Elucubrando

Luis Cosenza Jiménez

Las elecciones en Estados Unidos se llevarán a cabo en unas tres semanas y todo indica que, salvo que ocurra algo imprevisto y extraordinario, los demócratas ganarán por un amplio margen.  Es posible que además de la Presidencia, mantengan control de la Cámara de Representantes y ganen el Senado. Si eso se da, me parece que veremos importantes cambios en la política exterior de Estados Unidos que nos afectarán sustancialmente.  Pero veamos en más detalle qué podría ocurrir.

Recordemos en primer lugar que la política exterior de Estados Unidos se basa principalmente en la protección de su seguridad nacional.  Eso implica la lucha contra el terrorismo y su financiamiento, incluyendo la batalla contra el narcotráfico y el lavado de activos.  En esto no cabe esperar cambio alguno.  No obstante, la pandemia les ha enseñado que su seguridad también abarca el ámbito sanitario, y eso tendrá repercusiones profundas, incluyendo la decisión de fabricar algunos de los insumos médicos en casa.  Se verá más críticamente la dependencia de la fabricación de ciertos productos en el extranjero y se definirá una nueva concepción de la seguridad nacional.  Los demócratas nunca han visto con entusiasmo el comercio internacional y ahora tendrán una razón, aparentemente válida, para restringirlo, al menos en ciertas áreas.  No obstante lo anterior, es también razonable suponer que buscarán calmar las aguas internacionales, en esencia volviendo al status quo imperante al final de la Administración Obama.  Seguramente bajará de nivel la confrontación con China, se buscará retomar el acuerdo que se había logrado con Irán, y se continuará con el retiro de tropas del Oriente Medio.  Es muy probable que también se retorne a la política de acercamiento con Cuba que había iniciado el Presidente Obama, y que mejore la relación con la ONU, la Organización Mundial de la Salud y aún con la Organización Mundial de Comercio.  Habrá menos apoyo para Israel, pero resulta difícil pensar que se pueda lograr que Israel renuncie a trasladar su capital a Jerusalén, aunque Estados Unidos seguramente buscará que otros países no trasladen sus Embajadas a esa ciudad.  Nosotros seguramente seremos uno de los pocos países que mudó su Embajada, y lo que nos congració con la Administración Trump, nos distanciará de la próxima Administración.  En cuanto a Corea del Norte y Siria, es poco probable que haya un cambio de política. No obstante, los misiles intercontinentales que Corea del Norte parece estar desarrollando representan una amenaza a la seguridad de Estados Unidos y podrían obligar a un cambio de política.

Lo que seguramente no cambiará será la relación con Venezuela ya que la Administración Obama declaró a Venezuela una amenaza a la seguridad de Estados Unidos. El pobre país seguirá en manos de los pillos que se han apoderado de él y las sanciones decretadas por Estados Unidos continuarán golpeando a la población, incluidos los pobres y desamparados.  En estos momentos, los únicos amigos de Venezuela en nuestro continente son Cuba y Nicaragua, ninguno de los cuales está en posición para ayudar a Venezuela, excepto con sus votos en foros regionales o mundiales.

En cuanto a nosotros, es razonable suponer que la política migratoria cambiará y será menos radical y grosera.  Es probable que eso incentive la organización de nuevas caravanas, aunque me parece que mucho dependerá de las políticas que adopten México y Guatemala.  Casi seguramente se reducirá la importancia del “tercer país seguro”, pero eso no implica que ambas naciones cambien el tratamiento que últimamente aplican a nuestros migrantes.  Lo que nos favorecerá será el tratamiento que se brinde a nuestros compatriotas que ya están en Estados Unidos.  Es muy posible que se les deje en paz y que el TPS pueda cobrar vigencia nuevamente. Siendo esto así, el crecimiento de las remesas estaría asegurado.

Por otro lado, la llegada del Partido Demócrata al poder seguramente implicará un renovado énfasis en el respeto a los derechos humanos y a la lucha contra la corrupción.  La lucha contra el narcotráfico continuará, pero ahora se le agregará la batalla contra la corrupción.  Es razonable suponer que la Representante por California en la Cámara, Norma Torres, retomará su cruzada anti corrupción y que esta vez tendrá además el apoyo de Alexandria Ocasio-Cortez y de otras “revolucionarias” de la nueva izquierda.  Finalmente, se percibe una tendencia, de ambos partidos, para obligar a las empresas a producir en Estados Unidos.  Dudo que eso afecte a quienes ya están establecidos en el país, y además algunas de las empresas más significativas para nosotros son canadienses o de otros países.  No obstante, dado el clima en Estados Unidos es razonable suponer que no se incrementará, de manera importante, la inversión extranjera en nuestro país.

Al final, como todos sabemos, nuestro futuro depende de nosotros.  El resto del mundo puede ayudar, pero en esencia nosotros debemos forjar nuestro destino.  Eso pasa por fortalecer el Estado de Derecho y nuestras instituciones y combatir la corrupción y el narcotráfico.  Y eso se ve tan distante en estos momentos en los cuales estamos ahogándonos en una pandemia causada por el Coronavirus y en una epidemia causada por la corrupción.  La crisis sanitaria, la asfixiante corrupción y la economía postrada configuran un tétrico escenario.  A pesar de que en este momento no se percibe en el horizonte una opción que supere las limitaciones de nuestros políticos tradicionales, debemos seguir en la lucha por transformar y adecentar nuestro país. El reto es enorme, pero con la ayuda de Dios saldremos adelante. No tenemos alternativa.  No podemos desfallecer.  Adelante con ánimo y entusiasmo.

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