Análisis de Alberto García Marrder
Para Proceso Digital, La Tribuna y El País de Honduras
El fulminante ascenso político -diplomático del cubano-americano Marco Rubio, actual Secretario de Estado (asuntos exteriores) y Asesor de Seguridad en el gabinete del presidente Donald Trump, es sorprendente.
Arropado por Trump, es ahora también casi el virrey de una acosada Venezuela, casi el presidente de una liberada Cuba (“me parece bien” comentó el presidente). Y tiene los ojos puestos para derrocar a Gustavo Petro (presidente de Colombia), Daniel Ortega de Nicaragua, recuperar para Estados Unidos el Canal de Panamá y anexar Groenlandia. Con el mismo pretexto de siempre: por la seguridad nacional de Estados Unidos. Y ahora bajo la Doctrina Trump ( una versión mejorada de la Doctrina Monroe de 1823 de que el Hemisferio Occidental es de Estados Unidos).
Tanto tiene el ex senador de Florida en su plato que pasa más tiempo en la Casa Blanca (tiene un despacho cerca de la Oficina Oval de Trump) que en el Departamento de Estado, para dirigir la política exterior de la primera potencia mundial.
¿Cual es el secreto de Rubio para alcanzar tanto poder? ¿Casi o más que el influyente Henry Kissinger (1923-2023)?
Dexter Filkins, en el “The New Yorker” lo define en una rutina de dos pasos: Primero, alabar constantemente a Trump (al presidente le encanta): “Gracias Presidente por defender a Estados Unidos de una manera que nunca otro ha tenido el coraje de hacerlo antes”.

El paso segundo: Explicar que lo que dice o haga Trump (como capturar a un Jefe de Estado de otro país en medio de la noche, como a Nicolás Maduro en Venezuela), es una cosa “normal”.
En toda la crisis de Venezuela, Rubio fue el protagonista y el que salía en cada momento en los noticieros de televisión. El gran “olvidado” era el vicepresidente, J. D. Vance, el que será el gran rival político de Rubio en las elecciones presidenciales del 2028.
Los que conocimos a Rubio como senador en Florida (cuando yo era corresponsal de una agencia española de noticias en Miami) nos preguntamos cómo ha cambiado tanto, de un conservador moderado a un ultra conservador al lado de Trump.
De un senador republicano que no estaba a favor de las deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados, a estarlo ahora. Del que defendía el programa de ayuda al exterior, US-AID, a apoyar ahora su cancelación.
No es de extrañar ahora que muchos senadores-incluidos republicanos, dicen que se arrepienten de haber votado (99-1) a favor de su confirmación como Secretario de Estado.
De todas maneras, el importante voto de los exiliados cubanos en Miami sigue siendo muy conservador y estarían encantados de tener a un presidente como “uno de los nuestros”.

Rubio tiene buena presencia, es bilingüe, un buen orador y, sobre todo, tiene el apoyo de Trump, quien tendrá que decidir pronto quién va a ser su sucesor, si Vance o Rubio.
Sus padres fueron unos exiliados cubanos que llegaron a Miami antes del triunfo de Fidel Castro en 1959 y no es de extrañar el sentimiento anticastrista que tiene Rubio, quien no descansará hasta ver una Cuba Libre.
Por ahora, seguirá sentado al lado de Trump en la Oficina Oval, alabando al presidente y participando en decisiones importantes.
Esta es una carrera política nunca vista y falta por ver cómo seguirá. O hasta que llegue.










