
No es el estado quien genera bienestar, eso no sucede ni ha sucedido nunca. La única forma de que la calidad de vida de la gente mejore, es organizar la sociedad de tal manera que sea el mercado quien, de manera espontánea, guíe las relaciones económicas de los individuos.
La pobreza ha sido históricamente la condición natural de la humanidad.
A lo largo de más de 40 mil años que el ser humano tiene de vivir organizado en sociedad, ha sido víctima de plagas, enfermedades provocadas por la desnutrición e higiene inadecuada, guerras y masacres, desastres naturales y percepción errónea de la realidad. En 1776, es decir, hace apenas dos siglos y medio, la esperanza de vida promedio en España, Francia, Inglaterra y otras potencias de Europa, era de apenas 42 años, la tasa de mortalidad infantil era del 50% de los niños nacidos vivos y en América y África más de un tercio de la población moría de hambre.
La revolución industrial cambió aquella terrible realidad que mantenía al ser humano más cerca de su extinción que de su supervivencia. la invención de la imprenta, la máquina de vapor, la industria textil, entre otros, hicieron que la producción de alimentos, vestuario, vivienda, medicamentos y medios de transporte generaran confort en las familias e hicieran a todos la vida más fácil.
Producto de ello, en Europa la esperanza de vida es de 88 años y la mortalidad infantil en América Latina y África hoy es de apenas 40 niños por cada 100 mil nacidos vivos, todavía un reto, pero infinitamente menor que antaño.
Ninguno de esos avances fue promovido por algún estado. Todos los inventos que han mejorado el mundo son el producto de mentes emprendedoras que se sobreponen a sus problemas e incluso a la persecución política o religiosa y son capaces de mirar más allá de sus limitaciones para generar, de forma espontánea y motivados por un sano afán de lucro, productos y servicios innovadores que mejoran la vida de todos.
Pero nos han engañado con verdades a medias y mitos forjados en narrativas condicionadas. Reunidos en oscuros conciliábulos, políticos de mala entraña, manipulan mediante el uso de la fuerza que el estado se arroga a sí mismo, la realidad acerca de lo que nos conviene. Nos venden la idea de que hay un padre proveedor que siempre estará atento a nosotros, proveyéndonos de las cosas que, sin saber, necesitamos.
No solo eso. Nos dicen que la culpa de la miseria la tienen, precisamente los emprendedores que, buscando su propio beneficio, sacan provecho de las necesidades de los más pobres. Nos venden la idea de que es necesario un estado que le ponga freno a los “abusos” del malvado empresario y que, como individuos, debemos aportar forzosamente al mantenimiento de ese guardián que vela por nuestro interés.
No nos dicen, en cambio, que en pleno siglo XXI, todas las guerras son promovidas por estados asesinos que gastan los recursos que podrían servirnos para vivir mejor. Tampoco nos dicen que las enfermedades y el desastre climático son principalmente, obra de incentivos perversos que esos mismos estados generan para hacerse de más poder y recursos con que esclavizar a las sociedades que tienen secuestradas. Todavía peor, muchos de esos estados mantienen a costa de endeudarnos, sistemas de protección social que terminarán por generar conflictos sociales en el futuro.
El gran problema es que les creemos. Seguimos convencidos de que para que haya más alimentos es necesario un ministerio de agricultura, que para proteger a la niñez necesitamos un ministerio infantil y otro igual para proteger a los ancianos. Nunca nos cuentan el terrible costo que pagamos por mantener ese engaño y será tedioso el camino que nos falta por recorrer para enterarnos de lo inútil que es mantener a ese estado rapaz.
Ni Gutenberg, Pasteur, Tesla, Ford, Bill Gates o Soleyman fueron alguna vez burócratas; tampoco Beethoven, Van Gogh o Lennon/McCartney fueron impulsados por algún subsidio estatal. Rara vez algún emprendimiento innovador surge de las arcas estatales. Solamente la libertad de emprender garantiza que el mundo avance con pie firme. Al contrario, los mayores peligros que como especie enfrentamos hoy día, son promovidos por estados cada vez más voraces.
No es el mercado quien fabrica pobres, es el Estado.







