Tegucigalpa (Por Aaron Dubón) – La creciente demanda de atención psicológica y psiquiátrica en Honduras pone a prueba la capacidad de un sistema que durante décadas ha concentrado la mayor parte de sus esfuerzos en la atención hospitalaria especializada.
Año con año, aumentan los casos de ansiedad, depresión, trastornos asociados al consumo de sustancias y otras afectaciones emocionales, por lo que especialistas advierten que el país se adentra a un periodo de crisis.
La discusión, entonces, se centra en cómo fortalecer la atención temprana y la educación en salud mental para evitar que miles de personas lleguen a situaciones extremas.
La violencia, la pobreza, la incertidumbre económica, el desempleo, la migración y la desintegración familiar forman parte de una realidad que, según expertos, incrementa la vulnerabilidad psicológica de amplios sectores de la sociedad.

Pocos especialistas para una demanda creciente
De acuerdo con estimaciones del sector, en Honduras ejercen entre 58 y 70 psiquiatras para atender a toda la población nacional en el sistema público, una cifra que especialistas consideran ampliamente insuficiente.
Aunque en el país existen aproximadamente 5 mil 300 profesionales de la psicología registrados a nivel público y privado, la cantidad sigue sin dar abasto para responder a las necesidades de una población que supera los nueve millones de habitantes.
Solo el Hospital Psiquiátrico Mario Mendoza recibe diariamente entre 12 y 15 pacientes nuevos que buscan atención por trastornos relacionados con la salud mental.
La directora del centro asistencial, Monserrat Arita, atribuye este incremento a las condiciones que enfrentan miles de hondureños en su vida cotidiana.
“Las presiones de la vida actual son muchas y los trastornos mentales continúan incrementándose”, señaló.
Según Arita, la situación ha generado listas de espera cada vez más largas y mayores dificultades para que los pacientes reciban atención oportuna.
La doctora advirtió además que parte de este recurso humano especializado se encuentra desempeñando labores administrativas, lo que reduce aún más la capacidad de atención clínica.
“Necesitamos optimizar el recurso humano disponible para que más especialistas puedan estar atendiendo pacientes y no realizando otras funciones”, afirmó.

Tres hospitales para atender una problemática nacional
La atención psiquiátrica especializada en Honduras se concentra principalmente en el Hospital Psiquiátrico Mario Mendoza y el Hospital Santa Rosita de Tegucigalpa, junto al Juan de Dios en San Pedro Sula.
Sin embargo, especialistas consideran que la creciente demanda ha dejado en evidencia las limitaciones de un modelo que depende excesivamente de la atención hospitalaria.
La directora del área de Salud de la Asociación para una Sociedad Más Justa (ASJ), Blanca Munguía, señala que los problemas relacionados con la salud mental han aumentado significativamente en los últimos años.
“Tenemos cada vez más personas afectadas por problemas de salud mental, pero seguimos teniendo una capacidad limitada para responder. Eso significa que muchas personas no reciben atención cuando la necesitan”, advirtió.
Según la especialista, los trastornos asociados al estrés, la ansiedad y la depresión se han vuelto más frecuentes en un entorno social caracterizado por múltiples factores de presión.
No obstante, el crecimiento de la demanda no ha sido acompañado por una expansión proporcional de recursos humanos, infraestructura y servicios especializados.
La consecuencia es que muchas personas llegan a consulta cuando sus condiciones ya se encuentran avanzadas o cuando enfrentan una crisis que requiere intervención especializada.
“Estamos viendo más casos, más sufrimiento emocional y más personas buscando ayuda, pero el sistema no ha crecido al mismo ritmo de esa necesidad”, sostuvo Munguía.

Un sistema que atiende la crisis cuando ya ocurrió
Para el epidemiólogo e investigador de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), Manuel Sierra, el principal problema no es únicamente la escasez de recursos, sino la forma en que estos se distribuyen.
De acuerdo con el especialista, cerca del 95 % de los recursos destinados a salud mental se concentran en los hospitales psiquiátricos Mario Mendoza y Santa Rosita.
A su juicio, esta distribución refleja una visión centrada en atender las consecuencias de los trastornos mentales y no en prevenirlos.
“La salud mental no está ahí, no está en los hospitales”, afirmó.
Sierra considera que los hospitales especializados son indispensables para atender los casos más complejos, pero advierte que ningún sistema puede responder adecuadamente a una crisis creciente si la mayor parte de la inversión se dirige únicamente a la atención hospitalaria.
“El problema debe abordarse mucho antes de que una persona necesite ser hospitalizada”, expresó.
Los especialistas coinciden en que una parte importante de los trastornos mentales podría detectarse y tratarse oportunamente si existiera una red más amplia de atención psicológica y psiquiátrica en escuelas, comunidades y centros de salud.
Muchos centros educativos carecen de psicólogos permanentes y una gran cantidad de establecimientos de salud no cuentan con profesionales especializados para brindar atención psicológica básica.
Esta situación provoca que numerosos problemas emocionales pasen desapercibidos durante meses o años.
“La prevención es mucho menos costosa que atender una crisis cuando ya está instalada”, enfatizó la doctora Munguía.

