Destituidos, pero no juzgados

Por Alma Adler

El juicio político no es justicia. En Honduras se ha convertido en su reemplazo más eficaz.

El juicio político destituyó a ocho funcionarios. Forzó una renuncia. Produjo titulares. Y dejó una pregunta que nadie formula con suficiente claridad: ¿qué ocurre después?

Porque el juicio político no es un mecanismo de justicia. Es un mecanismo de contención — separa del cargo, produce la apariencia de castigo, y se detiene exactamente antes de donde duele. Antes del expediente. Antes de la imputación. Antes del juez. En Honduras ese antes se ha convertido en el único capítulo de la historia.

Los casos recientes lo muestran con una claridad incómoda. Rebeca Raquel Obando dejó la presidencia de la Corte Suprema en marzo, pero conserva su magistratura hasta 2030. Marlon Ochoa salió del país antes de que el Congreso votara su destitución. El general Roosevelt Leonel Hernández Aguilar se retiró sin proceso judicial abierto, pese a los señalamientos públicos que lo rodearon. Luis Rolando Redondo dejó el cargo en medio de órdenes de captura que nunca se ejecutaron.

Y Manuel Zelaya Rosales representa quizá el caso más revelador: nunca tuvo cargo que perder, pero sí investigaciones que se abrieron se diluyeron y terminaron archivadas sin llegar a una verdadera consecuencia penal. Los nombres cambian, pero la secuencia se repite con una regularidad que ya no puede explicarse como coincidencia.

En ninguno de estos casos el expediente cruzó hacia la jurisdicción penal con la energía con que cruzó hacia el hemiciclo.

Cuando la destitución produce el efecto simbólico del castigo sin sus consecuencias jurídicas, el sistema genera un incentivo que se vuelve doctrina: basta con sacrificar el cargo para conservar la impunidad. La salida negociada resulta menos costosa que la comparecencia. El juicio político, bien administrado, funciona como válvula de escape — libera la presión sin tocar la estructura.

El resultado es una impunidad más sofisticada que la clásica, porque viene envuelta en apariencia de rendición de cuentas. El funcionario cae. Los titulares registran la caída. El expediente envejece en silencio.

El nombre del destituido cambia. La distancia entre su salida del cargo y la sala de audiencias, raramente.

Honduras está hoy en el lugar donde esa distancia podría acortarse. Pero los expedientes no avanzan solos. Los impulsa alguien — un fiscal, un juez, o una ciudadanía que se niega a aceptar la destitución como desenlace y exige saber qué ocurre después.

Esa pregunta — ¿qué ocurre después? — es la única que el poder teme de verdad. Porque implica otra: ¿quién la va a formular con suficiente insistencia para que el expediente se mueva?

Quiero creer que esta vez alguien la formulará. No porque la historia lo garantice, sino porque un país que deja de preguntar ya ha decidido resignarse.

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