En la cocina de mamá

Chasty Fernández

Dicen que cocinar también es una forma de amar. Las madres lo saben sin que nadie se los enseñe: lo aprenden en el fuego lento de la vida, en el cuidado diario, en ese gesto invisible de servir primero a los demás. ¿Quién no guarda en la memoria el aroma tibio que escapaba de la cocina y llenaba la casa de infancia? Ese olor que aún hoy, sin avisar, nos devuelve al lugar donde todo estaba bien. Es también el instante en que mamá enciende el fogón al amanecer, cuando el aroma a café recién hecho se mezcla con notas dulces de vainilla, mientras el sonido rítmico de sus palmas da forma a las tortillas. Y, de pronto, el aire se llena con el perfume de las torrejas bañadas en miel, anunciando que el día comienza con amor servido en cada detalle.

En un tiempo donde a veces se piensa que el amor se mide en regalos costosos, vale la pena recordar que los gestos más simples suelen ser los más sinceros. Cocinar para mamá, dedicarle tiempo, prepararle algo con nuestras propias manos, puede ser el detalle más valioso en su día.

En la cocina de mamá no solo se preparan alimentos.

Se cuecen recuerdos.

Se sazona la paciencia.

Se amasa el cariño con manos que han aprendido a resistir.

Hay una olla que hierve como el tiempo,

y en su canto suave vive el hogar.

Este Día de la Madre puede comenzar desde temprano, con una mesa de desayuno hecha en casa. Panqueques de banano dorándose lentamente en la sartén, acompañados de frutas de temporada como piña, sandía o toronja; un poco de miel, mantequilla crema, rosquillas y tustacas que recuerdan lo nuestro. Incluso una jalea casera de mango, cocida a fuego lento con azúcar, jengibre y un toque de limón, puede convertirse en ese detalle que transforma lo sencillo en extraordinario.

Y así como la mañana se llena de dulzura, para el almuerzo o la cena los sabores de siempre regresan como un abrazo, recordándonos que en cada plato vive mamá.

El salpicón de res, fresco y vibrante,

llega a la mesa con su mezcla de hierbabuena y limón,

despertando memorias y sonrisas compartidas.

El arroz con pollo, dorado y generoso,

se sirve como un homenaje tibio en su día,

con ese sabor que reúne, que abriga, que dice gracias sin palabras.

Y el pollo al horno con papas y camote

guarda el secreto de la espera:

un amor que se cocina despacio,

que se entrega en cada detalle

y que, como mamá, nunca falla.

La carne guisada burbujea historias,

habla de días difíciles y manos firmes,

de madres que, con poco, lo hacen todo.

Y en la sopa de capirotadas,

el alma encuentra refugio,

como si cada cucharada dijera:

“aquí estás a salvo”.

También hay dulzura en la despedida del fuego:

un arroz con leche tibio,

que abraza como las noches tranquilas

y se queda, suave, en el corazón.

Porque en la cocina de mamá

no hay medidas exactas,

ni recetas iguales.

Hay intuición,

hay historia,

hay amor servido todos los días

sin esperar aplausos.

Este Día de la Madre no solo celebremos sus manos,

sino también aprendamos de ellas:

a dar sin medida,

a cuidar en lo cotidiano,

a no esperar una fecha especial para demostrar amor.

Porque, al final, el mejor regalo no siempre se compra.

A veces se cocina, se comparte…

y se recuerda para siempre.

spot_img

Lo + Nuevo

spot_imgspot_img