
“Mi país ya no tiene solución” pensé, mientras me invadía la desesperanza por nuestro futuro incierto. Mientras elegía un tema relevante para esta pieza, de un golpe tuve consciencia que podrían ser varios.
Elegir de entre tantos, uno solo, sería demeritar la importancia del resto que forman parte, como engranajes, del todo de nuestra realidad nacional. Los hondureños y las hondureñas, a lo largo y ancho, enfrentamos una realidad dura en un país con tantas bondades. Las siempre críticas situación sanitaria, de inseguridad ciudadana y de impunidad, la economía débil, el estado de derecho herido.
En fin ¿cómo elegir? Es como preguntarse en cuál punto comienza un círculo ¿por cuál problema comenzamos? Los años pasan, pero el progreso integral y sólido no llega nunca para quedarse. ¿Estaremos condenados como Sísifo a empujar este lastre perpetuamente? ¿Es alguna condena de la cual nunca nos libraremos? Por algún punto deberíamos comenzar a deshilvanar nuestros problemas para deshacer el nudo. Y si tuviéramos que elegir uno, ¿cuál sería y por qué?
Queriendo precisar en qué punto comienza nuestro círculo vicioso recordé lo que el recién fallecido actor argentino Luis Brandoni, mencionó en un monólogo de “Mi obra maestra”: “Y ahora lo más importante, de tan pesimista que soy, soy optimista, porque los extremos se tocan…”. Creo que es el Estado de Derecho ese punto dónde los extremos del círculo vicioso se tocan. Es ahí donde se pasa de la carencia al bienestar y donde comienza el camino del país hacia una prosperidad auto sostenible: sin él, avanzaremos sólo a tientas, como Sísifo, condenados a recomenzar perpetuamente. No existe democracia y progreso sin Estado de Derecho. Pero ¿qué es y por qué importa?
A grandes rasgos, es ese principio de la gobernanza donde personas e instituciones se rigen por leyes promulgadas en línea con normas internacionales de derechos humanos; además debe contar con otros elementos como separación de poderes, rendición de cuentas, ejercicio del poder democrático.
Un país sin Estado de Derecho es incapaz de garantizar los derechos fundamentales de sus ciudadanos, aleja la inversión y limita el crecimiento económico. Con él, se asegura la aplicación equitativa de las leyes logrando así un entorno predecible y confiable para personas y empresas.
Aunque el Estado no puede asegurar que no se cometerá actos ilícitos, si se vulneraran derechos de personas o empresas, debe contar con un sistema de justicia funcional, imparcial e independiente para hacerlos valer. Lo contrario -la impunidad- aleja la inversión, crea inseguridad jurídica, afecta la economía, hace que la ciudadanía viva en incertidumbre sostenida, y si el país no progresa nadie gana: ni el gobierno, ni la empresa privada ni el ciudadano.
En nuestro interminable afán como Sísifo de impulsar Honduras hacia arriba (un progreso sólido), que se traduzca en una mejora sostenible e inclusiva de la calidad de vida de nuestra población, solo el Estado de Derecho impedirá nuestro declive y nos daría ese sosiego que Sísifo tanto ansiaba.





