseta de la selección chilena. No jugaba mal. Era delantero en el equipo infantil del “Unidos Venceremos F. C.”, uno de los cuatro clubes de mi barrio Vivaceta, ilustre rincón de Santiago salpicado de fábricas textiles, burdeles, quilombos, boliches en los que servían vino recio, dos estadios y orgullosamente proleta. Además, el barrio era cuna del “Chamaco” Valdés, que por entonces jugaba en el Colo Colo, acababa de ficharlo La Juve en Italia y, desde luego, era delantero de la selección. Pedigrí no faltaba en el barrio».

A lo largo de la columna, cuenta la particular importancia que le llevó a ‘colgar las botas’ y decantarse por una literatura que le llevó a ser uno de los autores latinoamericanos de mayor éxito y seguimiento, y estudiado en universidades de los cinco continentes. «Mi acercamiento a la literatura empezó un domingo de verano y mientras, con mis botines de fútbol al hombro, caminaba hacia el estadio Lo Sáenz, propiedad del sindicato Santiago Watt, que aglutinaba a los obreros de la compañía chilena de electricidad, “Chilectra”, campo en el que se disputaba la copa del barrio».

«En esos años, uno cuidaba muy bien sus botines, los embadurnaba con grasa de caballo y, según las características del campo de fútbol en que se jugaba, se cambiaban los estoperoles; blandos, de goma de viejos neumáticos cuando se jugaba en cancha de tierra, duros, generalmente de suela cuando el terreno estaba muy seco, y livianos, casi siempre de hueso, cuando teníamos el placer de jugar en un campo de césped», apunta.

Pero, tras hablar de su técnico ‘Mister Pipa’, de su posición de ’11 o de 10′ en un sistema 4-2-4, recuerda que esa mañana del domingo camino del estadio aconteció algo que, luego, le terminaría marcando: «… de pronto vi un camión de mudanzas frente a una casa. Una nueva familia llegaba a vivir en mi barrio, una pareja de adultos trasladaban muebles desde el camión a la vivienda, me ofrecí a echar una mano y, cuando cargaba una pequeña mesa, la vi. Era la chica más hermosa que había visto en mis trece años de vida. Fue verla y transformarme en una furia cargadora de sillas, mesas, colchones, atados de ropa, cajas».

» A decir verdad, la chica más hermosa que había visto en mis trece años de vida me invitó sin demasiado entusiasmo. Y yo marché al estadio repitiendo su nombre: Gloria. Me sentía en la gloria. Aquella mañana jugué mal. Muy mal. Incluso perdí varios pases que eran mi especialidad……. Ese partido terminó en derrota del ‘Unidos Venceremos F.C.’ Todos mis compañeros me insultaban, el Mister llamaba a la calma diciendo que la nobleza del fútbol está en saber encajar las derrotas. Y yo seguía en la gloria», cuenta.

Después de conseguir ser invitado al cumpleaños de su ‘amada’ Gloria, su gran duda fue el regalo que la haría. Y se decantó por uno de sus ‘tesoros’: «Es La Foto– exclamé enseñándole la fotografía de la selección chilena de fútbol con la firma de todos los cracks que en el campeonato mundial, jugado en Chile en 1962, es decir hacía muy pocos meses, habían logrado un tercer lugar que honraría para siempre al fútbol chileno. Horas, días, semanas, meses me había costado conseguir todas esas firmas, entre las que destacaban las de Michael Escutti, el portero, de Jorge Toro, el goleador máximo, de Leonel Sánchez, Tito Foulleaux, de Eladio Rojas que les metió a Lev Yashin un gol de media cancha y el portero ruso, La Araña Negra, lo aplaudió. En esa foto estaban todos los inmortales».

Le llegó la respuesta menos esperada, pero que le marcó de por vida: «–No me gusta el fútbol– respondió. Y en esa frase conocí el veneno de los amores imposibles, el cruel significado del ‘off side’. ….. Me gusta la poesía -dijo antes de desaparecer de mi vida», relata un Sepúlveda que luego dice que en esos días le cayó la oportunidad de leer el libro de su compatriota Pablo Neruda («Veinte poemas de amor y una canción desesperada»).. Al leer el poema veinte sentí que Neruda lo había escrito pensando en mí, y en mi gloria perdida».

«Dejé de jugar en el ‘Unidos Venceremos F. C.’, regalé los botines a un amigo, en la cajita de cartón original, con varios juegos de estoperoles y una lata de grasa de caballo….De potencial crack pasé a ser oyente del fútbol por la radio, seguidor de las emociones que trasmitían Sergio Silva y Darío Verdugo…. La vida es una suma de dudas y certezas. Tengo una gran duda y una gran certeza. La duda es si la literatura habrá ganado algo con mi militancia en la palabra escrita. Y la certeza es la de saber que, por culpa de la literatura, el fútbol chileno perdió a un gran delantero», concluye Sepúlveda.

Lo que nadie duda es que la literatura ganó uno de sus grandes poetas latinoamericanos, y el fútbol, que quizás perdió a quien pudo ser uno de sus ‘grandes’, nunca se lo echará en cara.

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