Lucía Alvarado: el oficio de sostener credibilidad

Javier Franco

Este 25 de mayo, Día del Periodista Hondureño, el reconocimiento a Lucía Alvarado Alonzo con el Premio Nacional de Periodismo “Álvaro Contreras” no debe verse únicamente como la celebración de una trayectoria individual. También puede leerse como una oportunidad para pensar en algo más profundo: qué significa sostener credibilidad en una época donde abundan voces, versiones, emociones, publicaciones inmediatas y mensajes interesados, pero escasea la confianza pública.

El Premio Álvaro Contreras representa una de las más altas distinciones del periodismo hondureño. Lleva el nombre de una figura asociada a la palabra pública, al pensamiento cívico y al ejercicio del periodismo como orientación nacional. Por eso, cuando este reconocimiento recae en una periodista de larga carrera, no solo se premia una hoja de vida; se reivindica una forma de entender el oficio.

Hace 33 años compartí fuente con Lucía Alvarado. Reporteábamos para medios distintos, pero coincidíamos en los mismos espacios institucionales. Durante más de cinco años pude observar en ella no solo a una periodista crítica, aguda y constante, sino también a una colega con vocación de enseñar. Lucía compartía criterios, orientaba a otros reporteros y mostraba, desde la práctica diaria, que el acceso a la fuente no dependía solamente de llegar primero, sino de construir respeto, confianza, presencia y credibilidad.

Ese recuerdo importa porque el periodismo no se aprende solo en la redacción ni en los manuales. Se aprende también caminando fuentes, esperando declaraciones, leyendo gestos, haciendo preguntas oportunas, confirmando datos, entendiendo silencios y regresando al día siguiente con la misma responsabilidad. La reportería no es una tarea menor dentro del periodismo; es una de sus raíces más nobles. Sin reportería, la opinión puede volverse liviana. Sin verificación, la denuncia puede confundirse con ataque. Sin contexto, la noticia puede convertirse en simple reacción.

El desafío actual no es sencillo. El periodista de hoy trabaja en un ecosistema donde la libertad de expresión convive con la saturación informativa, la desinformación, la presión digital y la ansiedad por publicar antes que comprender. La sociedad consume ruido, pero exige verdad. Reacciona rápido, pero reclama profundidad. Comparte versiones incompletas, pero demanda responsabilidad a los medios. Esa contradicción obliga a revalorar el oficio periodístico desde su fundamento: informar no es solo decir algo públicamente; es ayudar a que la sociedad pueda distinguir entre el hecho, el rumor, la emoción, la propaganda y la mentira bien presentada.

Por eso, la credibilidad se ha vuelto una forma de resistencia pública. No se construye con fama repentina, ni con visibilidad digital, ni con volumen de publicaciones. Se construye con años de presencia, con disciplina, con errores corregidos, con fuentes contrastadas, con independencia de criterio y con una relación responsable con la verdad. La credibilidad no se decreta; se gana.

El reconocimiento a Lucía Alvarado honra una carrera, pero también recuerda una enseñanza necesaria para el presente: el periodismo sigue necesitando calle, fuente, método, pregunta y memoria. Necesita libertad para investigar, pero también responsabilidad para no deformar. Necesita valentía para incomodar al poder, pero también humildad para verificar antes de afirmar.

En tiempos donde cualquiera puede publicar, el periodista conserva una misión irremplazable: sostener una diferencia ética frente a la confusión. No basta con tener voz; hay que merecer ser escuchado. No basta con informar rápido; hay que informar con sentido. No basta con opinar; hay que respetar los hechos.

Por eso me siento feliz por el Premio Álvaro Contreras otorgado a Lucía Alvarado. Porque reconoce a una periodista, pero también ilumina una verdad mayor: el periodismo no solo necesita libertad para hablar; necesita credibilidad para que la sociedad vuelva a creer en lo que escucha.

spot_img

Lo + Nuevo

spot_imgspot_img