Iglesia reprocha ignorancia revestida de soberbia y pide dejarnos iluminar por escrituras

Tegucigalpa – La Iglesia Católica de Honduras reprochó hoy la  ignorancia revestida de soberbia y pidió dejarnos iluminar por las escrituras y al igual que los discípulos de Emaús invitar a Jesús a quedarse con  nosotros para siempre.

Esa ignorancia revestida de soberbia sigue siendo actual. Algunos intelectuales mediocres continúan burlándose de los creyentes, sin darse cuenta de que la verdadera sabiduría viene por la fe., expresó hoy el arzobispo de Tegucigalpa José Vicente Nácher.

 El también presidente de la Conferencia Episcopal de Honduras pidió dejarnos iluminar por las escrituras.

Los discípulos de Emaús siguen caminando mientras escuchan la interpretación de las Escrituras. Porque la Palabra de Dios precisa escucha atenta y una adecuada explicación, conforme el Espíritu Santo enseña a cada generación, razonó.

De esa manera: ardía su corazón de amor, la fe abría sus oídos y la esperanza nacía en ellos. Igualmente, en la Santa Misa escuchamos la Palabra y se nos explica en la homilía. Iluminados por las escrituras renovamos nuestra fe y elevamos también una súplica al Señor, en la oración de los fieles, reflexionó.

En ella, (eucaristía) con estas u otras palabras, en el fondo decimos: “Quédate con nosotros Señor, la tarde está cayendo”. Permanece con nosotros Señor, porque sin ti oscurece nuestra vida, agregó.

Y preparando la mesa del altar nos sentamos con Jesús. Con las manos del sacerdote es Cristo mismo quien presenta los dones, bendice a Dios, pronuncia la acción de gracias, parte y reparte el pan eucarístico. Y nosotros jamás dejamos de reverenciar devotamente el admirable sacramento del altar con el que comulgamos con todo nuestro ser, reflexionó.

Y, por último, oramos agradeciendo el don recibido y salimos de regreso, fortalecidos e iluminados para dar testimonio del amor que vivimos y la fe que profesamos, cerró.

A continuación Proceso Digital reproduce la lectura del día tomada del santo evangelio según san Lucas

Lucas 24, 13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: «¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?»

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?» Él les preguntó: «¿Qué cosa?» Ellos le respondieron: «Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron».

Entonces Jesús les dijo: «¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?» Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer». Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: «¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!»

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: «De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón». Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (RO)

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