
¿Alguna vez le has dicho a tu hijo o hija: «No le cuentes a nadie, es un secreto»? Tal vez se trataba de una fiesta sorpresa o de un regalo. En la mayoría de los casos, esa expresión no tiene ninguna mala intención. Sin embargo, también es una oportunidad para enseñar que existen secretos buenos, que generan alegría y duran poco tiempo, y secretos malos, aquellos que producen miedo, vergüenza o incomodidad. Esta diferencia es fundamental, porque muchos agresores utilizan el secreto como una estrategia para manipular, controlar y mantener el silencio de sus víctimas.
La prevención de la explotación y el abuso sexual no comienza cuando ocurre una agresión, sino mucho antes, a través de la educación, la comunicación abierta y la construcción de entornos protectores. Enseñar a niñas, niños y adolescentes que su cuerpo les pertenece, que tienen derecho a establecer límites y que siempre serán escuchados por un adulto de confianza es una de las herramientas más efectivas para prevenir la violencia.
Por ello, es necesario cambiar la forma en que hablamos sobre los secretos con niñas, niños y adolescentes. Deben aprender que ningún adulto debe pedirles que oculten situaciones que les causen miedo, vergüenza o incomodidad. Frases como «no le digás a nadie», «esto es solo entre nosotros» o «si lo cuentas te vas a meter en problemas» son señales de alerta. Los adultos seguros escuchan, acompañan y generan confianza; no piden silencio.
La prevención también implica enseñarles a conocer su cuerpo utilizando el nombre correcto de sus partes y comprender que las partes privadas deben ser respetadas. También deben saber que tienen derecho a decir «no», alejarse de una situación que les incomode y acudir a un adulto de confianza, sin importar quién haya cruzado esos límites.
Una estrategia sencilla y efectiva es El cofre de los secretos, una dinámica que ayuda a diferenciar entre secretos buenos y malos. El cofre simboliza que no todos los secretos merecen guardarse bajo llave. Los secretos buenos son temporales y generan alegría, como preparar una fiesta sorpresa o esconder un regalo. Los secretos malos provocan miedo, vergüenza o incomodidad; por ejemplo, cuando alguien pide reunirse a escondidas, envía mensajes inapropiados, solicita fotografías y pide guardar silencio sobre ello. Esos secretos no pertenecen al cofre; deben compartirse con un adulto de confianza.
La dinámica utiliza dos cajas y tarjetas con situaciones cotidianas. Las niñas, niños y adolescentes leen o escuchan cada caso, deciden si corresponde a un secreto bueno o a uno malo y explican por qué. Luego construyen un círculo de confianza, identificando al menos tres adultos seguros —madre, padre, abuelos u orientadores de confianza— a quienes pueden acudir si alguna vez necesitan ayuda.
El aprendizaje es claro: los secretos buenos pueden permanecer en el cofre; los que causan miedo, vergüenza o incomodidad deben contarse a un adulto de confianza.
La prevención comienza en casa. Mantener una comunicación abierta, fortalecer la confianza y conocer con quiénes se relacionan nuestros hijos puede marcar la diferencia.








