La apuesta de Asfura en Salud: ¿acierto político o error estratégico?

Por Dagoberto Rodriguez

El 28 de enero de este año, apenas un día después de asumir la Presidencia de la República, Nasry Juan Asfura decidió asumir personalmente la titularidad y coordinación de la Secretaría de Salud. Con ello buscaba enviar un mensaje político y mediático a la ciudadanía sobre la importancia y la prioridad que su gobierno otorgaría al tema sanitario, un sector que, a su juicio, había sido relegado durante la administración de Xiomara Castro.

La expresidenta Castro concentró buena parte de sus esfuerzos en la construcción de ocho hospitales regionales que, al concluir su mandato, quedaron inconclusos. Actualmente, esos proyectos se encuentran bajo investigación del Ministerio Público debido a presuntas irregularidades y millonarias sobrevaloraciones registradas durante los procesos de adjudicación y construcción.

Mientras la atención gubernamental se centraba en esas obras, los hospitales ya existentes continuaron deteriorándose. Quirófanos afectados por el paso del tiempo y el uso intensivo, escasez de personal médico y de enfermería, condiciones precarias para la atención de los pacientes, desabastecimiento de medicamentos y una mora quirúrgica superior a las 16,000 operaciones conformaban el panorama que heredó la nueva administración gubernamental.

Ante semejante desafío, Asfura decidió tomar el toro por los cuernos y enarboló la bandera del rescate del sistema sanitario hondureño. Para ello envió al Congreso Nacional una iniciativa de carácter urgente orientada a declarar la emergencia en el sistema de salud, agilizar la compra de medicamentos, insumos y equipo médico para los principales hospitales del país, y enfrentar la mora quirúrgica mediante la contratación de servicios en hospitales privados bajo el pago de un precio justo.

La decisión presidencial respondía a una crisis profunda que mantenía en condiciones críticas a hospitales y centros de salud. A diario, miles de pacientes llegaban en busca de atención médica sin encontrar medicamentos ni respuestas oportunas, mientras la lista de espera para cirugías seguía creciendo sin una solución a la vista.

Para cumplir esa misión, Asfura optó por no nombrar a un ministro al frente de la Secretaría de Salud, una cartera que históricamente ha estado fuertemente influenciada por el Colegio Médico de Honduras y que arrastra antecedentes de ineficiencia, corrupción y fracasos administrativos. En su lugar, decidió asumir personalmente la conducción de la institución, apoyado por sus tres designados presidenciales y dos viceministros responsables de las áreas administrativa y hospitalaria.

Han transcurrido ya cuatro meses desde aquella decisión y, si me preguntan, la situación de los hospitales públicos no parece haber cambiado de manera significativa. Los pacientes continúan denunciando la falta de medicamentos esenciales, la insuficiencia de personal sanitario para brindar una atención oportuna y las precarias condiciones físicas, humanas y logísticas en las que operan muchos centros asistenciales.

Los resultados siguen siendo escasos o, en el mejor de los casos, poco perceptibles para la población. La mayoría de los hondureños todavía no experimenta mejoras sustanciales ni en la calidad de la atención médica ni en el acceso a medicamentos. Mientras tanto, el Gobierno anuncia tímidamente, a través de su ministro de Comunicación, que al 1 de junio se habían atendido 260 pacientes dentro del programa de reducción de la mora quirúrgica y que se habían invertido 220 millones de lempiras en la compra de medicamentos, aunque en los hospitales persiste la percepción de que esos insumos aún no llegan a quienes los necesitan.

Si ese es el ritmo con el que se pretende transformar la precaria realidad del sistema de salud hondureño, resulta difícil imaginar cambios estructurales en el corto plazo. A ese paso, al Gobierno no le bastarían cuatro años para cumplir la misión propuesta. Reducir significativamente la mora quirúrgica y garantizar el abastecimiento permanente de los hospitales podría tomar más de una década.

La pregunta que surge entonces es inevitable: ¿ha sido acertada la decisión del presidente Nasry Asfura de asumir personalmente la dirección de la Secretaría de Salud? La respuesta definitiva solo podrá darla el tiempo. Sin embargo, algunos especialistas sostienen que la medida podría convertirse en un error estratégico, ya que, si el proyecto de rescate del sistema sanitario fracasa, el costo político recaerá directamente sobre la figura presidencial y sobre el gobierno nacionalista en su conjunto.

Sin ser experto en salud, pero tomando en cuenta mi experiencia en la cobertura periodística de los temas sanitarios y gubernamentales, considero que el presidente Asfura debería dar un golpe de timón en la conducción de la Secretaría de Salud. Sería conveniente que delegara la responsabilidad operativa en un profesional de alto nivel, con experiencia comprobada en gestión pública y administración de sistemas sanitarios complejos. No necesariamente en otro médico, porque una cosa es atender pacientes y otra muy distinta dirigir una institución de la magnitud y complejidad de la SESAL.

Es momento de que Nasry Asfura nombre un ministro de Salud y concentre sus esfuerzos en gobernar el Estado en toda su dimensión, con la enorme variedad de problemas y desafíos que enfrenta el país. Si desea seguir otorgando prioridad al sector sanitario, puede hacerlo mediante un mecanismo de supervisión permanente, encabezando semanalmente un gabinete ampliado en el que los responsables del área rindan cuentas, presenten avances concretos y respondan por los resultados obtenidos. Solo así podrá mantener el control político del tema sin descuidar los demás problemas urgentes que siguen agobiando a los hondureños.

spot_img

Lo + Nuevo

spot_imgspot_img