
Mayo coloca al periodismo en el centro de la reflexión pública. El 3 de mayo se conmemora el Día Mundial de la Libertad de Prensa y, en Honduras, el 25 de mayo se celebra el Día del Periodista. Ambas fechas deberían servir no solo para felicitar a quienes informan, sino para preguntarnos qué ocurre cuando la información circula entre miedo, impunidad, odio y ruido.
La advertencia del Conadeh sobre los riesgos del ejercicio periodístico debe tomarse con seriedad. Amenazas, hostigamiento, violencia digital, campañas de descrédito, querellas, presiones para revelar fuentes e impunidad no son hechos aislados. Forman parte de un ambiente que puede empujar al periodista a medir sus palabras, calcular sus publicaciones o callar aquello que debería ser conocido.
Pero el problema no se agota en la libertad de prensa. Cuando se intimida o desacredita a quien informa, también se afecta el derecho ciudadano a estar informado. El periodista no informa para sí mismo; informa para que una sociedad pueda saber, contrastar, fiscalizar y decidir.
Sin embargo, hoy la información pública ya no circula únicamente por medios tradicionales. Las redes sociales han convertido a políticos, funcionarios, empresarios, activistas, organizaciones, influenciadores y ciudadanos comunes en actores permanentes de opinión, denuncia, acusación y construcción de percepción pública.
Ese es el otro lado del problema: vivimos en una sociedad con más voces, pero no necesariamente con más verdad; con más libertad para expresarse, pero no siempre con más responsabilidad para informar, opinar o disentir sin destruir.
La libertad de expresión es un derecho fundamental. Debe protegerse sin cálculos ni conveniencias. Pero también debe ejercerse con responsabilidad. No puede convertirse en licencia para difamar, insultar, fabricar sospechas, destruir reputaciones o convertir cada diferencia en una guerra personal. Una cosa es criticar; otra, calumniar. Una cosa es fiscalizar; otra, perseguir. Una cosa es denunciar; otra, manipular a una audiencia.
En Honduras, la polarización en las redes sociales ha vuelto más agresiva la conversación pública. Muchas veces no se debate para comprender, sino para derrotar. No se argumenta para convencer, sino para descalificar. No se escucha para pensar, sino para responder con más dureza. Así, la libertad de expresión termina siendo invocada como derecho, pero practicada como arma.
Ese ambiente también afecta al periodismo. Si un periodista publica algo que incomoda, puede ser señalado como enemigo. Si investiga a un actor de poder, puede ser acusado de tener agenda. Si pregunta demasiado, puede ser hostigado. Si guarda prudencia, puede ser acusado de complicidad. Y si calla ciertos temas por miedo, la sociedad quizás nunca se entere de lo que dejó de publicarse.
Ahí aparece una forma menos visible de censura: la censura ambiental. No siempre se necesita cerrar un medio o prohibir una publicación para limitar la libertad de prensa. A veces basta con crear un clima de amenaza, descrédito, ataque digital, presión judicial, estigmatización y miedo. Bajo ese clima, muchos empiezan a suavizar lo que saben, evitar ciertos nombres o resignarse a que la verdad tenga costos demasiado altos.
También debe decirse algo más: el periodismo está obligado a defender su credibilidad con rigor. La defensa de la libertad de prensa no exime a medios ni periodistas de responsabilidad profesional. Informar exige verificar, contextualizar, contrastar fuentes, separar hechos de opiniones y evitar que la noticia se convierta en propaganda, espectáculo o ajuste de cuentas.
Por eso, mayo no debería servir únicamente para felicitar periodistas ni para repetir denuncias institucionales. Debería servir para revisar el estado real del ecosistema informativo hondureño. El Estado debe proteger a quienes informan. Los funcionarios no deben estigmatizar desde posiciones de poder. Los políticos no deben incendiar el debate público. Los líderes de opinión deben ejercer su voz con ponderación. Y los ciudadanos deben distinguir entre información, opinión, rumor, ataque y manipulación.
El derecho a estar informado no se garantiza solo con que existan medios o redes sociales. Se garantiza cuando hay condiciones para que la verdad circule sin miedo, cuando la crítica no se castiga, cuando el poder acepta ser fiscalizado y cuando la ciudadanía no confunde odio con valentía.
En el mes del periodista, la pregunta no debería ser únicamente cómo protegemos a quienes informan. También deberíamos preguntarnos qué hacemos, como sociedad, con la información que recibimos, producimos, compartimos y deformamos.
Una democracia no se debilita solamente cuando se amenaza a la prensa. También se debilita cuando el odio, la polarización y el ruido hacen cada vez más difícil escuchar la verdad.





