La cama sin tender de la política digital

Javier Franco

Hay hábitos sencillos que dicen mucho de una persona. Tender la cama al levantarse. Darse una buena ducha. Cuidar la forma en que uno se presenta ante los demás. Son actos mínimos de orden personal que revelan disciplina, respeto y equilibrio interior.

Las redes sociales, en la vida pública, funcionan de una manera parecida: muestran el estado interior de quienes las utilizan.

En los últimos días se ha vuelto evidente algo preocupante. En el espacio digital, particularmente en la política, hemos visto cómo actores públicos, incluso algunos con responsabilidades legislativas o institucionales, se lanzan a peleas abiertas en redes sociales. Y lo más delicado no es la crítica política, que es legítima en democracia, sino el tono: comentarios peyorativos, ataques personales, alusiones humillantes, reproches íntimos y hasta la exposición de asuntos privados para degradar al otro.

Cuando la política llega a ese nivel, y ni siquiera estamos en campaña electoral, pues acabamos de salir de un proceso político reciente, lo que se está mostrando no es fuerza ni liderazgo; lo que se está mostrando es desorden interior.

Desde el proyecto #NoSoloFakeNews, donde hemos estudiado el comportamiento de la desinformación y la dinámica de las redes sociales en contextos políticos, sabemos que estas confrontaciones digitales no siempre surgen de manera espontánea. Muchas veces responden a incentivos propios de las plataformas, donde el conflicto genera atención y la polémica mantiene audiencias.

La evidencia académica respalda esta observación. Investigaciones del Pew Research Center indican que la mayoría de las personas utiliza las redes sociales para fines cotidianos: 67% para mantener contacto con amigos o familiares y alrededor de 55% para entretenimiento. Solo entre el 15% y el 20% participa activamente en debates políticos. Es decir, la política ruidosa en redes no representa a toda la sociedad; suele ser el comportamiento visible de una minoría muy activa.

Y es precisamente esa minoría la que termina generando una influencia desproporcionada en el ambiente público digital, alimentando dinámicas de polarización que impactan la convivencia social. En lugar de contribuir a sanar las heridas que dejan los procesos electorales, se enarbola la bandera del resentimiento y de la confrontación permanente, debilitando la cohesión social y alejándonos de valores esenciales como la reconciliación y el perdón, principios que forman parte de la vida espiritual y religiosa que muchos dicen profesar.

A esto se suma otro dato revelador. Un estudio del Massachusetts Institute of Technology (MIT), publicado en la revista Science, encontró que los contenidos con carga emocional fuerte, especialmente aquellos que provocan indignación, pueden difundirse hasta seis veces más rápido que los contenidos neutrales. La confrontación viaja más rápido que la serenidad.

El diseño de las plataformas tampoco ayuda. Investigaciones del Oxford Internet Institute y de Harvard Kennedy School muestran que los algoritmos de redes sociales priorizan el contenido que genera más interacción. Y el enojo, la polémica o el insulto generan más reacciones que la mesura.

Pero hay otro hallazgo aún más inquietante. Estudios del Center for Social Media and Politics de la Universidad de Nueva York indican que entre el 10% y el 20% de los usuarios más activos generan la mayor parte del contenido político en redes. Esa minoría puede dar la impresión de que la sociedad vive en guerra permanente, cuando en realidad muchos ciudadanos observan con distancia, y con vergüenza ajena, lo que ocurre.

Y es aquí donde el problema deja de ser tecnológico y se vuelve cultural.

Porque quienes ocupan cargos públicos viven en una vitrina permanente. Lo que escriben en redes sociales no es un desahogo privado; es un acto público. Y cuando esa conducta se reduce a exhibiciones de resentimiento, pleitos personales o ataques degradantes, lo que se transmite a la sociedad es un mensaje muy claro: falta de templanza.

La política puede debatir con firmeza. Puede confrontar ideas. Puede cuestionar decisiones. Pero cuando se desciende al terreno de la humillación personal o del insulto emocional, lo que se pierde no es una discusión; lo que se pierde es la dignidad del espacio público.

Las redes sociales son hoy el espejo más brutal del carácter público. Allí no hay discursos preparados ni ceremonias institucionales que oculten lo que una persona es realmente.

Y cuando quienes tienen responsabilidades públicas convierten ese espacio en un escenario de resentimiento, insulto y humillación personal, lo que queda expuesto no es una estrategia política.

Es algo mucho más simple y más evidente.

Que todavía hay camas interiores que nadie se ha tomado el trabajo de tender.

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