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La opinión pública y las redes sociales

Jp Carías Chaverri

Cuando temas sensibles para la vida nacional, como la inseguridad ciudadana, las relaciones entre Estados Unidos y Honduras, la elección de la nueva Corte Suprema, el caos vial en Tegucigalpa, o las medidas a tomar frente a la recesión económica del primer mundo, muchos se preguntan que dice la opinión pública sobre esos temas.

Para ello, hay quienes incluyen a las redes sociales como parte de esta opinión pública, que de por sí, como nos lo muestran diversos teóricos, es un constructo artificioso que no necesariamente corresponde a la opinión de la nacionalidad sobre determinado tema.

Ciertas teorías como la Agenda Setting, indican que se trata de la opinión reflejada en los medios masivos, pero evidentemente no todo el mundo tiene acceso a ser fuente de información y muchas veces los contenidos en los medios están gestionados por determinados grupos de interés. Por tanto, esa opinión de todos sobre algo específico quizás es solo posible con un referéndum o un plebiscito que sea además desarrollado por una institución confiable.

En su concepto inicial, muchos pudiesen pensar que las redes sociales pueden ser la verdadera expresión del pueblo, sin intermediarios maliciosos que tergiversen su derecho fundamental de expresión pública.

Sin embargo, en realidad las redes complican aún más la cosa. Porque como nos lo recuerda nuestro amigo Gustavo Araya, profesor y analista político en Costa Rica, los trolls y las cuentas falsas usadas con intereses determinados causan la mayoría del tráfico sobre todo en Facebook e Instagram, y en proporción del total, ellos son la minoría de las cuentas. Es decir, un pequeño grupo anónimo determina buena parte de los mensajes que circulan, con el añadido que muchos incautos (todos hemos caído alguna vez y en realidad es imposible saber cuántas veces) los reenvían.

Debido a este descredito de las redes, en especial visible durante la pandemia, hay algunos indicios que permiten ver que muchos usuarios están buscando otras fuentes de información, inclusive regresando a medios tradicionales, o a sus versiones en Internet.

Las suscripciones a periódicos digitales a nivel mundial crecieron 3.3% en marzo 2020, lo cual para esta industria es un importante incremento, siendo más significativo el aumento en los medios grandes de más de 25,000 suscriptores que crecieron en 5.8% (Gingerich J.). A su vez una encuesta del WEF en Estados Unidos y UK refleja un crecimiento en la televisión abierta (https://www.weforum.org/…/covid19-media-consumption…/), esa que en muchos países ya está muerta.

No hay que olvidad además el contexto en las condiciones de producción de los mensajes en las redes más poderosas. Es decir, es interesante apreciar como Facebook se las arregló para adquirir a WhatsApp e Instagram (ahora llamados Meta) sin que ninguna autoridad antimonopolio dijera nada.

El boom tecnológico coincide con una reducción del poder de las autoridades antitrust que a finales del siglo anterior detuvieron monumentales fusiones, en diversas industrias, tratando de preservar la competencia.

La euforia inicial por la liberación de la información que trajo en sus primeros años el Internet se ha venido diluyendo, a la par del proceso de concentración de la riqueza, que en forma paulatina crece desde hace décadas en el planeta, visible ahora en esta plataforma.

Las compañías líderes en el mundo digital son cómplices en la enorme inequidad que prevalece actualmente en el mundo. Stiglitz (2019) nos muestra como se ha venido atentando desde hace décadas contra la competencia, vital para crear conocimiento, ingreso y oportunidades para todo el mundo, incentivando con ello esta concentración.

En consecuencia, hablamos de un contexto monopólico en el que además es notorio que a los propietarios de las redes no les importa si lo que circula en sus plataformas es verdad o mentira. Ellos solo quieren la atención del público, que les significa dinero, y pocas veces actúan en forma eficiente para controlar informaciones falsas.

En conclusión, redes sociales no es igual a opinión pública. Cada vez más son más parecidas a un inmenso mall en el que se escuchan chismes, harto difícil de verificar su veracidad. La que podemos llamar opinión mediatizada por la industria periodística (que igual la puede encontrar en este inmenso mall si así usted lo elige), aún con sus enormes falencias, puede ser más cercana a los intereses de las mayorías, siempre y cuando se fortalezca el paradigma democrático-participativo dentro de los medios y la acción ciudadana se mantenga vigilante.

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