La suerte está echada

Por Dagoberto Rodriguez

Refiere la historia que cuando Julio César regresaba de sus campañas en la Galia, nombre que el Imperio romano daba a territorios de la actual Francia, Suiza y Bélgica, el Senado, influenciado por su rival Pompeyo, le ordenó disolver su ejército antes de entrar a Roma. Obedecer implicaba perder poder político e incluso arriesgar su vida; desobedecer, en cambio, constituía un acto de sedición o rebelión.
En la República romana existía una norma clara, ningún general podía cruzar hacia Italia con sus legiones armadas. El límite simbólico era el río Rubicón. César decidió atravesarlo con sus tropas, en un acto que equivalía a declararle la guerra al Senado y al orden republicano. Según la tradición, en ese momento pronunció la célebre frase en latín: «Alea iacta est», es decir “la suerte está echada».
Con ello, dejaba claro que había tomado una decisión sin retorno, en la que el desenlace quedaba sujeto al curso de los acontecimientos.
Traigo a colación este episodio de la historia, y especialmente la frase de Julio César, para referirme a un hecho que parece inminente e irreversible en el Congreso Nacional de Honduras y que podría marcar un antes y un después en la vida institucional y política del país.
Me refiero al juicio político, cuyo principal sustento legal se encuentra en el artículo 205, numeral 20, de la Constitución de la República, que faculta al Poder Legislativo para aprobar o improbar la conducta administrativa de los altos funcionarios del Estado, entre ellos, los consejeros del Consejo Nacional Electoral (CNE), el fiscal general, los magistrados del Tribunal de Justicia Electoral y de la Corte Suprema de Justicia.
Esta figura legal fue incorporada al entramado jurídico tras la crisis política derivada del Golpe de Estado en Honduras de 2009, con el propósito de prevenir abusos y rupturas del orden constitucional como las ocurridas en ese momento cuando el expresidente Manuel Zelaya Rosales pretendió perpetuarse en el poder mediante una consulta popular denominada la Cuarta Urna.
Sin embargo, en los últimos meses la implementación del juicio político ha recobrado vigencia en medio de cuestionamientos sobre el proceso electoral de 2025 y el papel de diversos actores institucionales, entre los que se señala al consejero del CNE, Marlon Ochoa; el fiscal general Johel Zelaya; la presidenta de la Corte Suprema de Justicia, Rebeca Ráquel Obando y el magistrado del TJE, Mario Morazán, cuyas actuaciones políticas al margen de la Constitución e instrumentalizadas desde Casa Presidencial por el expresidente Manuel Zelaya Rosales, estuvieron a punto de causar un nuevo rompimiento del orden constitucional con funestas consecuencias para el país.
La crisis política e institucional que atravesó el país, antes y después de las elecciones primarias y generales, evidenció debilidades y tensiones profundas en el sistema democrático. Hoy, su magnitud y su gravedad plantea la necesidad de deducir responsabilidades políticas, más allá de silencios, negociaciones o cálculos partidarios.
Frente a las graves violaciones a la Constitución, diversos sectores de la sociedad hondureña han planteado la urgente activación del juicio político para esclarecer actuaciones y deducir responsabilidades, en un contexto donde persiste la desconfianza hacia las instituciones y sus decisiones.
En ese sentido, el juicio político debe entenderse como un instrumento de control constitucional que obliga a los diputados a actuar conforme a la ley y no únicamente bajo intereses partidarios. Su correcta aplicación sin sesgos partidarios podría sentar precedentes importantes para evitar que futuros funcionarios públicos incurran en abusos de poder o actúen al margen de la Constitución como ocurrió en 2025.
En consecuencia, el juicio político no debe verse como un acto de revancha política, sino de una herramienta legítima del Estado de derecho hondureño para garantizar la rendición de cuentas y la estabilidad institucional en el futuro de la República.
El momento actual exige decisiones firmes de los diputados y de las cúpulas políticas. La ciudadanía observa y espera que sus representantes actúen con responsabilidad, conscientes de que sus acciones tendrán consecuencias directas en la continuidad y credibilidad democrática del país.
También tienen que tener claro que cualquier decisión que vaya en contra de los intereses de la población y sus legítimas demandas tendrá una firme y vigorosa respuesta al momento de ejercer el sufragio en las próximas elecciones que se celebraran en cuatro años.
Como en el episodio de César, hay momentos en la historia en los que no es posible retroceder. Cruzar el Rubicón implica asumir riesgos, pero también responsabilidades.
En Honduras, ese umbral parece estar frente al Congreso Nacional y lo que ocurra a partir de ahora no solo definirá el destino de ciertos funcionarios, sino también la fortaleza o fragilidad de la democracia misma y la continuidad de las instituciones políticas a las cuales el pueblo hondureño les confió conducir los destinos del país.
Hoy la suerte está echada no solo para los actores que conspiraron contra nuestra democracia en el 2025, sino también para todos aquellos que en este momento tienen la histórica responsabilidad de hacer cumplir la Constitución y el mandato de un pueblo que exige poner fin a la impunidad que siempre ha arropado a los que han ejercido el poder.

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