Hondureño sobreviviente de masacre en Orlando cuenta la pesadilla que vivió

Orlando, Florida.- Poco antes de las 2:00 de la mañana del sábado el hondureño, Ramses Tinoco (35), salió al patio trasero del club Pulse en Orlando a fumarse un cigarrillo. Era la última llamada del bar para pedir un trago. Paradójicamente también sonaba con fuerza la canción del rapero Drake «The last dance«.

“¡Bum, bum, bum, bum, bum!”, retumbaron los primeros disparos, que al principio confundió con el ritmo de la melodía. “Casi como el sonido de fuegos artificiales”, relató a Univision Noticias Ramses, sobreviviente dela masacre de la madrugada del domingo en Orlando, Florida, que dejó 49 muertos.

Pero las detonaciones se incrementaron, se acercaban. Los vidrios del local se rompían uno tras otro mientras una estampida humana crepitaba desde el interior, desesperada por salir del lugar.

Una de las municiones atravesó el hombro de la camarera del bar que en ese momento le entregaba una bebida a Ramses.La sangre de la mujer alcanzó a salpicarlo un poco antes de que ella se desvaneciera instantáneamente a sus pies.

Ramses todavía no sabe qué pasó con ella. “En ese momento me di cuenta de que era real… en ese momento pensé que era el final del mundo”, contó.

Se trataba del comienzo del tiroteo más mortífero de la historia de Estados Unidos.

“Me tiré al piso, comencé a arrastrarme. La gente gritaba ‘¿Qué pasa? Por favor, vámonos. ¡Auxilio!’. Había gente ensangrentada por todas partes”, continuó Ramses.

“Me arrastraba y me arrastraba, y pensaba: ‘Hoy voy a morir’”.

Ramses fue uno de los afortunados sobrevivientes que estaban cerca de la salida del club, y que de alguna forma lograron derribar la puerta cerrada con candado, mientras se arrastraban por encima de vidrios, piedras y sangre.

“Continué sin mirar atrás, corría hasta que me di cuenta de que me faltaba un amigo y me regresé”.

El amigo era Christopher Brodman de 34 años, quien todavía seguía en la terraza del bar, agachado, gritando, pero ayudándole a varias personas a salir del lugar.

Christopher pudo salir, también se arrastró, corrió. Logró comunicarse con Ramses y ambos se encontraron en un estacionamiento cercano.

Seguir viviendo

“Pulse era como mi otra casa, todos los que vamos son como mi familia”, cuenta Ramses, quien ha asistido al club gay desde hace dos años, “siempre todos los sábados, siempre al mismo lugar”, dijo.

Ramses vio como uno de esos vendedores cayó al piso tras ser impactado por una de las balas.

“Ahora siento que todas las personas en la calle me van a disparar. No sé si pueda volver a salir nunca”, dijo Ramses.

Christopher en cambio todavía conserva en su muñeca derecha el brazalete de papel que le pusieron en el Pulse la noche anterior para poder entrar a la discoteca. Dice que no se lo va a quitar “hasta que revelen el nombre de todas las víctimas”.

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