Una sociedad expuesta a múltiples factores de riesgo
La preocupación se suma a las condiciones sociales que influyen en la salud mental de la población.
Según Manuel Sierra, fenómenos como la violencia, la inseguridad, el desempleo y la incertidumbre económica generan un ambiente permanente de estrés que termina afectando el bienestar emocional de miles de personas.
“Vivimos en una sociedad sometida a múltiples formas de violencia y frustración. Eso tiene consecuencias directas sobre la salud mental de la población”, explicó.
El investigador también advierte sobre el impacto de problemáticas como la violencia contra la niñez, los abusos sexuales, la violencia de género y el consumo de sustancias entre adolescentes.
A su juicio, estos factores incrementan la vulnerabilidad emocional desde edades tempranas y evidencian la necesidad de desarrollar respuestas integrales que involucren a diferentes instituciones del Estado.
“La salud mental requiere una respuesta intersectorial. No es un problema que pueda resolver únicamente la Secretaría de Salud”, afirmó.

El estigma también enferma
A las limitaciones institucionales se suma una barrera que continúa dificultando el acceso oportuno a la atención: el estigma.
El doctor Juan Carlos Munguía, experto en psiquiatría, señaló que todavía persisten prejuicios que llevan a muchas personas a retrasar la búsqueda de ayuda profesional.
“Todavía hay quienes creen que acudir a un psicólogo o un psiquiatra es para personas locas. Ese tipo de pensamiento sigue haciendo mucho daño porque retrasa la atención”, señaló Munguía.
Por su parte, para el psicólogo clínico Ernesto Pineda, al pueblo hondureño le hace mucha falta tener una cultura de educación emocional.
“Cuando una persona no atiende su salud emocional ni se hace cargo de su padecimiento, termina exteriorizándolo de alguna manera o desarrollando otras enfermedades. Vemos con frecuencia trastornos alimenticios como anorexia y bulimia, especialmente en población universitaria”, explicó.
A ello se suman conductas adictivas que, según el especialista, han evolucionado con los cambios tecnológicos y sociales.
“Las conductas desenfrenadas y adictivas siempre han existido, pero ahora debemos agregar nuevas formas de dependencia” indicó.
Como ejemplo puso las apuestas en línea, el uso excesivo de dispositivos electrónicos; así como el consumo de sustancias como tabaco, alcohol, vape o drogas duras.
Ambos expertos concuerdan con que la consecuencia es que numerosos pacientes llegan a consulta después de largos períodos de sufrimiento emocional, cuando los síntomas ya han afectado su vida.
Las consecuencias son visibles. Según datos del informe de 2024 del Observatorio Nacional de la Violencia (ONV-UNAH), una persona se suicida cada 17 horas en Honduras.
El estudio señala que la población con mayor riesgo se concentra entre los 18 y 59 años, es decir, en edades productivas y laboralmente activas.
Recibir ayuda también depende del dinero

Las dificultades del sistema se muestran a través de la historia que una paciente compartió con Proceso Digital, quien solicitó mantener su identidad en reserva.
Todo comenzó tras la migración de su hermano a Estados Unidos. Lo que inicialmente parecía una tristeza asociada a la separación familiar fue transformándose gradualmente en aislamiento, pérdida de interés por actividades cotidianas y cambios de ánimo que afectaron profundamente su vida diaria.
“Al principio pensé que era algo normal, que se me iba a pasar, pero cada vez me sentía peor. Ya no quería salir ni hablar con nadie”, relató.
La preocupación de su familia la llevó a buscar ayuda en el Hospital Psiquiátrico Mario Mendoza. Después de varias evaluaciones recibió un diagnóstico de trastorno bipolar.
“Cuando me dijeron lo que tenía sentí miedo, pero también alivio porque por fin entendí lo que me estaba pasando”, recordó.
Aunque el diagnóstico permitió iniciar un tratamiento especializado, mantenerse en el representó otro desafío.
Los gastos de transporte, la compra de medicamentos y las dificultades para asistir regularmente a las consultas terminaron afectando la continuidad del proceso terapéutico.
“A veces no tenía para los medicamentos o para viajar a las consultas. No es que uno no quiera seguir el tratamiento, muchas veces es que no se puede y ya”, expresó.
Su experiencia refleja una realidad que especialistas observan con frecuencia: obtener un diagnóstico es apenas el primer paso.
Mantener el tratamiento suele convertirse en una batalla económica para numerosos pacientes y sus familias.
Más allá de los hospitales
Las fuentes consultadas coinciden en que ningún presupuesto será suficiente si la mayor parte de los recursos continúa destinándose exclusivamente a tratar casos avanzados.
La evidencia apunta hacia la necesidad de fortalecer la atención psicológica y psiquiátrica en el primer nivel de salud, incorporar profesionales en centros educativos, desarrollar campañas de educación pública y reducir el estigma que todavía rodea a los trastornos mentales.
Los hospitales Mario Mendoza y Santa Rosita pueden mantener sus funciones para atender los casos más complejos, sin embargo, la crisis no debe ser la única atención psiquiátrica pública que brinde el Estado.
El reto, es evitar que miles de hondureños lleguen a necesitar estos servicios. Para lograrlo, Honduras deberá comenzar a invertir en educación, prevención y atención temprana.
Invertir en estas áreas podría marcar la diferencia entre una crisis atendida a tiempo y una que termine en consecuencias mayores.
“Ningún país puede resolver una crisis de salud mental únicamente con hospitales. Los hospitales son necesarios, pero la verdadera respuesta está en la prevención, en las escuelas, en los centros de salud y en las comunidades”, concluyó el científico Manuel Sierra. AD












