Tegucigalpa – Hace un año, el cielo del Caribe hondureño se tiñó de tragedia. El vuelo 018 de la aerolínea Lanhsa, un Jetstream 32 que acababa de despegar del Aeropuerto Juan Manuel Gálvez de Roatán con destino a La Ceiba, se precipitó al mar apenas segundos después de alzar el vuelo.
De las 17 personas a bordo, 12 perdieron la vida y cinco resultaron heridas. Entre los fallecidos se encontraba el cantautor garífuna Aurelio Martínez Suazo, embajador de la cultura punta, exdiputado y voz inconfundible de un pueblo que baila al ritmo del tambor y la caracola.
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El accidente, atribuido a una falla mecánica que impidió al avión ganar altura y potencia suficiente, conmocionó a Honduras y al mundo. No fue solo una noticia de primera plana; fue el dolor de una familia, de una comunidad y de un país que aún espera respuestas claras, el dolor de esta tragedia no se apaga un año después.
Un accidente no afecta a una persona, afecta un entorno
De su parte, Ilce Zepeda, presidenta de la Asociación «Apoyo Mutuo», dijo a Proceso Digital que un accidente no afecta a una persona, sino a todo un entorno.
En ese contexto, el accidente aéreo en Roatán dejó afectación en 17 entornos familiares de Honduras.
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En este caso se trata de cinco sobrevivientes, pero es una lucha que realizan sus familias también, explicó.
Se debe pensar en la salud mental, no solo se trata del momento del accidente, ese solo es el inicio del resto de una vida de sobrevivencia, razonó.
En muchos casos se debe lidiar con la depresión, misma que también afecta al entorno familiar.
El término correcto después de un accidente es una vida de sobrevivencia con muchos altos y bajos en el estado de ánimo. Todos los días se debe luchar, un pequeño detalle puede hacer cada día en lo más profundo del dolor, acotó.

“Esto no puede quedar en la impunidad”
Junior Martínez, sobrino de Aurelio Martínez, señaló que “esto no puede quedar en la impunidad” y recordó que a un año de la tragedia no reciben ningún tipo de respuesta gubernamental, ni de la empresa aérea responsable del vuelo.
“Mi tío Aurelio no era solo un cantante; era el corazón de nuestra cultura garífuna. Su música nos unía, nos daba orgullo y nos recordaba de dónde venimos. Hoy, un año después, el dolor sigue tan fresco como el primer día”, externó.
Exigimos justicia porque esto no puede quedar en la impunidad. No tenemos información clara de la aerolínea sobre qué pasó realmente, declaró.
El gobierno tiene que hacer algo. Queremos que se investigue a fondo, que se sepa la verdad y que no se repita una tragedia como esta, arguyó.

Incertidumbre y demandas pendientes
Hasta la fecha, la Agencia Hondureña de Aeronáutica Civil (AHAC) no ha publicado un informe final definitivo sobre las causas del accidente.
Las indagaciones preliminares apuntan a desperfectos mecánicos en los motores, pero las familias insisten en que la aerolínea no ha proporcionado respuestas completas ni ha asumido responsabilidades claras.
Varias acciones legales están en curso, y los deudos exigen no solo indemnizaciones, sino sobre todo transparencia para evitar que otras vidas se pierdan en el aire.

El legado que trasciende el dolor
Aurelio Martínez Suazo dejó más que canciones. A sus 56 años, era un referente indiscutible de la música garífuna a nivel internacional, un defensor de los derechos de su pueblo y un político que llevó la voz del Caribe hondureño al Congreso Nacional.
Su partida dejó un hueco inmenso en la escena cultural, pero también encendió una llama: la de seguir preservando la punta y toda la riqueza afrohondureña.
Su ritmo musical garífuna nació en su natal Plaplaya, Gracias a Dios (La Mosquitia), pero se extendió a los escenarios asiáticos como Japón, Estados Unidos, festivales europeos como Inglaterra, Grecia y otras naciones del viejo continente.
Con su producción “Laru Beya” logró el mayor reconocimiento al ser ubicado en el ranking 98 de los 600 mejores discos de América Latina.
Fue una de las figuras más reconocidas de los garífunas hondureños a nivel internacional tras destacarse en la música por muchos años, contando con el reconocimiento externo, que muchos no logran traspasar.

Dolor
Un año después, las familias de las 12 víctimas no solo lloran; reclaman justicia.
No solo recuerdan; exigen que este hecho no quede en la impunidad.
Mientras el Caribe sigue cantando, Honduras entera guarda silencio ante un dolor que, aunque compartido, cada uno lleva en lo más profundo del alma.
Porque las tragedias como la de Roatán no se olvidan con el tiempo. Se honran con memoria, con verdad y con la esperanza de que, algún día, el cielo vuelva a ser seguro para quienes lo surcan. (RO)










