El abuso sexual infantil exhibe la crisis moral y la impunidad en Honduras

Tegucigalpa (Especial Proceso Digital /Por Lilian Bonilla) – Las muertes violentas de niños, niñas y adolescentes continúan estremeciendo al país. Sin embargo, hay otra violencia mucho más silenciosa, persistente y devastadora que crece entre las paredes de los hogares, las escuelas y las comunidades: el abuso sexual infantil.

A diario se registran casos que muchas veces resultan difíciles de creer, niños y niñas indefensos violados, madres que venden o intercambian a sus hijas, son noticias que causan repugnancia, impotencia e indignación, pero más que quedarse con esos sentimientos la reflexión debe estar encaminada a la búsqueda de soluciones.

La violencia contra la niñez en Honduras hace tiempo dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en una de las mayores crisis sociales, culturales y de derechos humanos del país. Detrás de cada cifra hay una infancia rota, un proyecto de vida truncado y un Estado que no da respuestas oportunas o simplemente nunca responde.

UNICEF define el abuso sexual infantil como una relación desigual de poder en la que un niño, niña o adolescente es utilizado sexualmente por una persona adulta o incluso por otro menor. Constituye una violación grave de sus derechos fundamentales, afectando su derecho a decidir sobre su cuerpo, a preservar su intimidad y a vivir libre de violencia. Este delito comprende violación, estupro, incesto, acoso sexual, explotación y tráfico sexual infantil.

Más del 90 % de los casos no llegan a los tribunales, mientras la violencia contra la niñez se normaliza en una sociedad que sigue fallando en proteger a sus niños.

Según registros del Ministerio Público, durante 2025 se presentaron 1,887 denuncias por delitos sexuales contra menores, incluyendo pornografía infantil y otras formas de violencia sexual. Los departamentos con mayor incidencia fueron Cortés (269 casos), Francisco Morazán (268), Comayagua (189), Atlántida (186) y Choluteca (148).

En el primer trimestre de este año ya se contabilizaban 87 nuevas denuncias, manteniéndose una tendencia que se repite.

Cada cuatro horas un menor es víctima de abuso sexual. Los agresores suelen ser padres, padrastros, familiares, vecinos o docentes, según un informe de la Asociación para Una Sociedad Más Justa (ASJ).

Datos alarmantes, casos escalofriantes

Padres que violan a sus propias hijas, tíos abuelos, hermanos, primos o vecinos que agreden niños y niñas. Padrastros que convierten el hogar en un espacio de terror. Docentes que traicionan la confianza de sus estudiantes. Madres que venden a sus hijas por 3 mil lempiras o las intercambian por bienes tan elementales como leña o una motocicleta. Historias que parecen sacadas de otra época, pero que hoy forman parte de los expedientes judiciales y de los informes de organismos defensores de derechos humanos.

Así lo expuso en Proceso Digital, la coordinadora del Observatorio de la Niñez y la Juventud de Casa Alianza, Grecia Moreno, quien con preocupación recapituló casos que ya han sido noticia, pero que día a día se repiten.

Agregó que en los estudios realizados en diversas zonas del país los abusos sexuales poseen un componente transgeneracional. En numerosas familias estas prácticas permanecen ocultas durante años porque forman parte de patrones normalizados dentro del entorno familiar, particularmente en la zona rural.

La cultura patriarcal sigue reforzando relaciones desiguales de poder y en muchas comunidades rurales persisten prácticas como las uniones tempranas entre niñas adolescentes y hombres adultos, situaciones que constituyen delitos tipificados como estupro, pero que todavía son vistas como algo «normal». Hemos identificado que muchos niños conocen a su agresor y, por temor a denunciarlo, incluso han perdido la vida, prosiguió.

En este punto la entrevistada cito que de acuerdo datos del Observatorio de la Niñez y la Juventud de Casa Alianza, entre enero y junio de este año se registraron 32 suicidios de menores, frente a los 13 contabilizados en el mismo período del año anterior, un incremento del 40 %, evidencia del deterioro emocional que también enfrentan miles de niños y adolescentes, Grecia Moreno remarcó que no hay evidencia de que el aumento en los suicidios de menores se pueda atribuir directamente con el abuso sexual, pero sí es una de las posibles causas.

Los ejemplos de casos de abuso sobran y los abusadores no respetan edad hay casos de violaciones hasta de bebés, otros casos que los abusadores son reincidentes, como el de un individuo capturado por la Policía Nacional, esta semana en Tegucigalpa, quien durante siete años abusó de una menor de edad, desde que la víctima tenía 6 años y el hecho más reciente ocurrió el pasado 15 de julio.

Es por ello que el abuso sexual continúa siendo uno de los delitos que más preocupa a especialistas del área de la salud y defensores de derechos humanos.

Consecuencias de gran impacto

El abuso sexual infantil es una de las experiencias más traumáticas que puede vivir un niño o adolescente, ya que afecta profundamente su desarrollo emocional, psicológico y social.

Tras una agresión sexual suelen haber consecuencias devastadoras, así lo resalta la psicóloga Ada Martínez, consultada por Proceso Digital, quien detalló que entre las consecuencias más frecuentes se encuentran la ansiedad, la depresión, el miedo constante, la baja autoestima, sentimientos de culpa, vergüenza, dificultades para confiar en los demás y, en algunos casos, trastorno de estrés postraumático.

Cuando el abuso es cometido por un familiar cercano, como un padre, padrastro, tío u otra persona en quien el menor debería encontrar protección, el impacto suele ser aún más profundo y el menor experimenta una grave ruptura del vínculo de confianza y seguridad, lo que puede afectar su capacidad para establecer relaciones sanas en el futuro, adicionó.

