El país que no castiga

Por Alma Adler

En Honduras, la impunidad aprendió a volar.

Un avión privado descendió sobre Palmerola cargando algo más pesado que un pasajero. En su interior viajaba una época entera: pactos, uniformes obedientes, puertas abiertas y silencios administrados como otra dependencia del Estado. Juan Orlando Hernández volvía para escuchar el eco de su antigua voz y comprobar cuánto poder seguía esperándolo.

El indulto presidencial concedido en Estados Unidos el 1 de diciembre de 2025 puso fin al cumplimiento de una condena de cuarenta y cinco años por conspiración para importar cocaína y delitos relacionados con armas. La precisión importa: un indulto no equivale a una declaración de inocencia. Un jurado federal lo declaró culpable y un tribunal le impuso aquella pena. El perdón abre una puerta, pero no cierra la historia. La clemencia jurídica alcanza al beneficiario; la memoria política pertenece a la ciudadanía.

Tony Hernández, su hermano, fue condenado en Estados Unidos a cadena perpetua por narcotráfico y delitos relacionados con armas. La culpa no se hereda, pero las estructuras criminales tampoco desaparecen por decreto. Un narcoestado comienza cuando el crimen deja de esconderse del Estado y aprende a gobernar desde él.

La captura institucional rara vez necesita derribar edificios, pero conserva uniformes, sellos y ceremonias, cambia la obediencia. La ley deja de servir al ciudadano, la justicia mira hacia otro lado, el Congreso se vuelve maquinaria y el funcionario responde menos a la Constitución que a quien lo nombró. La casa sigue en pie, pero las llaves han cambiado de dueño.

Hernández no buscó únicamente que se le obedeciera; procuró que obedecer pareciera natural, que el abuso se volviera costumbre y que la frontera entre el Estado, el partido y el caudillo terminara por desaparecer.

La habilitación de la reelección fue el punto de quiebre: el momento en que el poder descubrió que incluso el límite constitucional podía torcerse. Ese límite existe para recordar que el poder es prestado, que la Casa Presidencial no es una herencia y que ninguna victoria electoral concede propiedad sobre la República. El segundo periodo le dio tiempo para consolidar lealtades, profundizar la captura de las instituciones y convertir lo excepcional en norma.

Cuatro años pueden revelar una vocación autoritaria; ocho permiten convertirla en sistema.

Por eso el regreso de Hernández plantea una pregunta que Honduras nunca terminó de responder: cuánto de aquella lógica continúa vivo dentro del Estado y cuántas instituciones conservan hábitos de obediencia. Ese es el verdadero peligro: no solo el hombre que vuelve, sino la maquinaria que puede seguir esperándolo.

Palmerola no fue solamente un aeropuerto; fue el viejo país pasando lista.

Su llegada se convirtió en una demostración política: autobuses, caravanas, banderas y una escenografía destinada a probar que la estructura todavía podía movilizarse. ¿Quién financió el vuelo y la recepción? ¿De dónde salieron los recursos? No son preguntas maliciosas. La democracia también comienza con una factura.

Si en la movilización, la seguridad o la logística se utilizaron bienes o recursos públicos, su origen, autorización y costo deben ser explicados. En un país donde una mujer amenazada espera protección y una comunidad extorsionada sobrevive sola, ningún antiguo gobernante puede recibir el trato reservado a los intocables. Mientras unos regresan rodeados de escoltas y ceremonias, miles de ciudadanos continúan reducidos a una estadística.

Este regreso tampoco ocurre en un vacío judicial. Hernández debe comparecer el 3 de agosto ante la justicia hondureña por la supuesta comisión de fraude y lavado de activos, después de que el juzgado suspendiera temporalmente la orden de captura y la alerta migratoria para permitir su presentación voluntaria. El indulto estadounidense se limita a los delitos federales y no alcanza el proceso abierto en Honduras.

La ciudadanía exige instituciones que respondan a la ley, no a un sujeto. Ningún vuelo, partido o indulto puede decretar la rehabilitación moral de un hombre. La sanción social comienza allí donde la justicia se demora. No persigue ni censura: recuerda, distingue y retira legitimidad. Niega el aplauso, el voto y la respetabilidad a quienes utilizaron el Estado como patrimonio privado. El autoritarismo no termina cuando cae un sujeto; permanece en quienes obedecen, callan o aguardan su retorno.

El derecho a volver al país no incluye el derecho a volver a mandarlo.

Impedir su regreso político no consiste únicamente en rechazar a un expresidente con expediente; exige desmontar la cultura que aprendió a obedecerlo: las lealtades alojadas en los despachos, los privilegios convertidos en costumbre y esa antigua disciplina de bajar la cabeza mientras alguien más decide por todos.

No conviene engañarnos: la memoria compite cada día con el hambre, el desempleo y el miedo. Allí donde un derecho depende de una llamada, una recomendación o una bolsa de comida, la ciudadanía deja de ser soberana y comienza a vivir de permiso. El clientelismo no entrega favores: administra silencios. Hace que la necesidad parezca gratitud y que la obediencia se confunda con lealtad.

El problema no termina en la pista de aterrizaje. Continúa en cada funcionario que consulta al viejo poder antes que a la ley, en cada institución que protege apellidos y abandona ciudadanos, y en quienes esperan desde un escritorio que el pasado vuelva a ordenar la República a su conveniencia.

Se equivocan.

Hernández puede volver a Honduras; lo que no puede volver es su manera de gobernarla: la ley torcida hasta servir al caudillo, el Estado convertido en propiedad partidaria y la obediencia presentada como virtud pública. Ningún indulto extranjero otorga respetabilidad política, ninguna caravana borra una condena y ninguna multitud movilizada habla en nombre de un país entero.

Tampoco bastará con rechazarlo. Honduras tendrá que romper el pacto cotidiano que hizo posible aquel poder: devolver dignidad al servicio público, independencia a la justicia y autoridad moral a unas instituciones demasiado acostumbradas a inclinarse. Los funcionarios no fueron nombrados para custodiar fidelidades privadas, sino para servir a una República que existía antes que ellos y continuará cuando se hayan ido.

La ciudadanía también debe abandonar la cómoda ficción de que todo depende de quienes gobiernan. El soberano no aparece únicamente frente a una urna; se manifiesta cuando pregunta, fiscaliza, se organiza y deja de premiar con su silencio a quienes degradaron el Estado.

Tal vez algunos crean que Honduras sigue siendo el país dócil que acepta la bolsa, la bandera y el espectáculo. Confunden pobreza con servidumbre y prudencia con miedo. No han comprendido que una sociedad puede soportar durante años una injusticia y, un día, comenzar a mirarla de frente.

Ese día comienza cuando el ciudadano deja de sentirse súbdito.

La última palabra no pertenece al avión que aterriza, al partido que moviliza ni a los funcionarios que todavía esperan órdenes. Pertenece al pueblo que paga las consecuencias, conserva la memoria y puede decidir qué clase de país desea ser.

La impunidad aprendió a volar; ahora le corresponde a la República impedir que vuelva a aterrizar en el gobierno.

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