La fatal indolencia

Julio Raudales

No cabe duda: el mundo vive uno de sus momentos más aciagos. Transcurren ya cinco semanas de guerra sin sentido. Día a día mueren jóvenes inocentes, ajenos a la miseria humana de Trump y los Ayatolas que, como siempre en estos casos, solo buscan perpetuar su poder y negocios sin importarles el sufrimiento por el que hacen pasar a todos, especialmente a los más pobres.

La economía mundial afronta hoy una severa crisis, similar o peor a las ya vividas en lo que va del siglo. La tasa de interés mundial se desborda con el incremento al precio del petróleo; las ganancias de las inversiones caen de forma estrepitosa y los mercados se desploman. ¿Qué implica esto? La actividad productiva decae y muy pronto muchas familias verán sus ingresos reducidos debido al desempleo. La incertidumbre lacera el ánimo de jóvenes y ancianos. La esperanza languidece y ese es el peor agravio.

En Honduras las cosas no están mejor que en el resto del mundo. Es casi natural; una economía tan pequeña y abierta es más vulnerable a los choques externos como el que vivimos y, con un nivel de pobreza tan elevado, instituciones tan debilitadas y un gobierno poco racional frente a la gravedad de la situación, el pronóstico es doloroso.

Pero, sobre todo, hay que reconocer que, como sociedad, tenemos una cultura proclive al despilfarro y poco sensible al ahorro y la prevención.

El feriado de semana santa que recién concluye es prueba de lo dicho. Desde que comenzaron las hostilidades en oriente medio se podía vislumbrar una escasez que solo profundizaría la ya lacrada situación que al país arrastra de manera sempiterna. Sin embargo, la gente salió a vacacionar como si nada grave estuviera sucediendo. El gasto en combustible, alimentos, bebidas alcohólicas, hoteles, discotecas y centros de diversión y otros bienes de consumo se ha multiplicado. 

Algunos dirán que esto genera “derrama” económica, pero no tienen idea del problema: Mayor gasto presente en un contexto de escasez solo producirá más deuda a una tasa de interés elevada, esto sin duda, pasará la cuenta a la economía en el corto plazo. Ser optimista es un albur.

En solo unos días tendremos el informe del Banco Central sobre la inflación de marzo y el pronóstico no es agradable. El incremento de más del 30% en el precio de los combustibles empuja una escalada en el costo de vida que podría ser histórica si las hostilidades en el medio oriente no menguan.

Los expertos en el tema aseguran que, aun si la guerra concluyera hoy, las expectativas de una recuperación pronta son mínimas y la recesión mundial es inevitable, al menos en lo que resta del año. 

¿Y qué se puede hacer al respecto? Los llamados a la austeridad son objeto de mofa en las redes sociales, la gente quiere consumir más y barato. La opinión pública hace caso omiso de los llamados a la racionalidad. Quieren que una fuerza sobrenatural, mesiánica les conceda el milagro que les permita continuar como si nada pasara. Los milagros existen, piensan, y no es ilógico creer que, de la nada, lloverá maná del cielo y podremos salir del problema sin sacrificar nada.

Por suerte, en otras partes del mundo menos proclives al misticismo, la gente suele auto regularse. Las familias ahorran en tiempos de bonanza porque saben que el mundo no es ajeno a las catástrofes naturales y los desafueros de los políticos. En China, La India, Vietnam, Singapur, Corea, Alemania y otros países, la gente comprende de manera intuitiva el problema y sabe actuar en consecuencia. Para ellos el devenir será mucho menos dañino.

Pero aquí las cosas discurren como siempre, pensando que, de todos modos, alguien fuera de nosotros mismos nos debe resolver.

Y créanme, ese alguien no es el gobierno. Desde hace dos meses que tomaron posesión, las nuevas autoridades han estado anunciando un recorte en el gasto y un estilo administrativo proclive al ahorro y la generación de espacios para producción privada. Sin embargo, el anuncio de la semana pasada sobre la pronta aprobación del presupuesto público, solo nos muestra que las cosas quedaron en intención. Habrá más gasto y no podemos esperar que sea en inversión.

Queda claro entonces, que se trata de un problema cultural. Los hondureños no tenemos propensión al ahorro. Sin visión de futuro es imposible pensar en bienestar. Sin duda seguiremos esta deriva de miseria y desazón hasta que entendamos la importancia de actuar conforme a los dictados de las leyes de la economía

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