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El ruido no decide

Javier Franco

En política, no todo lo que hace ruido decide. Y no todo lo que decide hace ruido.

En momentos de alta tensión institucional, como los que vive el país cuando se acerca la integración de un nuevo Congreso Nacional, suele instalarse la idea de que “todo está en juego”. Declaraciones cruzadas, procesos internos, mensajes en redes sociales y discursos encendidos crean la percepción de que cada movimiento es determinante. Sin embargo, la experiencia política muestra algo distinto: muchas decisiones importantes se toman lejos del foco público, en espacios más reducidos y bajo lógicas menos emocionales.

No toda discusión pública es una discusión decisiva. Parte del debate que hoy ocupa titulares y conversaciones cumple una función simbólica: ordena identidades, marca posiciones y satisface expectativas de base. Eso no es menor, pero tampoco es suficiente para explicar cómo se cierran realmente los procesos de poder. En el Congreso, como en cualquier órgano colegiado, lo que define no es la intensidad del discurso, sino la aritmética disponible, el calendario y la necesidad de estabilidad.

Cuando el calendario aprieta, la política deja de premiar la épica y empieza a premiar el orden. A medida que se acercan fechas clave, los incentivos cambian. Disminuye el margen para gestos simbólicos y aumenta la presión por asegurar gobernabilidad. En esos momentos, los actores tienden a buscar soluciones que reduzcan incertidumbre, incluso si no son las más vistosas desde el punto de vista comunicacional.

Aquí aparece una de las distorsiones más frecuentes del debate público: confundir visibilidad con decisión. La sobreexposición de ciertos procesos genera la impresión de que todo se define ahí, cuando en realidad muchas definiciones ya han sido encauzadas por dinámicas menos visibles. No se trata necesariamente de secretismo, sino de funcionalidad política: los sistemas buscan cerrarse de la manera que genere menos fricción institucional.

Las elecciones internas, las declaraciones de principios y los llamados a la unidad cumplen un rol importante en la vida partidaria. Ordenan discursos y delimitan pertenencias. Pero cuando ningún bloque tiene mayoría propia, esos mecanismos no reemplazan la negociación interpartidaria ni garantizan resultados por sí solos. La legitimidad interna ayuda a sentarse a la mesa; no siempre alcanza para decidir quién preside la mesa.

El tiempo tampoco es neutral. Cada día sin definición modifica los incentivos de los actores. Aumenta el costo de sostener posiciones rígidas y reduce el espacio para soluciones maximalistas. En escenarios fragmentados, la política tiende a cerrarse por la vía que ofrece mayor previsibilidad y menor riesgo sistémico. No porque sea ideal, sino porque es viable.

Desde esta perspectiva, uno de los mayores riesgos para la democracia no es la negociación, sino la ilusión de que todo se resuelve en el plano del ruido. Esa ilusión, una forma sutil de desinformación, no siempre miente, pero exagera el peso de procesos que no deciden y minimiza la importancia de los factores que sí lo hacen. El resultado suele ser frustración ciudadana y lecturas equivocadas sobre cómo funciona realmente el poder.

La madurez política no consiste en eliminar el conflicto, sino en comprender dónde se procesa y cómo se resuelve. Entender esa diferencia es clave para evaluar con mayor claridad lo que está ocurriendo y lo que probablemente ocurrirá, sin caer en predicciones apresuradas ni en relatos simplificados.

Al final, los sistemas políticos no se mueven por consignas, sino por condiciones. Y cuando esas condiciones se alinean, la aritmética disponible, el tiempo preciso y la capacidad de suplir la necesidad de orden institucional, las decisiones suelen tomarse incluso antes de ser anunciadas.

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