
Tegucigalpa. – El presidente Nasry Asfura, ha asumido el control del país en medio de unas polémicas elecciones que obligan a su gobierno a generar victorias tempranas que despejen dudas sobre los fantasmas internos que le acechan, su interés por llevar a feliz término su administración, las presiones de su partido, el Nacional, y el papel de la oposición política, en este caso de Libertad y Refundacion que no le está dando tregua.
Asfura no ha terminado aún de estructurar su gabinete de gobierno cuando ya se le están pidiendo resultados. Hasta ahora se vislumbra un gabinete conformado por un grupo de técnicos—que no gustan a su partido—viejos y nuevos políticos nacionalistas, amigos del presidente y algunos puestos a miembros del partido Liberal como parte de las negociaciones con algunas de las cúpulas partidarias, pero no un acuerdo de integración con la institución llamada Partido Liberal, la segunda fuerza política que pudo aspirar a una mejor negociación con el nacionalismo.
Mientras el gobierno se termina de conformar y arranca en algunas dependencias, la administración de Asfura ha tomado acciones en materia de salud y educación, dos temas sensibles de interés humano y social. Ha anunciado en Seguridad que se acabó el estado de excepción y con ello la suspensión parcial de garantías constitucionales a que estuvo sometida—ilegalmente—la población en los últimos tres años. Hablan de estrategias focalizadas y efectivas frente a una ola de inseguridad que no ha abandonado el país, con sus altibajos.
Y empieza así el presidente Asfura a librar sus propios frentes internos. El primero se llama Juan Orlando Hernández, un expresidente condenado por narcotráfico e indultado por el presidente Trump. La sombra de Hernández, añorada por algunas cúpulas nacionalistas, se ha instalado en el imaginario colectivo—como se instaló en el gobierno de la expresidenta Castro hasta el final de su gestión—para hacer ver que puede imponer poder y agenda a Asfura. ¿Cómo logrará sacudirse ese espectro? Dependerá de su habilidad política y la estrategia de comunicación que desarrolle, identificando a tiempo, los caballos de Troya que le pueda infiltrar JOH.
El segundo frente tiene que ver con la capacidad que el presidente Asfura tenga para poner su sello en torno al equipo de técnicos que ha nombrado en su gabinete de gobierno, qué tanto escuchará sus razonamientos y tomará decisiones para Honduras y no para grupos políticos partidarios o particulares. Asfura tiene la oportunidad de hacer valer la meritocracia en un país donde los gobiernos parecen priorizar la mediocridad y el clientelismo. ¿Hasta dónde esa cara técnica y profesional que quiere dar a su gobierno podrá equilibrarse con el staff de las cuotas políticas que ha tenido que ceder para lograr gobernanza y gobernabilidad?
Un tercer frente se relaciona directamente con su partido, el Nacional, que presiona por colocar sus piezas, resiente que no acompañen al mandatario algunos viejos rostros de la política, no conocen la trayectoria de los nuevos, mientras empiezan a salir a la luz pública las nuevas figuras del nepotismo en el gobierno nacionalista. Estas presiones, abiertas unas, subterráneas, otras, serán parte de los equilibrios que deberá hacer el gobernante para no terminar distanciado de un partido que busca aplicar una especie de “amnesia selectiva” por la vergüenza y desaciertos cometidos en el reciente pasado.
El otro frente interno que le espera es el de la oposición política representada en el izquierdista partido Libertad y Refundación (Libre) que se resiste a una autorreflexión sobre las causas de su pérdida, más allá de los X de Donald Trump. Libre ha empezado a inundar las redes sociales con los primeros cuestionamientos al gobierno de Asfura, unos válidos, otros incoherentes, y algunos que rayan el cinismo.
Mientras se anuncia el resurgimiento del movimiento popular, que estaría despertando de su sopor de los últimos cuatro años, cuando optaron por ser “veedores pasivos” de la administración de la presidenta Castro, según expresó a medios de prensa un destacado líder popular de antaño.
Todos estos frentes a los que se enfrenta Asfura son solo reflejo de un país despedazado en sus instituciones, debilitado en su democracia, y bajo un riesgo político permanente. El tiempo dirá, de cara a los 100 días, cómo pinta el desarrollo de estas fuerzas, sin contar las otras: las externas, que merecen un capítulo aparte.