La profesional coincidió que también pueden presentarse problemas aún más serios que incluso lleven incluso conductas de autolesión o ideación suicida, especialmente cuando el abuso no es detectado ni atendido oportunamente.

No obstante, remarcó que es importante recordar que ninguna de estas consecuencias significa que el futuro del menor esté determinado. Con una intervención oportuna, acompañamiento psicológico especializado, una red de apoyo segura y la protección adecuada, muchos niños y adolescentes logran recuperar su bienestar y continuar su desarrollo de manera saludable.

“Como sociedad, la responsabilidad no solo es denunciar y proteger, sino también creer en la palabra de los niños, brindarles espacios seguros para expresar lo ocurrido y garantizar una atención integral que favorezca su recuperación”, concluyó.

La sicóloga Issis Romero.

Casos de abuso que salen a la luz son solo la punta del iceberg

La psicóloga clínica, terapeuta de pareja y familia, Issis Romero, advirtió que los casos de abuso sexual contra menores que trascienden a la opinión pública representan únicamente «la punta del iceberg» de un problema que, asegura, es mucho más frecuente de lo que se imagina.

La especialista explicó a Proceso Digital que el abuso sexual infantil deja consecuencias profundas y duraderas, no solo en la víctima, sino también en su entorno familiar y social. «Nos va a impactar de diferentes formas, no solo al menor que es agredido, sino a todo el entorno», señaló Romero.

En cuanto al impacto social, la psicóloga explicó que muchos menores tienden al aislamiento, presentan dificultades para confiar en otras personas y establecer relaciones interpersonales, además de registrar bajo rendimiento escolar y conductas agresivas o inapropiadas.

Romero agregó que el impacto también alcanza a la familia, donde suelen surgir sentimientos de culpa e impotencia entre padres o cuidadores, así como tensiones e incluso rupturas del núcleo familiar, especialmente cuando el agresor pertenece al entorno cercano.

Sobre las secuelas a largo plazo, advirtió que las víctimas, presentan dificultades para confiar en los demás y problemas relacionados con la sexualidad, además de conductas de riesgo. La especialista enfatizó que la intervención temprana es fundamental para reducir las consecuencias futuras del abuso.

Pregunta inevitable: ¿qué ocurre con la sociedad hondureña?

LEER: Abusos a menores, entre la impunidad y el dolor

No basta con atribuir estos hechos a la pobreza o a la delincuencia. El problema es mucho más profundo. Detrás del abuso sexual infantil convergen patrones culturales, relaciones desiguales de poder, impunidad, violencia intrafamiliar, ausencia institucional y una cultura del silencio que durante décadas ha permitido que miles de agresores continúen actuando sin consecuencias.

La coordinadora de la Defensoría de la Niñez del Comisionado Nacional de los Derechos Humanos (Conadeh), Cándida Maradiaga, resume la gravedad del problema con una frase que refleja el fracaso colectivo del país: «Las niñas y los niños no están seguros ni en el seno de su propia familia, cuando debería ser el primer espacio protector».

El silencio e indiferencia parte del problema

Gerardo Irías.

El presidente de la Confraternidad Evangélica de Honduras, pastor Gerardo Irías, expresó su preocupación por el incremento de la violencia y el deterioro de los valores familiares en el país. Citando el pasaje bíblico Mateo 24:12: «Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará», señaló que esta realidad se refleja en el aumento de hechos delictivos y casos de violencia que afectan a niños y jóvenes. A su juicio, Honduras necesita dedicar más tiempo y esfuerzos al fortalecimiento y formación de la familia como base de la sociedad.

Irías afirmó que la responsabilidad de enfrentar esta problemática recae en todos los sectores, incluida la iglesia, ya que considera que se ha descuidado la formación de las familias. Aunque aseguró que más del 50 % de la población se identifica como cristiana, reconoció que aún falta un compromiso más activo para generar cambios.

Los especialistas coinciden en que las estadísticas representan apenas una parte del problema, existe un enorme subregistro porque muchas víctimas nunca denuncian y hay un silencio cómplice de las familias y toda la comunidad, y agregan que la normalización del abuso comienza mucho antes de que ocurra el delito.

Comienza cuando se considera que una niña nació únicamente para servir, cocinar o convertirse en madre, cuando la comunidad decide guardar silencio, el hogar, que debería representar seguridad, amor y protección, se ha convertido para muchos menores en el lugar donde comienza el abuso, exteriorizó Grecia Moreno, al tiempo que afirmó que cuando eso ocurre, también fracasan la escuela, la comunidad, las iglesias, las instituciones y el sistema de justicia.

Proteger sin revictimizar

Especialistas coinciden en que la respuesta institucional debe fortalecerse. Uno de los mecanismos más importantes son las Cámaras Gesell, espacios diseñados para que niños y adolescentes puedan rendir su testimonio sin ser sometidos a múltiples interrogatorios que profundicen el trauma.

Actualmente Honduras dispone de 20 Cámaras Gesell, aunque varias requieren mejoras en infraestructura, aislamiento acústico, modernización tecnológica y fortalecimiento del personal especializado. Ocho permanecen fuera de operación, limitando la capacidad del sistema para atender adecuadamente a las víctimas.

Combatir el abuso sexual infantil exige mucho más que endurecer penas, se requiere fortalecer la educación para la prevención, romper el silencio dentro de las familias, eliminar prácticas culturales que normalizan la violencia, garantizar atención psicológica oportuna, mejorar la investigación criminal y asegurar que ningún agresor permanezca impune. LB

spot_img
spot_img

Noticias recientes

spot_img
spot_imgspot_img