
Tegucigalpa, Honduras. En vísperas del Día del Periodista Hondureño, quizá la mejor forma de honrar el oficio no sea felicitarlo, sino recordar para qué sirve.
Honduras se ha llenado de gente con dudas hacia el periodismo y los periodistas. Y las “verdades” a la IA tampoco han ayudado a recuperar su credibilidad.
La mentira entra muchas veces por la puerta principal, los medios de comunicación que han perdido el rigor periodístico, reemplazando la veracidad por un puñado de likes.
También avanza, la mentira, por los pasillos de WhatsApp. Y, a falta de una alfabetización mediática, penetra en el subconsciente. Para cuando llega la verificación, la ficción lleva varias horas y alcance de ventaja.
Nos encanta repetir que vivimos la era de la información. A veces sería más honesto admitir que vivimos la era del atrevimiento. Todo el mundo publica, pocos responden. Todo el mundo opina, casi nadie verifica. Y en medio de esa feria de certezas instantáneas, el periodista serio tiene una desventaja estructural, trabaja más lento que el rumor, porque trabaja con método.
Pero hacer periodismo con metodología tarda, y no es rentable; por otro lado, la falsedad y desinformación sí parecer serlo, al menos en el corto plazo.
Por eso el Día del Periodista Hondureño no debería reducirse a desayunos, premios y frases bonitas sobre la verdad. El oficio no necesita tanta ceremonia; necesita más rigor. Necesita menos vanidad digital y más disciplina profesional. Porque el periodismo no está para competir con los algoritmos en histeria, sino para poner contexto donde otros ponen ruido.
Durante el conversatorio “Confianza en crisis: el impacto de la desinformación en la era digital”, desarrollado hace unos días en el marco del CONICIETI III, de UNITEC, planteé que, lamentablemente, la mentira es más viral y que cambiar eso es tarea más del lado de las audiencias que del periodista, porque son los públicos los que deben aprender a consumir información verificada y denunciar (o ignorar) a los medios que desinforman adrede.
En el conversatorio insistí en que ya no se manipulan únicamente datos, sino las emociones, miedos, identidades, resentimientos y percepciones de confianza. Y lo peor es que mientras los desinformadores compulsivos ganan terreno, la verdad se queda anónima.
El Foro Económico Mundial ubica la desinformación y la información falsa entre los principales riesgos de corto plazo, porque erosionan la confianza, agravan las divisiones sociales y complican la gobernanza. La desinformación confunde y debilita la convivencia democrática.
En Honduras lo hemos visto con fuerza en el terreno político-electoral. En un estudio que realicé para el Congreso de Investigación y Postgrado de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, titulada “Elecciones y fake news: el fraude está en las redes”, analicé cómo la maquinaria de redes sociales, con todo y su desinformación deliberada, se puede convertir en un ecosistema capaz de orientar percepciones, activar emociones y condicionar la intención de voto.
La mentira moderna no siempre busca que usted crea algo falso de principio a fin. Basta con sembrarle duda, agotarlo hacerle pensar que da lo mismo. Que una evidencia vale lo mismo que un invento bien editado. Que un periodista vale lo mismo que un perfil oculto en el WiFi y el resentimiento. Esa es la verdadera victoria de la desinformación, destruir el terreno donde todavía podría reconocerse la verdad.
Ahora el problema es todavía más sofisticado. Tenemos inteligencia artificial, videos cada vez más convincentes y una cultura de sospecha que sirve para todo. Cuando conviene, se usa para desmontar una mentira. Cuando no conviene, se invoca para desacreditar una verdad.
El Edelman Trust Barometer 2025 confirma un aumento de la desconfianza hacia líderes y periodistas, con un temor récord a que engañen a la población. Reuters muestra que más de la mitad de la audiencia mundial vive preocupada por distinguir lo verdadero de lo falso en Internet.
Diez primicias que el periodismo hondureño no se debe perder
1. Que la verdad no solo exista, sino que se entienda. El aporte del periodismo no es posar de profeta ni de influencer con credencial. Es algo menos glamoroso y mucho más valioso, verificar, cotejar, jerarquizar, corregir, documentar y explicar (como a un niño de tercer grado). Hacer que la verdad no solo exista, sino que se entienda. Hacerla comprensible, verificable y útil. Esa es la diferencia entre un periodista y un simple distribuidor de contenido; el primero responde por el método, el segundo solo por el alcance.
2. Pasar de la inteligencia artificial a la inteligencia narrativa. La audiencia no solo exige información verificada, sino información bien contada. Comunicar y conectar. De nada sirve un buen y bien fundamentado reportaje de investigación si no es leído por nadie. Es imperativo emplear el storytelling como gancho para viralizar el buen periodismo, el verdadero periodismo.
3. No basta comunicar mejor, hay que demostrar mejor. La palabrería ya no alcanza. Se exige evidencia, coherencia, trazabilidad, conducta verificable y data storytelling.
4. Recuperar la trazabilidad. Los lectores deben saber de dónde viene la información, qué fuente la respalda, qué dato está verificado y qué parte corresponde al análisis o a la opinión. Sin trazabilidad, la información se vuelve opaca.
5. Dejar de competir únicamente por velocidad. La inmediatez es importante, pero la primicia pierde valor cuando sacrifica la precisión.
6. Transparentar los errores. Corregir no debilita a un medio, lo fortalece cuando se hace con responsabilidad. La audiencia no espera medios infalibles, pero sí serios, capaces de verificar antes de publicar y de rectificar cuando corresponde.
7. Alfabetización mediática. Ahora bien, no basta con que los medios hagan fact-checking o mejoren sus filtros internos. Si del otro lado el usuario digital no está alfabetizado mediáticamente, el impacto será limitado. Ese desafío requiere una participación articulada entre academia, medios, plataformas, reguladores y sociedad. Una sociedad con mayor alfabetización mediática es menos manipulable, más exigente con los medios, más crítica con los liderazgos y más responsable al compartir información. La academia debe formar criterio, no solo enseñar herramientas.Debe enseñar lectura crítica, verificación, análisis de fuentes,ética informativa,comprensión de algoritmos,pensamiento estadístico básico y responsabilidad al compartir contenidos.
8. No amplificar la desinformación. Compartir contenido sin verificar es una forma de irresponsabilidad pública.
9. Profesionalizar la relación entre periodismo, creadores de contenido, academia y plataformas digitales. Hoy muchos jóvenes no llegan a la información a través de medios tradicionales, sino mediante voces intermedias, como influencers, cuentas temáticas, pódcast, videos cortos o comunidades digitales. Ignorar esa realidad no sería estratégico.
10. Rentabilizar la verdad. La confianza no se recupera únicamente desmintiendo información falsa. El fact-checking es necesario, pero no suficiente. La confianza se reconstruye cuando creamos condiciones para que la verdad sea más comprensible, más verificable y más útil que la mentira. Ese es quizá uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo, hacer que la verdad vuelva a competir con ventaja en un ecosistema donde muchas veces se viraliza y rentabiliza más rápido la mentira. Pero si hacemos un buen periodismo, el ROI será casi inmediato.
Por un periodismo feliz
En este mes del periodista hondureño, ojalá entre tanto saludo de ocasión, no olvidemos que la credibilidad no viene incluida en el micrófono, ni en la pauta, ni en los seguidores. Se construye todos los días, con trazabilidad, criterio y coraje. Muchos no han entendido eso ni con las lecciones que dejó el golpe de Estado a la prensa hondureña. El periodismo sigue siendo una de las pocas profesiones obligadas a demostrar, no solo a decir. Y quizá ahí, justamente ahí, todavía conserve su dignidad.








