Honduras: La condena de comenzar desde cero en cada cambio de gobierno

Por : Alma Adler

En Honduras no fracasa la alternancia; fracasa la separación entre Estado y partido. Cada cambio de gobierno afecta la estructura administrativa como si fuera propiedad transitoria. El resultado es un país que no acumula capacidad pública ni garantiza continuidad institucional.

Los primeros 100 días deberían medir la capacidad de transformar poder en resultados. Aquí suelen medir el tiempo que toma reconstruir un Estado cuya continuidad nunca estuvo asegurada.

En general, el gobierno entrante no inicia ejecutando. Inicia revisando e intentando reconstruir lo que no fue entregado con claridad. Practica una autopsia institucional antes de gobernar. Ese tiempo no es técnico: es político. Retrasa decisiones y erosiona confianza. Cada cambio de gobierno desmonta equipos técnicos e interrumpe procesos como si el Estado fuera provisional. La alternancia, en lugar de consolidar institucionalidad, la fragmenta.

No es transición. Es ruptura.

El problema no es quién gobierna. Es cómo se entrega el poder. Donde debería operar un servicio civil profesional —regido por mérito y permanencia— se impone una lógica de clientela. El cargo deja de ser función institucional y se convierte en extensión partidaria. Cuando la estructura administrativa depende del ciclo electoral, la política pública deja de construir Estado y se convierte en interrupción permanente.

En democracias consolidadas, la alternancia no destruye la administración. En Estados Unidos, la Presidential Transition Act regula la entrega obligatoria de información y recursos. En el Reino Unido, el Cabinet Manual fija protocolos formales de traspaso. En Chile y Uruguay, los sistemas de responsabilidad fiscal y evaluación presupuestaria protegen la continuidad técnica. Allí, la memoria institucional está respaldada por ley.

En Honduras, en cambio, la transición depende en gran medida de la voluntad política. La entrega no siempre es completa ni verificable. Esa ambigüedad no es neutra: favorece la discrecionalidad y reduce la posibilidad de exigir responsabilidades claras. Cuando la memoria institucional es débil, el poder se ejerce con menos control.

Sin embargo, las consecuencias no son administrativas; son humanas. En salud, la falta de continuidad se traduce en un paciente que espera un medicamento que nunca llega. En educación, en jóvenes que egresan sin preparación suficiente para los desafíos de su tiempo. En infraestructura, en pequeños productores que no logran sacar su cosecha porque la obra prometida no se concluyó. Cuando el Estado no sostiene sus decisiones, el subdesarrollo deja de ser una categoría técnica y se convierte en la condición que organiza la vida pública.

Se anuncian investigaciones. Rara vez hay resultados concluyentes. Cuando la responsabilidad no es verificable, el sistema no se corrige: se acomoda. Y al acomodarse a la ausencia de reglas, convierte la discrecionalidad en norma y reduce los contrapesos.

Romper este patrón no requiere discursos. Requiere reglas. El Congreso Nacional debe establecer un régimen obligatorio de transición y fortalecer de manera efectiva el servicio civil. La entrega íntegra y pública de la gestión no puede depender de la buena voluntad del saliente. Sin memoria institucional no hay evaluación posible. Sin evaluación no hay responsabilidad política real.

Un Estado que se reinicia en cada alternancia no consolida desarrollo; consolida fragilidad. La cuestión no es retórica. Es estructural. Mientras la continuidad administrativa dependa de la voluntad política y no de reglas obligatorias, cada alternancia seguirá interrumpiendo la construcción del Estado.

La oportunidad de corregirlo existe. Pero exige comprender que la permanencia de las instituciones no puede quedar sujeta al vaivén del poder.

Un país progresa cuando logra que sus instituciones sobrevivan a sus gobiernos.

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